Tablilla de cera
El final de la era Trump empieza el miércoles
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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Cualesquiera que sean los resultados del martes -que, si las encuestas no están muy muy equivocadas, favorecerán a los demócratas-, el miércoles empezará de manera no oficial la campaña para elegir al próximo presidente de EE. UU.
Esa elección se realizará el 7 de noviembre de 2028, pero desde este miércoles los aspirantes de los dos partidos comenzarán a medir sus fuerzas, recaudar fondos y preparar sus candidaturas para las primarias.
Además, desde el miércoles el presidente Donald Trump será un discapacitado político (la mejor traducción de “lameduck”, la palabra con la que se describe en EE. UU. al presidente que no puede reelegirse y ha perdido las elecciones de medio período).
Dado que la Enmienda 22 de la Constitución de EE. UU. prohíbe que Trump sea reelegido para un tercer mandato, los resultados del martes marcan el verdadero punto de inflexión y el inicio del ocaso de Donald Trump quien desde hace 10 años ha envenenado la política estadounidense con su desprecio por la democracia, las minorías y la moral.
Trump ya empezó a ser tóxico: en esta campaña muchos candidatos republicanos pusieron distancias para minimizar el daño que les causaba frente a electores desilusionados.
El martes se renuevan la totalidad de la Cámara de Representantes (435 escaños) y en el Senado 35 de los 100 escaños. De qué partido controle estas cámaras dependerá cuánto puede avanzar la agenda de Trump y cuánta visibilidad y eco vayan a tener los nuevos líderes nacionales que aspiran a la presidencia en 2028. Se elegirá también 36 gobernadores estatales.
Una cosa es segura: Trump dirá el martes que hubo fraude electoral.
A un hombre que miente tanto, de manera tan evidente y sobre tantas cosas (¿recuerdan que en su primer período presidencial emitió un total de 30.573 afirmaciones falsas o engañosas, según el sitio de verificación de The Washington Post?), hay que reconocerle su constancia al repetir que las elecciones están amañadas contra los republicanos y, sobre todo, contra él.
Lo hizo en 2016 para desacreditar el triunfo de Hillary Clinton pronosticado por las encuestas. Claro, cuando ganó, las elecciones no estaban amañadas.
Volvió con el bulo en 2018; en 2020 lo repitió hasta el cansancio y, cuando perdió ante Joe Biden, fue el pretexto para azuzar la violenta toma del Congreso el 6 de enero de 2021. La cadena Fox News, que le siguió como perro faldero en sus delirios de fraude, tuvo que pagar la bicoca de US$ 787,5 millones para transar en el juicio que le puso Dominion Voting Systems por afirmar que sus máquinas hacían fraude.
Este año, Trump no se quedó en palabras: ha hecho esfuerzos, varios de ellos ilegales, para incidir a favor de los republicanos. Hoy siete de cada diez estadounidenses temen que Trump no vaya a aceptar los resultados (encuesta WP/Ipsos del jueves pasado).
Su egolatría descomunal le inyecta una tenacidad para la autopromoción inmune al pudor o al ridículo. Solo alguien devorado por la inseguridad puede proclamar en cada discurso que es un genio. ¿Y cuán grande no será su ignorancia para que repita que “sabe todo sobre todas las cosas”?
Vergüenza ajena provocan sus sesiones de Gabinete, cuyos integrantes compiten por ser el más arrastrado.
Los electores parecen haber entendido por fin: los expertos aseverán que es el presidente más impopular en vísperas de unas elecciones intermedias en la historia moderna.
Pero no todo es color de rosa para sus contrincantes. El partido Demócrata sigue lidiando con una mala imagen que amenaza con restarle votos. A esto se suma la enorme desventaja financiera frente a los multimillonarios fondos republicanos. Basta notar que tan solo Elon Musk ha invertido 442 millones de dólares en apoyarlos. Tanto dinero han puesto él y otros plutócratas para salvar a los republicanos, que esta es la campaña más cara de la historia de EE. UU., incluidas las presidenciales.
Pero dado que Trump ha venido pidiendo que voten como si él figurara en la papeleta, es razonable prever que su impopularidad acarree problemas a los candidatos de su partido.
Los votantes van a recordar sus promesas fallidas: pagar la deuda externa, reducir los precios, detener la guerra en Ucrania en 24 horas, abstenerse de iniciar más guerras.
¿Y qué pasó? La deuda creció a niveles estratosféricos. La inflación rebotó. La guerra de Ucrania sigue e incluso es más sangrienta. Para colmo, Trump ha abandonado a Ucrania y está dando premios a Putin. Y, por último, hace ocho meses comenzó una guerra contra Irán que es la más impopular de la historia de EE. UU. y tiene graves consecuencias para la economía estadounidense y mundial.
La principal preocupación de los votantes es, por supuesto, la economía familiar: alta inflación, combustibles a precio récord, vivienda y servicios de salud inalcanzables. Y el contraste de sus dificultades con la inmensa riqueza amasada por el presidente y su familia. La revista Forbes calcula que Trump es hoy 2.700 millones de dólares más rico que cuando ganó las elecciones en 2024, y que el patrimonio de la familia ha crecido en US$ 4.000 millones.
Pensarán también los votantes en la crueldad sin freno con los migrantes y en que los republicanos no han movido un dedo para impedir todo esto.
republicanos no han movido un dedo para impedir todo esto.
La “ola azul”, el color del partido Demócrata, coloreará desde el miércoles el ocaso de Donald Trump. Si ese partido logra el control de ambas cámaras y más gobernaciones que las que hoy tiene, el mundo entenderá que Trump no representa a la mayoría de los estadounidenses. Y que un país que se deslizaba hacia la autocracia puede dar la vuelta en U y volver a ser una democracia.