El nudillazo
Arquitecto y consultor urbano con más de 20 años en su oficio. Analiza ciudades y su gobernanza desde la intersección entre diseño, instituciones y ciudadanía.
Actualizada:
Todos hemos hecho el mismo "estudio estructural": nudillo contra la pared, dos golpecitos, veredicto al oído. Macizo, aprobada. Hueco, torcemos la boca. Llevo quince años trabajando con el mismo ingeniero civil y, cuando los clientes lo hacen, nos miramos y sonreímos con complicidad.
El nudillazo es la ingeniería de bolsillo criolla, hija de una idea sencilla: lo pesado es fuerte, lo macizo es seguro. Pero hay casi tantas clases de pared como de papas en los Andes. Unas sostienen, otras rellenan una estructura y otras apenas separan dos habitaciones. El sonido no distingue ninguna. Es la limpia de cuy de la construcción: tranquiliza, pero no diagnostica.
¿Y cuándo se mueva el suelo? El sacudón suele cobrar por kilo. Eso no convierte cada pared pesada en una condena ni cada tabique liviano en una garantía. También importan el material, el refuerzo, los anclajes y la relación de la pared con el edificio.
Una pared de bloque se siente muy seria, aunque no siempre sepamos de qué bloquera proviene ni si su resistencia fue ensayada alguna vez. Mal anclada o sin el refuerzo adecuado, puede agrietarse, separarse o caer, aunque la estructura principal no colapse. Un edificio no necesita desplomarse para herir o matar a alguien. A veces basta un pedazo de pared.
El sistema de fallas que corre bajo las lomas del borde oriental, de Puengasí hacia Calderón, existe desde antes de que hubiera algo llamado Quito, y sigue activo. En 1755, una secuencia de sismos dañó templos y casas y dejó réplicas durante al menos ocho semanas: la gente miraba su casa como a un perro que acababa de morderla.
El 16 de abril de 2016, un terremoto de magnitud 7,8 dejó más de 670 muertos, sobre todo en Manabí y Esmeraldas. Nació en otro escenario sísmico, pero puso de manifiesto la distancia entre la norma escrita y la obra construida.
Un sismo fuerte no distinguirá entre plusvalía, sector ni la firma de un arquitecto.
La ciudad puede modelar escenarios. Este mes, entre granizadas y deslaves, el Municipio identificó a 969.008 quiteños que viven en sectores susceptibles a inundaciones y deslizamientos. Lo que nadie puede adivinar es la biografía de cada casa: el piso que apareció con el tercer hijo, la pared retirada para abrir una tienda, la terraza convertida en departamento. En una misma cuadra conviven una casa del 58, un edificio del 86 y un piso aumentado el año pasado. El suelo no revisa permisos.
La informalidad vuelve esa biografía aún más borrosa. Ahí está la cagada: las estadísticas describen lo que pidió permiso y, del resto, la ciudad sabe poquísimo. Informal tampoco significa automáticamente ruinoso. Hay casas autoconstruidas con sensatez y edificios formales mal ejecutados o transformados después. La diferencia está en la trazabilidad: en unos casos existen planos, cálculos y responsables; en otros, casi nada. Sin esa información, cualquier pronóstico edificio por edificio se parece demasiado a nuestro nudillazo.
La responsabilidad no puede recaer únicamente sobre los habitantes. Cuando la evaluación profesional compite con el costo del cuarto que necesitan construir, el sistema les pide elegir entre la seguridad y el techo. Arquitectos, ingenieros, universidades, gremios y el municipio tienen que encontrar la manera de ofrecer asistencia técnica supervisada, especialmente en lugares donde el mercado profesional casi nunca llega.
No podemos ponerle fecha al próximo sismo. A nuestras tareas pendientes, sí, y llevamos años dejándolas para después. Podríamos empezar por un inventario de hospitales, escuelas, estaciones de bomberos y edificios de alta ocupación. Seguir con una biografía técnica de los inmuebles, separando lo conocido de lo que nadie puede demostrar. Y abrir una ruta accesible para quien quiera aumentar un piso, porque ese conocimiento también tiene que llegar a quien hoy construye con necesidad, intuición y maestro mayor.
La próxima vez que visite una casa, volverá a cerrar el puño y a golpear la pared. Hágalo nomás: es gratis, rápido y bastante satisfactorio. Solo no confunda el sonido con un diagnóstico.
Detrás de esa pared hay un año, una norma, un material y quizá tres ampliaciones que nadie registró. Del otro lado está usted, durmiendo. Esa pared lo ve dormir desde hace años y usted todavía no conoce su historia.