El historiador del Ecuador: Jorge Salvador Lara
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Septiembre ofreció un recordatorio especial: cien años ya desde el nacimiento de Jorge Salvador Lara. Mucho hay que decir sobre este personaje, ausente físicamente desde el año 2012, pero presente en aquello a lo que dedicó su vida: la memoria histórica de este país. A propósito de ‘Breve historia contemporánea del Ecuador’, un clásico reeditado en 2023 por Crítica (Grupo Planeta), quiero establecer la siguiente premisa: Salvador Lara creyó, fehacientemente, que el Ecuador tiene sentido. Que es un proyecto viable. Que su destino es existir y consolidarse. Creyó tanto en este país que se propuso reconstruir su pasado, precisamente, para que esa sea la base sobre la que se iba a forjar el presente y asegurar el futuro.
La historia ecuatoriana podría ser estudiada como una novela sobre el poder. Esa lucha descarnada ha atravesado la vida de este territorio desde la aparición de sus primeros habitantes, pasando por la cruenta e imperial disputa entre Huáscar y Atahualpa, la Conquista y el proceso colonial, la Independencia y las frenéticas pugnas durante toda la República, con guerras, estallidos, golpes de Estado, destituciones y renuncias. Allí donde el pesimismo observaría el germen de un Estado fallido, Salvador Lara encuentra una sociedad que se disputa, a sangre y fuego, su derecho a construir libremente su destino. No hay, sin embargo, una mirada ingenua, excesivamente entusiasta o insensata por parte del historiador. Todo lo contrario: reconstruye los hechos, siempre, bajo un sentido crítico y complejo.
Su voz, la de Salvador Lara, merece ser entendida como una voz configuradora del proyecto ecuatoriano. Me atrevo a usar, para él, la expresión que él cita del latinoamericanista ruso Vladimir Kuzmischev sobre Juan de Velasco y, fundamentalmente, Eugenio Espejo: a Jorge Salvador Lara puede considerarse con pleno derecho uno de los fundadores espirituales del país. Y claro, sus contribuciones trascendentes se expresan en varias dimensiones, ya que también fue un hombre de Estado, que representó a su país como legislador y embajador y que condujo la diplomacia como canciller. Formó a generaciones de estudiantes universitarios. De hecho, sus discípulos, tanto los consanguíneos como los que conoció en los espacios educativos, siguen produciendo pensamiento. Por eso hoy celebro, su dimensión de dimensiones, como intelectual.
Sobre las nuevas leyes de Carlos V, que decantaron en la guerra de Iñaquito y en la decapitación del virrey Blasco Núñez Vela en 1546, explora uno de los más interesantes puntos acerca del espíritu con el que inicia el pensamiento constitucionalista en estas tierras: “Esas leyes motivaron como hemos visto, el levantamiento de Gonzalo Pizarro que, aunque tuvo atisbos independentistas, en el fondo fue una manifestación reaccionaria de los encomenderos para mantener sus privilegios”. Como en otras partes del mundo, y Salvador Lara lo sabía, los movimientos que empezaron a pensar en la ruptura con un viejo orden político, para fundar uno nuevo, suelen tener que ver con la tensión entre visiones distintas sobre cómo mantener y proteger la dignidad humana. En ese sentido, es muy completa su visión sobre la Revolución de las Alcabalas de 1592.
Es posible que Salvador Lara sea, además, una de las cúspides más lúcidas en la intelectualidad ecuatoriana de tradición conservadora. Sin embargo, eso no le impidió, en ‘Breve historia…’ poner en el lugar que merece a una de las figuras más legendarias del liberalismo: “La gallarda figura de Vargas Torres no puede sino sobrecogernos y admirarnos. Es un auténtico mártir de sus ideas, su quijotismo, su empecinamiento. No dio su brazo a torcer. No claudicó. Que aquel Dios en quien creía haya sido misericordioso con él.” Me parece que, ante todo, era un humanista. Y en ese sentido es un ejemplo de todo lo que nos hace falta hoy: la posibilidad de discrepar con las ideas, pero valorar y respetar a las personas.
Quito fue uno de sus grandes amores. A esta ciudad la relata como una de las grandes urbes de Occidente, por su capacidad de integrar la tradición y fuerza de dos mundos y manifestarla en el barroco, en la espiritualidad, la historia política y la contribución a la construcción del conocimiento científico moderno. Seguro que se sentiría indignado de verla como está ahora, subalterna y sin liderazgos que encarnen el proyecto nacional, al que él le dedicó sus 85 años de existencia. Comprendió tanto el poder del lenguaje, que llevó adelante uno de los primeros grandes esfuerzos por rescatar las voces que han narrado al Ecuador y, en ese afán, contribuyó a dibujar los antecedentes más pretéritos de la historia de la literatura ecuatoriana. Por eso he decidido rendirle este homenaje, por los cien años que hubiera cumplido el pasado 4 de septiembre y por la obligación que nos ha legado: la de preservar su sueño, el Ecuador.