Números redondos
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
Actualizada:
Los números redondos ponen cierto orden en el flujo caótico de los acontecimientos, ayudan a recordar la historia y hallarle un poco de sentido, el más redondo y prestigioso es el número 100, cien años redondos. Por ejemplo: ¿qué pasaba en el Ecuador y el mundo hace un siglo, en 1926?
Respaldada por las fotos en blanco y negro, la imaginación vuela directamente allá, a una ciudad recatada donde rueda ruidoso el tranvía, los señores andan con sombrero y las doñas con pañolón.
Ahí van a suceder dos eventos importantes: la Revolución del año pasado, la Juliana, protagonizada por oficiales jóvenes que se levantaron contra los gobiernos plutocráticos, entrega el poder al médico lojano Isidro Ayora, quien conducirá juiciosamente la modernización del Estado. Para ello, ese mismo año llegan los técnicos gringos de la Misión Kemmerer, que vienen a diseñar las nuevas instituciones, empezando por el Banco Central.
Otro lojano, un joven estudiante de Derecho que participó en las revueltas del año anterior, está escribiendo en su cuarto una obra que se publicará al año siguiente y perdurará un siglo: ‘Un hombre muerto a puntapiés’. Es Pablo Palacio, quien se inscribe en el flamante Partido Socialista que se ha fundado ese mismo año 26 para encauzar las energías de cambio que alborotan a la recatada ciudad y asustan a los latifundistas representados por el Partido Conservador.
Hablando de conservadores, en septiembre nacerá Jorge Salvador Lara, llamado a ser un brillante orador, historiador, diplomático y lúcido intelectual de esa tendencia política. Ochenta y pico años después, en una serie de entrevistas sobre su vida que recogí en ‘Jorge Salvador Lara: con la fe por delante’, contará que, cuando tenía 6 años, su mamá y dos de sus hermanas murieron debido a la peste tifoidea; él y otra hermanita sobrevivieron casi de milagro. Sí, las aguas servidas que corrían por las quebradas de la capital diseminaban las epidemias desde los tiempos de Espejo.
No en Quito sino en Ambato, había nacido en junio el futuro poeta Jorge Enrique Adoum, que se daría a conocer con ‘Ecuador amargo’ y otros grandes poemarios y, acatando los números redondos, a los 50 años de edad publicaría su novela cosmopolita: ‘Entre Marx y una mujer desnuda’. Hombre de izquierda, vivió largo tiempo en París, como se acostumbraba entonces.
En ese París mitológico había vivido también en su juventud un monstruo de la literatura universal y premio Nobel: Ernest Hemingway, cuya novela ‘The Sun Also Rises’ apareció en el año que nos ocupa: 1926. Tengo en mis manos el ejemplar que he comprado y firmado, ¡vivan las coincidencias!, hace medio siglo, en 1976. Allí retrata, con esa prosa inconfundible, limpia, directa y vigorosa, a la generación perdida de los norteamericanos ricos y ricas de entreguerras que acudían a liberarse en París, a beber y correr los toros de Pamplona y seducir de paso a algún torero.
Al mismo tiempo, en la caótica República de Weimar empezaba a surgir el nazismo, que concentraba a la escoria de la sociedad; pero surgía también, por contraste y gracias a los mejores cerebros de Alemania, la mecánica cuántica que, cien años después, todavía no entendemos ni entenderemos nunca porque la razón, la idea clásica de causalidad y la visión superficial que tenemos del tiempo no se aplican en ese nivel donde se derrumban nuestras humanas certezas.
Precisamente en el año 1926, el físico Werner Heisenberg terminaba de dar forma al Principio de Incertidumbre, que sería publicado al año siguiente y patearía para siempre el tablero de la física de Newton. No soy quien para explicar lo inexplicable pero sí puedo recomendar dos libros que exponen de manera entretenida el tema, enfocándose en los científicos que participaron en esa aventura fabulosa que sucedía en el interior del átomo. Me refiero a ‘Incertidumbre’, de David Lindley, y a ‘Un verdor terrible’, del chileno Benjamín Labatut, que ya comenté aquí.
Cuando vemos, en esas páginas, cómo, entre sufrimientos e iluminaciones, en medio de debates y tropiezos, avanzan estos tipos devanándose los sesos, sentimos orgullo por la especie humana y su inmensa capacidad para descifrar el caos con la precaria tecnología de entonces. La mecánica cuántica será la base de todo lo que vendrá después: la bomba atómica, las computadoras, los smarthphones y la IA que hace unos días se salió de madre y atacó a otra inteligencia, preludio del horror que se avecina.
Otro aparato que asombró al público y dio forma a las cabezas y las vidas en la segunda mitad del siglo XX, también fue presentado hace cien años redondos. Anota Gemini que: “El 26 de enero de 1926, el inventor escocés John Logie Baird realizó en Londres la primera demostración pública de televisión”. Ese primer aparato se elaboró con materiales tan caseros como una caja de cartón, agujas de zurcir, lentes de bicicleta y motores reciclados. La TV sigue activa, pero sus mejores días quedaron atrás. Al ritmo que va la tecnología, nadie puede predecir dónde ni cómo estaremos luego de diez años, el próximo número redondo.