De la Vida Real
Carlos Vives, mucho más que un show
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Se siente la edad. Localidad general y, de tanto estar sentada, ya me dolía la espalda. Y claro, también vi la edad reflejada en el público, bastante contemporáneo a la mía. Se sacaban los lentes para poder ver el celular.
A las 20:30 se apagaron las luces y empezaron a verse las linternas de los celulares por todos lados. Salió Aterciopelados. Su vocalista tiene una voz increíble. Yo la escuchaba, pero la verdad es que solo quería que saliera él.
Carlos Vives me ha acompañado toda la vida. Ha estado ahí, en cada una de mis etapas, desde que tengo nuevo años.
La primera vez que fui a un concierto de él lo hice con mis papás y mis compañeras del colegio. Estábamos en tribuna. Hasta ahora me acuerdo cómo lloré de la emoción. Iba a ver a mi ídolo, al que me acompañaba con su vallenato desde que me despertaba hasta que me dormía.
Podría decir que era adicta a sus canciones. Y a él.
Los que me conocieron en esa época saben que sin Carlos Vives no era yo. En la revista Siglo XXI vino un póster suyo, le recorté y le puse en mi cuarto. Creo que ahí conocí lo que era el amor.
Siempre pensaba en qué le iba a decir si algún día le encontraba. Soñaba con toparme con Carlos Vives en cualquier lado. Ahí también entendí que el amor puede ser unilateral y que la telepatía no funciona.
Me acuerdo que a ese concierto fui guapísima, con una chompa de jean y todo el frasco de perfume Colors encima.
Ahora, 27 años después, también me puse guapa. Pero ya sin demasiadas esperanzas de encontrarme con él. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero a los 43 años una ya sabe que hay esperanzas que se van diluyendo en el camino.
El viernes fui al concierto, en el mismo coliseo Rumiñahui, al que fui a verlo por primera vez, solo que ahora me tocó verle desde última fila de general.
Y no me importó. La emoción de estar ahí, en el mismo lugar que él, seguía siendo la misma, aunque yo estuviera lejísimos del escenario.
Mientras esperaba que saliera, me acordaba del Carlos Vives de antes: los miles de collares, el pelo largo y chirriado que tenía, el short de jean y las sandalias de tiras de tela. Me preguntaba cómo estaría ahora, cómo se vestiría para el concierto.
Ya no lo sigo tanto. Algo sé por las redes, pero le tengo un cariño enorme. Es como un buen ex que se quedó para siempre en los recuerdos más lindos.
Mientras terminaba Aterciopelados y esperábamos que saliera Carlos Vives, lo más chistoso fue ver al público. Todos acomodándose la espalda, estirándose, cambiando de posición, tratando de aliviar el cuerpo después de tanto rato sentados en el graderío.
Ahí también se notaban los años de sus fans.
Y salió.
Entre luces blancas apareció Carlos Vives vestido de negro. Ya no tiene el pelo largo. Ya no salta como antes. Ya no lleva miles de collares, solo uno. También él creció. Ahora tiene 65 años.
Pero me fijé en que todavía lleva las muñecas llenas de pulseras.
El concierto duró casi dos horas y fue demasiado generoso con el público. Cantó muchísimo, habló, contó historias y cantó canciones de distintas épocas. No fue de esos conciertos en los que uno se queda esperando la canción que quería escuchar. Carlos Vives nos dio de todo, menos La Celosa.
Y ahí estaba.
Yo lo veía diminuto desde la última fila, pero al mismo tiempo era enorme. Porque no estaba viendo solo a Carlos Vives. Estaba viendo una parte muy grande de mi vida.
“Quiero ser tu amor entero, y pintarme en tus labios el color del cielo”, cantaba yo a todo pulmón.
Él cantaba para mí y yo cantaba para él.
Cuando empezaron las canciones de Escalona salieron videos viejos en las pantallas y ahí apareció exactamente como yo lo recordaba. Yo podía distinguir de qué disco era cada canción, cómo era la portada y hasta qué número tenía dentro del cancionero.
Información totalmente inútil que, por alguna razón, mi cerebro decidió guardar para siempre.
Cantó “La Gota Fría”.
Y yo seguía ahí, acordándome de los discos, de las portadas, del cancionero, del póster en mi cuarto y de esa adolescente que podía pasar el día entero escuchándole, una y otra vez.
Creo que eso tienen los conciertos de los artistas que te acompañaron toda la vida: por unas horas vuelves a tener 14 años. Cantas las mismas canciones, te emocionas igual y hasta te acuerdas de cosas que creías olvidadas.
Solo que ahora, cuando termina el concierto, te duele la espalda.