De la Vida Real
Dislexia, la otra forma de entender
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
Actualizada:
De cuando en cuando la dislexia me recuerda con fuerza que vive en mí, que es parte de mí, y me doy una ternura infinita.
El jueves pasado, 8 de octubre, fue el Día Internacional de la Dislexia, y yo quería decirle al mundo que tengo dislexia, que el colegio no se me hizo fácil y que una psicóloga le dijo a mi mamá que yo era inepta y que no iba a poder estudiar la universidad.
Ahora, de adulta, sé muy bien qué es lo que más odio en la vida: que me corrijan las palabras que digo mal. Porque no me salen, o me salen atolondradas, o juro que suenan de una manera y resulta que es otra manera la que se dice.
La lectura es mi refugio, mi tiempo en paz, pero leer me cuesta muchísimo. Por eso no leo en voz alta: leo a mi ritmo y vivo cada escena, pero siempre en silencio.
Todavía, a mis casi 44 años, me enredo con las marcas y los nombres de los autores, peor si son en inglés. Por eso me quedo calladita cuando hablan de cine, de libros o de actores. Me quedo calladita y miro. Desde chiquita, mirando era como lograba entender el entorno.
Hay cosas que necesito explicarme una y otra vez para entenderlas. Los números también se me complican, así que agradezco a la banca móvil y a las aplicaciones de pago: me evitan los cálculos mentales entre los sueltos, los decimales y la aterradora pregunta: “¿No tiene 25 centavos para darle el dólar?”.
Muchas veces me da vergüenza escribir a mano porque sigo teniendo faltas de ortografía, aunque me hayan corregido miles de veces. Y, sin embargo, escribir es lo que mejor sé hacer: me ayuda a ordenar las ideas y a volver concreto algo abstracto.
Hace un tiempo viví un día en el gimnasio en el que creo que está todo resumido: lo que me cuesta, lo que me da vergüenza y lo que me salva.
Llevaba dos meses en un gimnasio de rutinas grupales con ejercicios en estaciones, casi 24 clases, y todavía no entiendo bien la dinámica. Hasta hoy me repito: “Mientras más vengas, más vas a cachar”. No pierdo la esperanza porque de verdad amo ir. Pero es inevitable notar que voy a otro ritmo que el resto de la clase.
El profe explica la rutina a una velocidad única y yo pienso: “Esta vez sí me voy a acordar”. Entonces me encuentro, señora adulta de casi 44 años, fijándome en mis compañeras. No es copiar, ni remedar, ni tampoco tratar de encajar: es solo ver qué tengo que hacer y hacerlo. En cada clase detecto, como un radar, a la mejor de mi grupo.
Trato de ponerme donde pueda verla directamente, porque si la sigo por el espejo hago todo al revés. Me repito: “No veas al espejo”, y enseguida le oigo al profe: “Valentina, la otra pierna. Valentina, a la izquierda. Valentina, es para el otro lado”. Con ejercicios de 30 segundos y apenas 10 de descanso, equivocarme es perder medio ejercicio.
Me sentí igualita que en el colegio, cuando los profes me decían que estaba copiando y yo les juraba que no, que solo quería ver qué hacía la mejor del curso para poder entender y poder hacer lo que nos habían pedido que hagamos.
Pero ese día hubo algo distinto: por primera vez, la chica de mi grupo me guio, y eso que las chicas de este gimnasio son bastante individualistas y un poco antipáticas. “Hey, señora, no toca ese ejercicio, toca este. Señora, no deje la liga, nos toca ir a la camilla”. Al salir me dijo: “Qué fuerte que estuvo la clase. Ojalá no nos duelan tanto las piernas. Hasta luego, señora”. Solo alcancé a decirle: “Gracias por hoy”. Ella me regresó a ver feliz, libre, sin sentirse superior, y me respondió con una sonrisa gigante: “No hay de qué”.
Si supiera ella todo lo que me removió por dentro su existir.
Entré al carro y no podía parar de llorar. Esa clase me recordó que hay días en que me cuesta mucho más entender, pero que siempre hay alguien que ayuda a que la vida sea un poquito más ligera.
Ese día alguien me miró a mí como yo me paso la vida mirando a los demás.
A veces pienso en mi dislexia como una cualidad, casi un superpoder. No porque todo me resulte fácil: ya ven que no. Pero buscar desde chiquita otras formas de entender me ha enseñado a resolver problemas con otros enfoques, y me ha vuelto más atenta a los demás, a sus gestos, y a lo que necesitan sin decirlo.
Esa psicóloga dijo que yo no iba a poder estudiar. Y aquí estoy, escribiendo y editando textos.
Y sí, la dislexia está en mí, y yo estoy en ella.