Más islas para el imperio
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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El editorial de ‘El País’ del jueves se titula “La enésima traición de Trump a Ucrania”. Que el principal diario en español trate de ese modo al presidente de EE.UU. por la serie de medidas contra Ucrania y la Unión Europea, significa que Trump ha cruzado todas las líneas rojas, concitando el rechazo de la mayoría de la población de EE.UU. y buena parte del mundo.
Sin embargo, es un error mirarlo como un malvado de tira cómica cuyos proyectos y exabruptos brotan de la nada, envueltos en sus delirios seniles de grandeza y los voraces intereses económicos de los billonarios.
Más aun, se aduce que este presidente de EE UU no tiene un plan coherente sino más bien ideas entrecortadas y temerarias que son un deleite para los cómicos de los programas nocturnos de la TV, quienes, dicho sea de paso, ejercen una crítica implacable del poder.
Pero siempre hay una lógica detrás de los líderes, por estrafalarios y desquiciados que parezcan. Aquí, resulta que muchas de las ideas de Donald provienen del proyecto diseñado por los pensadores de extrema derecha. Y suelen tener una larga historia, como la Doctrina Monroe: América para los americanos, donde encaja muy bien, por ejemplo, esa pretensión, que parecía descabellada, de apropiarse de la isla más grande del mundo: Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, país que es su aliada en la OTAN.
Nada nuevo bajo el sol pues ese lenguaje descaradamente imperial sobre las islas apetecibles del ancho mundo se viene escuchando en Washington desde el siglo XIX; en especial, desde la guerra contra España. Por motivos de vecindad, conocemos mejor los casos de Cuba y de la isla de Puerto Rico, pero lo que sucedió en otra importante colonia española, el archipiélago de las Filipinas, fue mucho más cruento, largo e ilustrativo y es casi un manual de cómo actúa un imperio en expansión, según lo cuenta Daniel Immerwahr en su clásico “Cómo esconder un imperio”.
En 1898, al principio de la guerra contra un imperio español en decadencia, la flota de EE.UU. apabulló a la escuadra española en la bahía de Manila. Acto seguido se declaró la independencia de Filipinas y aparentemente se dividió el poder con los insurrectos capitaneados por Aguinaldo. Pero al año siguiente España vendió Filipinas exclusivamente a EE.UU. por 20 millones de dólares y estalló el conflicto con los exaliados filipinos, que obviamente se sintieron traicionados. (Tal como se siente hoy día Zelensky).
Derrotados inicialmente por tropas mejor pertrechadas y experimentadas, los insurrectos pasaron a la guerra de guerrillas, mucho más efectiva, mientras las tropas norteamericanas respondían con brutalidad, fusilando a todo filipino que caía prisionero y arrasando poblaciones enteras. Lo curioso es que, tal como el Irán de hoy, Aguinaldo quería mantener la resistencia inicial para influir en las elecciones de 1900 donde el candidato demócrata estaba por la independencia. Pero ganó la tesis de respaldar al imperio, con masacres y todo.
Otro dato interesante es que el sur del archipiélago era musulmán. Seis veces declararon los ocupantes que la guerra había concluido con la victoria definitiva sobre los moros, pero cada vez renacía la resistencia, tal como ahora en Irán.
En 1941, la ubicación estratégica del archipiélago y su calidad de colonia norteamericana llevaron a que los japoneses bombardearan las instalaciones navales y aéreas de las Filipinas el mismo día que atacaron a Pearl Harbor. Al terminar la ocupación japonesa, Filipinas finalmente conquistó su independencia, mientras Hawai –que había sido anexionado a EE.UU. como territorio de ultramar en 1898– se convertiría oficialmente en el estado número 50 del Tío Sam en 1959, el mismo año en el que triunfó la revolución cubana en la isla más grande del Caribe.
Desde entonces hasta hoy, la política de Washington respecto de Cuba –plagada de bloqueos, incoherencias, agresiones de lado y lado y retrocesos–, ha sido objeto de miles de libros, ensayos y explicaciones. Lo paradójico es que la misma potencia que ocupó y se anexionó archipiélagos al otro lado del mundo, no haya podido resolver un problema situado a tiro de piedra de la Florida.
Una de las razones de este fenómeno fue el ajedrez de la Guerra Fría y el apoyo soviético; otra, que Cuba montó al interior un férreo control estalinista al tiempo que divulgaba, a nivel internacional, el mito de la revolución encarnada por uno de los grandes íconos del siglo XX: el Che Guevara. Una tercera fue el petróleo venezolano que le dio respiración artificial a un sistema que había fracasado hacía rato.
Hoy el juego ha cambiado: sin contrapesos, Washington está llevando a la isla al borde de la extinción.
Aunque la imagen todopoderosa de Trump pueda empezar a desbarrancarse con las elecciones del 3 de noviembre y a despecho de que los demócratas vuelvan a la Casa Blanca, con salón de baile incluido, el reordenamiento del mundo es irreversible. Lo que hacen tipos como Trump y Putin es acelerar la proyección de sus respectivos imperios.