Pico y placa, salvo enchufe
Arquitecto y consultor urbano con más de 20 años en su oficio. Analiza ciudades y su gobernanza desde la intersección entre diseño, instituciones y ciudadanía.
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A las nueve y veinte de un miércoles, en el espaldón de la Simón Bolívar, donde se encuentra con la Oswaldo Guayasamín, hay una fila de carros detenidos con las luces de parqueo encendidas. Esperan que sean las nueve y media para cruzar el punto de no retorno. A las 9:29, el primero ya las apagó y puso la direccional. Algunos, como yo, estamos ahí por despiste, convencidos hasta hace un minuto de que era martes. Los demás llegaron temprano a propósito, con el café en la mano y el celular cargado.
El miércoles es el día de mi carro y ese día no agendo reuniones dentro del perímetro. Planifico, y se acabó el tema. Lo mismo hace casi cualquiera que maneje en Quito, y por eso preguntar si la medida funciona tiene trampa: la ciudad aprendió a esquivarla bien agarrada al volante.
El pico y placa no sirve. Los miércoles, cuando me toca, el embotellamiento es el mismo calvario que cualquier otro día. Apenas funcionó, solo en lo ambiental: tres economistas compararon el aire dentro y fuera del perímetro en sus primeros años, y el monóxido de carbono en horas pico bajó alrededor del 10 por ciento. Funcionó como funciona el paracetamol: baja la fiebre en el pico y deja la infección entre donde se duerme y donde se trabaja. En la Ciudad de México, el aire no mejoró y se vendieron más carros. En Bogotá, el monóxido ni se enteró. Hay unos cuarenta estudios y los académicos todavía discuten si sirve. Con un semáforo no pasa eso.
Los carros, mientras tanto, se multiplican: entre 2019 y 2023, el parque automotor matriculado de Quito creció diez veces más rápido que la población. El último dígito de la placa no le hace ni cosquillas a ese número; solo reparte, con glotonería y por horas, los viajes que produce la distancia. La placa tiene diez dígitos, y el problema crece diez veces más rápido.
En 2014, una huelga de dos días cerró estaciones del metro de Londres y obligó a miles de pasajeros a buscar rutas alternativas. Cuando el servicio volvió, uno de cada veinte se quedó con la nueva, porque resultó mejor y nunca la habían probado. El pico y placa es como esa huelga repetida cada semana durante dieciséis años, y en Quito casi nadie descubre nada. En bus convencional, un viaje promedio toma una hora para recorrer quince kilómetros; en carro, cuarenta minutos para recorrer catorce. Con esa diferencia, el experimento suele dar el mismo resultado y uno, como yo, solo le queda mover su agenda.
Desde octubre de 2021, los carros 100% eléctricos están exentos del pico y placa y, desde 2024, tampoco pagan Zona Azul. Cuando se decidió la exención, eran una rareza: entre enero y agosto de 2022 se vendieron 227 unidades en todo el país. En los mismos meses de 2026 se vendieron 8.401, treinta y siete veces más. Cuántos circulan exentos en Quito, nadie lo publica. La exención no tiene techo ni fecha de revisión; no habrá concesionaria que la objete.
Nadie se compra un eléctrico solo por el pico y placa. Pero al que, de todos modos, iba a cambiar de carro, la ciudad le regala un día extra de embotellamiento a la semana con sello municipal. Para el aire, la exención tiene sentido, porque en el perímetro hay un tubo de escape menos. Para el tráfico no tiene ninguno: el eléctrico ocupa el mismo carril que el de gasolina. Con los años, la restricción recaerá sobre quien no pudo cambiarlo y verá pasar al vecino eléctrico cada miércoles.
Dejar la pastilla de golpe tampoco cura la infección. La ciudad le regaló al eléctrico el miércoles y la Zona Azul. Al bus que viene de Calderón le toca la misma fila que a todos. La plata y el carril exclusivo deben ir a los buses que alimentan el Metro desde los barrios donde la ciudad crece, lejos del hipercentro. Nadie cambia un carro que tarda cuarenta minutos por un bus que tarda una hora, por más miércoles que le quiten.
La norma que lo reglamenta desde 2021 exige evaluarlo cada dos meses: serían unas treinta, y no se ha publicado ninguna. Dieciséis años después, lo único que el pico y placa ha logrado restringir con éxito son sus propias evaluaciones. Lo demás, mirando el parabrisas, nos la bancamos por memoria muscular.