De la Vida Real
El trámite también fue un espectáculo
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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En pleno 2026, cuando ya pagamos todo con el celular y los carros casi se manejan solos, me tocó hacer más de dos horas de fila para canjear una entrada para el concierto de Vilma Palma, los Auténticos Decadentes y los Prisioneros. Sí, canjear, como cuando uno juntaba tapitas de cola para cambiarlas por un vaso. Entonces, ¿para qué compramos por internet si igual toca hacer fila presencial?
La entrada no era mía, sino del Pacaí, mi hijo mayor. El Wilson, mi marido, fue quien compró, pero a la que mandaron a canjear fue a mí. Y la idea del ir al concierto fue de mi primo, que había ido el miércoles a canjear sus entradas. Nunca voy a entender por qué no le compró también la del Pacaí de una vez. Habría hecho un solo trámite y yo me habría quedado tranquila en mi casa.
Mi primo sí me dijo que se demoró una hora en la fila. Yo fui el jueves, cuando tenía pico y placa, así que me tocó ir en taxi. Pensé que llegaba, canjeaba y me iba enseguida.
Pedían la cédula de quien compró, la tarjeta con la que se pagó y el mail que le llegó. El Wilson me dejó la noche anterior todos los documentos en la billetera, pero yo me pasé la espera con la duda de si me los iban a aceptar que yo reclamara las entradas. Abría la cartera a cada rato para comprobar que todo estuviera en orden. Siempre me da esa sensación de hacer las cosas mal, es una mezcla de nervios con inseguridad.
Pero hay que reconocer que en la fila no se aburre nadie. Había una señora con su perro, una chica súper aniñada furiosa por hacer la fila, y una pareja de mujeres que se besaban y se abrazaban mientras el señor de atrás las miraba con un estupor no disimulado.
Unos niños jugaban fútbol, otro pateaba una pelota contra la pared y otros estaban acostados en el piso con el iPad, esperando que sus papás cambiaran las entradas.
Todos con el celular en la mano, todos impacientes. El chico de atrás oía el suyo a todo volumen y el de adelante mandaba audios diciendo que había pagado una hora de parqueadero, que ya llevábamos dos y que no sabía cuánto le iban a cobrar. Yo, con la tranquilidad de haber ido en taxi. Una señora sacó una tarrina con arroz relleno y almorzó delicioso. Era justo la hora del almuerzo, y no vendían ni agua.
De rato en rato se acercaba una chica a contarnos los chismes de la ventanilla: que había gente metiéndose en la fila, que llenaban las entradas a mano, que al día siguiente les iban a pedir a los de provincia una planilla de agua o de luz. Planilla de luz para ir a un concierto.
Un señor que estaba tres puestos adelante, muy estratégico, fue a hablar con el supervisor para darle ideas de cómo agilizar el trámite. Movía las manos, señalaba la fila, proponía abrir otra ventanilla. El supervisor ni caso le hacía y el señor regresó a su puesto a contarnos las novedades.
También pasaba un señor gritando: “¡Transferencia, efectivo, de una!”, con un lector de QR. Pero creo que todos habíamos comprado con tarjeta, porque, por más que gritaba, nadie le paraba bola.
En la fila uno se entera de todo, porque la gente opina, compara y cuenta sus experiencias. Así supe que en el concierto, del día anterior, habían entrado solo con el código QR, sin canjear nada. O sea, que sí se pueden hacer las cosas sin tanta burocracia.
Por un rato pensé en comprarme una entrada, para que la espera justifique un poco. Creía que la del Pacaí era general, pero no: había sido preferencia. Sesenta y cinco dólares, frente a los treinta y cinco de la general. La idea se esfumó a la misma velocidad con la que llegó.
Las chicas que estaban adelante canjearon y se fueron juntas, riéndose de la larga espera y diciendo: “Vine sola y salgo con un grupo de amigas desconocidas. Vamos a almorzar y hagamos un grupo de WhatsApp para vernos mañana”.
Cuando por fin me tocó, la señorita de la boletería me pidió la cédula, el mail con el QR, la autorización impresa que me había dado el Wilson, su tarjeta de crédito y la cédula de él. Verificó los datos uno por uno y después los escribió a mano en un talonario. Un papelito blanco con letras azules, igualito a los boletos de una rifa. Ahí entendí la demora. Más de dos horas de fila para que alguien llene los dados con esfero.
Crucé la calle después de despedirme de mis nuevas amigas con beso y abrazo, con ganas de volverles a ver y la certeza de que nunca más las veré. Solo espero que el Pacaí disfrute del concierto. La espera y las nuevas amistades las disfruté yo.