Lo invisible de las ciudades
Guayaquil: otro Morgan que también se hunde
Arquitecto, urbanista y escritor. Profesor e Investigador del Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ. Escribe en varios medios de comunicación sobre asuntos urbanos. Ha publicado también como novelista.
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Ya es hora de dejar a un lado las excusas meteorológicas. El problema de las inundaciones en Guayaquil se ha manejado de manera mediocre; y esto, ante el vaticinio de peores tiempos, con precipitaciones aún más intensas, no puede seguir así. Si bien hay algo de verdad en eso de pedir que no taponen con basura las alcantarillas, no se puede responsabilizar sólo a la ciudadanía del escenario actual.
Quedarnos en dicha sentencia simplona es una lavada de manos ruin por parte de los encargados de evitar o mitigar este tipo de desastres. Es competencia municipal el mantenimiento del sistema de aguas lluvias. Eso incluye su permanente limpieza. También son las autoridades municipales las llamadas a planificar para el futuro; y este problema ya no puede ser manejado con el conformismo de cumplir con normas cuantitativas. Todos -gobierno nacional, municipio y el gremio de ingenieros civiles- deben dejar de esquivar este problema y tomar el toro por los cuernos.
Guayaquil no es la única ciudad en el mundo enfrentando este tipo de problemas; pero sí hemos dejado la resolución de esta situación para un futuro que se nos ha venido encima. Mientras otras metrópolis han implementado sistemas de estanques, canales y diques que les permiten mantener seguros a sus habitantes y sus posesiones, nuestras autoridades e ingenieros se han conformado con construir una red de aguas pluviales con válvulas que impidan el ingreso de las mareas altas. Eso ya no es suficiente.
Además de evitar que nos inunden las aguas provenientes del estero y la ría, debemos construir diferentes sistemas de contención de aguas lluvias en nuestros espacios públicos; reservorios temporales que nos permitan lidiar con el excedente de las lluvias, para luego evacuarlas. Tomando en cuenta que la falta de espacios públicos es la gran deuda histórica que tiene el municipio con su ciudadanía, podría pensarse ahora en un proyecto a mediano plazo que resuelva dos problemas con un solo tiro: construir nuevos espacios que sirvan para la integración de los barrios, al tiempo que permitan manejar las aguas excedentes incorporándolas al paisaje.
Tuve la triste suerte de ver de cerca, cómo perdimos una gran oportunidad de hacer eso hace 25 años atrás, cuando formé parte del equipo consultor que realizó la primera propuesta para el parque Los Samanes. En su calidad de asesores del BID, los expertos Guillermo Peñalosa y Silverio Sierra recomendaron a los directores del proyecto plantear al parque Los Samanes como un “parque inundable”. En su lugar, los directores del proyecto optaron por rellenar el parque con un millón de metros cúbicos de tierra compactada.
También debemos aceptar que estamos en este aprieto por empecinarnos en llevarle la contraria a la naturaleza. ¿Cuántas calles de la ciudad son el producto de esteros rellenados, que antes drenaban el agua de las lluvias? Sólo en el centro de la ciudad, entre la 9 de Octubre y el cerro Santa Ana, hay 5 calles que en el pasado eran esteros y desembocaban al Guayas.
¿Y si pensáramos en que dichas vías pudieran convertirse en canales urbanos, donde el flujo de aguas coexista con algo de tráfico vehicular y circulación peatonal? Muchos de los que se escandalicen con esta propuesta se quedaron callados, cuando se cerró la calle P. Icaza para construir en ella una estación de la Metrovía. Al menos deberíamos realizar estudios técnicos serios para poder descartar las alternativas que debemos buscar fuera de los procedimientos previamente usados y actualmente insuficientes.
Se requiere un cambio de mentalidad en todos los involucrados en la toma de decisiones por el bien de la ciudad. Los gobernantes municipales deben dejar a un lado el inmediatismo electoral, y asumir con madurez la responsabilidad de continuar con proyectos previos a su administración. Sin continuidad, este problema no podrá ser resuelto, porque no es cosa que se pueda atender solo en cuatro años.
El Gobierno Nacional debe entender esta situación como un asunto de seguridad nacional. Si se han financiado antes un Malecón para Guayaquil y un metro para Quito, debe entonces apoyarse y financiarse un proyecto que salvaguarde la vida de los guayaquileños y evite pérdidas millonarias.
Y por último, hago un llamado al gremio de los ingenieros; en especial a sus nuevas generaciones: hagan a un lado la cautela excesiva que ha caracterizado a sus predecesores. Si van a enfrentar este escenario con el miedo al fracaso personal, buscando soluciones convencionales, llevarán a la ciudad al mismo destino que el "Capitán Morgan" en el río Guayas.