De la Vida Real
La barra del Independiente se tomó mi casa
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
Actualizada:
Ser madre de un adolescente puede ser frustrante y desconcertante al mismo tiempo.
Siempre que estoy ocupada y apurada, el Pacaí, mi hijo de 15 años, quiere hablar. Dejo todo y le escucho. Por lo general me cuenta los planes que tiene para el viernes, algo importantísimo que pasó con el Independiente del Valle, o me da el dato de una nueva canción que descubrió.
El viernes llegué a la casa cargada: la computadora, fundas de mandarinas, aguacates y limones. Sale el Pacaí para ayudarme y me dice: "Ma, ya sé qué voy a hacer cuando me gradúe". No esperó a que le preguntara el clásico qué, y continuó: "Me voy a ir un año a especializarme en la barra del Independiente del Valle".
El qué sonó como un estruendo. ¿Qué dices, Pacaí? Espera, déjame poner las cosas sobre la mesa. A ver, ¿por qué dices semejante estupidez?
Y empieza a saltar con los dos pies y con una mano arriba, cantando a todo volumen: "Señores, yo soy del Independiente, somos orgullo nacional y ahora que estamos en la copa, nunca te voy a abandonar".
"Ma, es que descubrí que el Independiente es mi pasión, y uno tiene que perfeccionarse en lo que más le gusta. Creo que es la barra del Independiente del Valle, porque jugador profesional ya no logré ser, por cosas del destino".
Me puse de un mal genio que no se pueden ni imaginar.
La obsesión de mi familia por el equipo de Sangolquí se ha desbordado. El Wilson, mi marido, compró un abono de tres partidos. Compró para general —por lo menos algo de conciencia de economía del hogar tiene—. Todo esto hacen a escondidas mías. Me entero porque los hombres no saben guardar un secreto, pero no digo nada para no parecer amargada. El caso es que son tres los hombres de la casa: ¿por qué compraron cuatro entradas en el abono?
Nunca me imaginé que el cuarto integrante de este fanatismo sería mi papá, quien tiene una vida social bastante movida, mucho más que la nuestra. Pero desde que le invitaron al estadio a general, toda su agenda depende de cuándo y a qué hora es el partido. A mi marido sí le hablé: ¡Como lleva a mi papá a general y no a tribuna!, le reclamé. "Es que si gastaba más me ibas a matar", me dijo. "Pero es mi papá", le respondí.
Ahora se van los cuatro al estadio. Solo quieren ver al Independiente jugar, se saben todas las canciones de la barra,hasta mi papá ya canta:
"Independiente tiene todo, todo para ser campeón. Independiente tiene huevos, tiene garra y corazón".
Me dice: "Qué maravilla este redescubrimiento del fútbol. Ahora soy feliz, me encanta ver el fútbol y hablar de fútbol con tus hijos". Siento que le perdí a mi papá: un hombre racional, culto, simpático, idiotizado por este deporte que para mí no tiene ni pies ni cabeza. Pero no digo nada, porque creo que la felicidad de todos vale más que mi antipatiquería antifutbolística.
El Pacaí y mi hijo Rodri, de 11 años, son enervantes: yo digo algo del hornado, y ellos empiezan a cantar la barra del Independiente. No pueden separar el plato que siempre comen en el estadio con la barra.
Se miran los dos y, a todo pulmón, empiezan a cantar. Yo les podría matar por fuera, porque por dentro me derrito de amor (soy una mamá que debe mantenerse firme ante el absurdo).
“Esta es la barra del Independiente, la que gane o pierda siempre está presente, la que sigue al Valle siempre a todo lado, la que del Valle está enamorada. ¡Dale, oh! ¡Dale, oh! ¡Dale, oh!”
Mi papá me ve y me pregunta: "¿Cuándo hay otro partido para que me lleven tus hijos?".
Mi marido, que es hincha de El Nacional, ahora va a los partidos del Independiente. Es tal el nivel que en el carro tengo un ambientador de William Pacho. Mi familia hizo día solemne por la final de la Champions League, porque dos ecuatorianos que salieron del Independiente del Valle se enfrentaban en la cancha. Sí, reconozco que cuando me enseñaron el video de William Pacho abrazando al Deller, lloré. Manejo con Pacho y su espantoso olor a ambientador —le tienen como a santo en el retrovisor—, ¿cómo no voy a sentir amor por él?
Por el Independiente yo he hecho más que cualquier hincha: me he ido en busca del bus cuando quedó campeón, me he ido al estadio, he rogado por entradas, me he aguantado viendo partidos completos en la tele solo por estar con mi familia. Cedí que mi papá vaya a general y he gastado en camisetas más que el salario básico unificado.
Pero de ahí a aceptar que mi hijo quiera hacer su práctica preuniversitaria en la barra del Independiente, hay una brecha gigantesca.