De ideologías y otros demonios
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
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En el Ecuador, cuando se discute sobre política en redes sociales abundan las descalificaciones basadas, supuestamente, en cimientos ideológicos. “Zurdo” y “derechoso” ya son asumidos como insultos en sí mismos. A partir de ello, un sinnúmero de falacias convierten al debate público ecuatoriano en una conversación superficial y dañina. Son pocos los intercambios que no incluyen insultos y que se basan, verdaderamente, en ideas.
Esto pasa, en parte, porque usamos las ideologías más como etiquetas de ataque que como sistemas de ideas. Si bien hay múltiples definiciones de lo que las “ideologías” son, la mayoría de literatura académica coincide en que tienen que ver con posturas sobre las desigualdades en la sociedad y el rol del Estado en torno a ellas. En términos muy amplios, las posturas de izquierda suelen entender muchas desigualdades como producto de estructuras sociales, económicas o históricas, y por eso atribuyen al Estado un papel importante en su reducción. Las posturas de derecha, en cambio, tienden a aceptar mayores niveles de desigualdad como resultado de diferencias individuales, incentivos, mérito, tradición u orden social, y suelen desconfiar de una intervención estatal excesiva para corregirlas.
Múltiples estudios han demostrado que en el Ecuador, la gran mayoría de gente no tiene una ideología clara. Los últimos datos de encuesta del Barómetro de las Américas (del Latin American Public Opinion Project) muestran que, al ser cuestionados por su ideología política, cerca de un treinta por ciento de los ecuatorianos se ubican en el punto intermedio de la escala – lo que vendría a ser un “centro” ideológico. He estudiado bastante este tema por más de una década, y mi sospecha, después de analizar con más detalle los datos, es que buena parte de quienes se ubican en el centro no lo hacen necesariamente por una posición ideológica moderada, sino porque las categorías de “izquierda” y “derecha” les resultan confusas, lejanas o poco relevantes en comparación a sus apegos emocionales a ciertos líderes.
En el Ecuador a la hora de elegir nuestros representantes muchas veces no votamos basándonos principalmente en ideas o ideologías, sino en sentimientos. A la hora de emitir nuestro voto, no nos guían principios racionales sino emocionales. Más interesante aún, es que los sentimientos más importantes a la hora de tomar nuestras decisiones políticas, no son los positivos sino los negativos: no votamos por afiliación o confianza en un partido o un candidato; votamos por odio o miedo al otro. Una tesis que yo he mantenido, estudiado, y comprobado en varios artículos académicos es que tanto Guillermo Lasso como Daniel Noboa no fueron elegidos por contar con un partido político fuerte, por su carisma, o por sus dotes personales como político o persona. Fueron elegidos porque encarnaban el anti-correísmo, un sentimiento negativo crucial a la hora de definir las decisiones electorales de la ciudadanía. Este es un ejemplo de cómo en el Ecuador muchas posiciones que se presentan como “ideológicas” son en realidad afectos negativos hacia líderes o movimientos, lo que nubla cualquier posibilidad de discusión política clara.
Ser de izquierda no necesariamente quiere decir ser fan de Hugo Chávez o de Rafael Correa, ni tampoco implica simpatizar con el partido comunista. De la misma manera, ser de derecha no equivale a idolatrar a Donald Trump, Javier Milei o ser un adalid del fascismo. Quien tenga esta concepción de las “ideologías”, basada sobre todo en personajes, o en movimientos extremos, y no en ideas, está muy lejos de entrar en un debate basado en argumentos. Y lamentablemente, parecería que eso es lo que está pasando en nuestro país.
Así como hay dictadores, populistas, demagogos y corruptos de izquierda y de derecha, también hay personas valiosas—y decentes— en ambos lados del espectro ideológico. Y probablemente son estas las personas que están más dispuestas a hacer política de la buena, aquella en la que ciudadanos con distintos puntos de vista pueden conversar y llegar a acuerdos por el bien de la sociedad. El tema no es que existan izquierda y derecha. El problema es que hemos reemplazado las ideas por caricaturas, los argumentos por insultos y la deliberación democrática por reflejos emocionales. Recuperar la política exige, primero, volver a discutir ideas y dejar de tratar al adversario como un demonio.