Piero, a quien quisimos tanto
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Será ya una expectativa imposible: verlo en vivo. Nunca pude y ya no podré. Me hubiese gustado tanto, y desde hace tantos años, asistir a un concierto de Piero. Su nombre completo es largo e innecesario. Para la conciencia colectiva continental será siempre Piero, el que cantó a Pedro de la guitarra, Pedro arado, Pedro tierra. Había nacido en Gallipoli, un pequeño municipio italiano del golfo de Tarento en 1945. Por haber venido al mundo un 19 de abril era Aries. Familia de migrantes europeos que buscaron forjarse la vida ante las nuevas oportunidades del Nuevo Mundo. Llegó a la Argentina en 1948. Allí abrazó el español que realzó con su voz, a partir, me parece, de la sensibilidad de los sacerdotes tercermundistas, interesados por la realidad social y la participación política en los países más pobres tras el Concilio Vaticano II. En aquel Cono Sur de sus letras tuvo a sus hijos y nietos.
El encuentro que marcó su vida, al menos en el plano artístico, ocurrió en el neurálgico año de 1968 y fue con José Tcjarkaski, poeta y periodista. Con él se embarcó en la composición de letras que, con el tiempo, se convertirían en parte del repertorio oficial de la canción popular latinoamericana. No sé si sería el hecho de la migración, su formación religiosa o su capacidad de interpretar la compleja realidad política de aquellos años, pero logró que su voz, seria, directa y cargada de memoria, sea la expresión de una sensibilidad particular, en la que convivía la crítica social, el humor, la reflexión sobre la condición humana y una intimidad sin ostentaciones, descarnada y alegre, que hace posible el gozo genuino en los márgenes del mundo.
Quizá esto, el tratamiento de la intimidad, es lo que lo hizo único: su capacidad de generar una voz que acogía y abrazaba la fragilidad humana, trastocada en una fortaleza colectiva. Me refiero al hecho de hablar de una manera del amor, el cariño y la nostalgia que tiene que ver con la vida de los trabajadores del continente. Letras en las que sus dramas son una forma de la dignidad: el envejecimiento del padre, el amor filial, la conciencia sobre la efímera duración de la vida, la capacidad de mantener vivas la solidaridad y la esperanza. Contribuyó, en ese sentido, a la formación de una idea central: América Latina. Tierra atravesada por una lengua, la nuestra, en la que distintos pueblos y nacionalidades nos pudimos encontrar, ya sea en razón de las realidades precarias como de la capacidad de alegría y fraternidad.
En los tiempos más duros —la dictadura argentina— partió al exilio y continuó denunciando las injusticias y el autoritarismo. Se relacionó con tantos lugares. En Colombia fue premiado con esa nacionalidad. Y además de su canción popular de resistencia apostó por la música de los más jóvenes con su ‘Sinfonía inconclusa en la mar’, primero un intento de escapar a la censura, luego un conjunto de canciones infantiles capaces de viabilizar un entendimiento consciente del mundo. Desde distintas dimensiones siempre cantó para los que no eran nadie o que sentían o pensaban que no eran nadie. Piero les recordó que eran parte de algo más grande. De una libertad colectiva, sentida con la piel cansada de la tarde.
Hoy recuerdo a este trovador de su aldea —el continente— por ser una fuente de sabiduría y fuerza ante los momentos más adversos, de la comunidad o del individuo. En varios de los momentos más duros del Ecuador, algunas de sus canciones nos han acompañado. ‘Soy pan, soy paz, soy más’ estuvo varios días conmigo, cuando mi anterior carrera de periodista enfrentó uno de los momentos más duros: el asesinato del equipo periodístico de El Comercio. La necesidad de expresarse, de contar la pena, de sacarlo todo afuera, como la primavera: “Nadie quiere que adentro algo se muera”, decía, una y otra vez. El humanismo y la esperanza de Piero, en tantas ocasiones, ha sido un camino. Y quizá por eso no me duele tanto el hecho de no haberlo visto en vivo. De algún extraño modo siempre me ha acompañado.