El Chef de la Política
La majestad de la presidencia
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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Asumir el ejercicio de la presidencia con majestad va más allá, bastante más allá, de los ceremoniales y el goce pleno de ese conjunto de privilegios a los que el común de los ciudadanos conoce como las delicias del poder. Ese encargo ciudadano, porque no es más que eso, implica esencialmente un ejercicio de templanza, entereza y sobre todo responsabilidad con la ciudadanía. La majestad de la presidencia, por tanto, está reservada a quienes asumen con compromiso cívico las tareas públicas encomendadas por el voto popular. Ningún presidente le hace un favor al país al aceptar la designación. Si alguien asume el cargo bajo esa premisa descubre por completo la miseria que lo envuelve.
La majestad de la presidencia, de otro lado, no tiene que ver solamente con las atribuciones constitucionales del Jefe de Estado. Va más allá de eso. No es cuestión de mera legalidad. Desborda a una arena desconocida para muchos políticos: la de la ética pública. Allí, en ese espacio en el que los asesores y consultores tienen poco que decir, se expone de cuerpo entero el gobernante decidido, enérgico, pero a la vez consciente de sus límites frente a la ciudadanía. La majestad de la presidencia va, desde esta perspectiva, mucho más allá del enorme contingente de personal de seguridad, las decenas de vehículos blindados y otros elementos propios de la burda parafernalia que solo sirve para edulcorar la sencillez con la que se debe asumir el servicio público.
Por las razones mencionadas, a las que se seguramente se deben agregar otras de mayor peso, es que un presidente no puede disponer de forma arbitraria de su mandato para decretar feriados irrisorios, designar gente incompetente en cargos de alta responsabilidad política o evitar el escrutinio público respecto a sus desplazamientos fuera del país. Simplemente, la majestad de la presidencia impide que alguien que ostenta ese cargo se comporte de esa manera. No se trata de posiciones ideológicas ni de estrategias. Se trata, lisa y llanamente, de respetar al país y justipreciar las consecuencias que acarrean a la ciudadanía las decisiones poco meditadas o, para decirlo de forma directa, abiertamente irresponsables con los intereses del país.
La majestad de la presidencia implica también considerar a los opositores como rivales en la lucha por captar el poder político. Quienes son parte del juego electoral no son enemigos a los que se debe aniquilar sino contendores a los que se busca vencer en justa lid. Quien ejerce la primera dignidad del Estado con majestad entiende perfectamente la diferencia. Quien adolece de las entendederas democráticas simplemente ignora esta máxima de la vida republicana. Por tozudez o abierta desidia, quien no ejerce la presidencia con majestad ignora todo aquello que implique la posibilidad de ser derrotado electoralmente.
Ejercer la presidencia con majestad conlleva también tolerar la visión disidente sobre los distintos problemas de un país. Ese tipo de gobernante, el que ejerce la presidencia con majestad, defiende sus ideas con altura, con vehemencia, y con la fuerza que da la razón. Quien administra un país con majestad utiliza de forma transparente los recursos que la política pone a su disposición para así tratar de imponer su proyecto de gobierno. Sin duda, es difícil ejercer la presidencia con majestad. Sin duda, es difícil ejercer la presidencia con majestad cuando no se asume que en democracia hay posiciones divergentes y que eso, precisamente, es lo que hay que tutelar y fomentar.
El país merece una discusión profunda sobre el alcance de la majestad de la presidencia. Una discusión franca, abierta y sin tapujos. Una discusión en la que se respeten las distintas visiones de la economía, la política y la sociedad. La delicada situación que atraviesa el país obliga a que esa discusión, la de la majestad de la presidencia, empiece a generarse.