El racismo más allá del fútbol
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Un estudiante negro (afro, según lo políticamente correcto) tenía mucho éxito con sus compañeras universitarias en un país en el que escaseaban las personas con ese color de piel. Ante la envidia de sus compañeros él respondía que sufría mucho porque cualquier insinuación suya de enamoramiento era respondida por las chicas con un “estás loco”. Podía ser un objeto sexual, pero jamás podría ser integrado en una relación estable.
Al ser interrogado sobre el color de su piel, un académico de un país con población mayoritariamente afrodescendiente respondió orgullosa y rotundamente “negro”. El funcionario público frunció las cejas y le corrigió: “aquí no hay negros, los negros son de X país, usted es de color teléfono”.
En nuestro país, y para acercarnos al mundo del fútbol que es el que puso el tema sobre la mesa, somos testigos del paso automático de la alabanza a los “negritos lindos” del momento del triunfo a los “negros vagos de mierda” de la derrota.
Es posible seguir con las anécdotas, pero vayamos al caso más reciente. La calificación de Argentina como racista golpeó a ese país como no lo había hecho ninguna adjetivación previa. Fue tanto el impacto que logró el milagro de que por un tiempo se eliminara cualquiera de las múltiples formas de polarización que atraviesan a su sociedad. Hubo unanimidad en el afán de demostrar que no existe racismo en esas tierras y buscaron las causas por las que su selección no cuenta con personas de color. Intelectuales, políticos, periodistas, personas de a pie acudieron a la historia Y, precisamente, ahí estuvo el error. En realidad, los tres errores de la argumentación.
El primer error fue reducir el tema a la conformación de la selección mundialista. Al colocarlo en ese espacio tan acotado se pierden de vista las posibles conductas de sectores de la sociedad en otros campos. El argumento utilizado provino del segundo error, que fue centrarse únicamente en la insignificante proporción de esclavos (negros) que hubo históricamente en Argentina y que, en consecuencia, dejaron muy poca descendencia. Esa mirada parcial impedía comprender que el racismo puede expresarse con respecto a cualquier diferencia étnica y no solamente a la población negra. En el caso concreto, cerraba la posibilidad de observar con detenimiento las relaciones (históricas y actuales) con los descendientes de los pueblos originarios de ese territorio o, en términos más crudos, con los sobrevivientes de la Conquista del Desierto (que no estaba desierto) liderada por Roca entre 1878 y 1885. Olvidaba, además, la utilización de calificativos como “cabecitas negras” en la disputa política contra el primer peronismo.
El tercer error fue mirarse el ombligo y no asumir una realidad que afecta al conjunto de América Latina. Más les habría valido a todas esas personas indignadas aceptar que el problema existe y que no es patrimonio argentino. El racismo atraviesa a todo el continente (y si nos apuramos un poco, podemos decir a todo el mundo, con contadas excepciones). Las diferencias étnicas siempre se combinaron con las de clase, vale decir, con la posición económica y social de las personas y constituyen aún un factor de exclusión. De ahí surgen las reivindicaciones indígenas (presentes también en Argentina) y, por supuesto, de la negritud, a la que se refieren y reivindican Adalberto Ortiz, Antonio Preciado, Nicolás Guillén y una pléyade de intelectuales negros.
Aseverar esto no significa acudir, como consuelo, al mal de muchos, sino colocar el problema en su dimensión correcta y mirar en su interior el grado en que se manifiesta en cada país. Por consiguiente, a los agraviados argentinos les habría convenido más asumir que sí hay racismo en su país, pero que —quizás, quién sabe— es menos fuerte y visible que en otras latitudes.