Mármol, balas y promesas rotas: Cómo Trump convirtió su obsesión por un salón de baile de lujo en una potencial factura pública de USD 400 millones
La administración de Donald Trump maniobra para que los contribuyentes financien con USD 400 millones el salón de baile que desea el Presidente en la Casa Blanca. El último incidente con un hombre armado, al que se acusa de intentar atentar contra Trump, es usado como argumento para la obra en un contexto de seguridad nacional.

El presidente Donald Trump en una cena en los jardines de la Casa Blanca el 19 de septiembre de 2025.
- Foto
Whitehouse.gov
Autor:
Randy Nieves-Ruiz
Actualizada:
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PARÍS. La obsesión de Donald Trump por erigir un salón de baile en la Casa Blanca alcanzó esta semana un punto de ebullición febril, transformando un capricho arquitectónico en una costosa cuestión de Estado que podría costar a los contribuyentes USD 400 millones o más, a pesar de la promesa presidencial de que el proyecto no les costaría “ni un centavo”.
El catalizador de ese frenesí fue el reciente incidente con un hombre armado que entró en el Washington Hilton durante la gala de Trump con corresponsales de la prensa extranjera el 25 de abril de 2026 con el propósito de hacerle daño al Presidente o a altos funcionarios.
Lo que para el Servicio Secreto fue una falla crítica de seguridad, para la administración Trump se ha convertido en la coartada perfecta para justificar la construcción de un búnker de lujo en donde estaba el Ala Este de la Casa Blanca, demolida por el Presidente para erigir el proyecto del cual más le gusta hablar en sus apariciones públicas, conferencias de prensa y reuniones.
El origen de una obsesión
La fijación con el salón de baile comenzó por lo menos hace 10 años, cuando el candidato Trump le ofreció a la administración del entonces presidente Barack Obama USD 100 millones para construir el salón, afirmando que hacer actividades multitudinarias al exterior de la Casa Blanca bajo “carpas no es bueno. Ni siquiera es seguro, una carpa de de lona. Nunca me contestaron”.
El entonces portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, contestó con ironía que la propuesta fue rechazada porque no le parecía buena idea “instalar un brillante letrero dorado de ‘Trump’ en la Casa Blanca. Eso es lo que incluye la mayoría de los edificios que él se ofrece a construir”.
Pero 10 años después, cuando Trump volvió al poder, reactivó su sueño de altos techos y colores dorados como en Mar-a-Lago, sus propiedades y hoteles, y en julio de 2025 anunció que construiría el salón de baile a un coste USD 200 millones, con fondos donados por él y “otros patriotas”.
“Durante 150 años, presidentes, administraciones y el personal de la Casa Blanca han anhelado contar con un gran espacio” para eventos de gran magnitud, rezaba el comunicado oficial, asegurando que Trump se comprometía a “resolver este problema en nombre de las futuras administraciones y del pueblo estadounidense”.
El faraónico proyecto de un Salón de baile

El edificio anunciado, de 8.270 metros cuadrados, tendría capacidad para sentar a 650 personas, tres veces más que las que entran en el Salón Este de la mansión ejecutiva, donde se llevan a cabo actualmente los banquetes, bailes o recepciones del mandatario.
Para hacer paso a su salón de baile, demolió parte del Ala Este de la Casa Blanca en octubre pasado, en una polémica acción que horrorizó a historiadores y líderes políticos opuestos al Presidente.
“La última vez que vimos un cambio tan dramático en la Casa Blanca fue cuando los británicos la quemaron en 1814”, dijo entonces la historiadora presidencial Alexis Coe, refiriéndose al histórico episodio denominado la Quema de Washington, al cual también aludió el rey Carlos III de Inglaterra esta semana en un cena de Estado que le ofreció Trump en la mansión presidencial.
El rey dijo en su alocución que había notado los “reajustes” al Ala Este, y "lamento decir que nosotros, los británicos, por supuesto, hicimos nuestro propio intento de remodelación inmobiliaria de la Casa Blanca en 1814", agregó el rey, arrancando carcajadas de los asistentes.
Cuando comenzó la demolición, el salón de baile ya estaba aumentando de precio, y ahora se decía que costaría USD 250 millones.
El Ballroom que empieza a crecer en costos

En diciembre de 2025, Trump contrató a un nuevo arquitecto por desacuerdos con el diseñador original del proyecto, James McCrery, quien según reportes de medios había expresado sus reservas en torno a un proyecto que estaba aumentando de tamaño: ahora era para sentar a más de 1.000 personas, podía llegar a ser más grande que la Casa Blanca y ahora costaba USD 300 millones.
En enero de 2026, una semana después de la caída del presidente venezolano Nicolás Maduro, Trump recibió en la Casa Blanca a ejecutivos de algunas de las más grandes petroleras del mundo para convencerlos de invertir más en Venezuela.
Mientras les daba la bienvenida, interrumpió su mensaje, dijo “tengo que ver esto por mí mismo”, se levantó de su asiento y mirando por una ventana exclamó “¡Wow, qué vista! Esta es la puerta al salón de baile”.
En ese momento saltaron las alarmas, con la imagen de Trump interrumpiendo una importante reunión para levantarse y comentar sobre el salón de baile, que en marzo ya se había convertido, además, en un complejo militar con un costo calculado en USD 400 millones, que es el precio estimado al día de hoy.
Entre los donantes para la obra figuran corporaciones como Meta, Apple, Amazon, Google, Microsoft, Comcast, la contratista de defensa Lockheed Martin, Comcast, Caterpillar, varios magnates del deporte y la siderúrgica Arcelor Mittal, que proveería el acero para la estructura.
La construcción del salón de baile, sin embargo, fue paralizada en abril por un juez federal que decidió que la obra debe ser aprobada por el Congreso, porque el Presidente es solo el "administrador" de la Casa Blanca y no su “propietario”.
La demanda fue presentada por el Fondo Nacional para la Preservación Histórica, una organización sin fines de lucro dedicada a conservar lugares históricos estadounidenses.
Pero el incidente en la gala de corresponsales de Washington no hizo sino avivar la obsesión de Trump, quien en sus primeras declaraciones sobre los hechos, poco después de ocurridos, dijo que “necesitamos el salón de baile”.
“No quería decir esto pero pero por esto es que teníamos que tener todos los atributos de lo que estamos planeando en la Casa Blanca: Un salón más grande y mucho más seguro, a prueba de drones, con vidrios a prueba de balas”, sostuvo.
La factura a los contribuyentes

Un reclamo que repitió el domingo por la mañana en un post en su red Truth Social, y el domingo en una entrevista con Fox News, hasta que el martes, uno de los senadores republicanos más indulgentes con Trump, Lindsey Graham, hizo sonar las alarmas: Presentó un proyecto de ley para que fueran los contribuyentes, no los donantes privados, quienes financiaran el salón de baile, con USD 400 millones.
Para Graham, el salón de baile ya no es un lujo decorativo, sino una pieza de supervivencia nacional:
“Nuestra legislación es mucho más ambiciosa que la simple renovación de un recinto, dijo, “representa una medida necesaria para mantener a nuestro Comandante en Jefe, quien quiera que sea, a salvo y protegido”.
Lindsey Graham, senador republicano
Con este giro narrativo, el búnker de Trump pasó de ser un capricho estético a una prioridad de seguridad nacional que el Capitolio se dispone a sufragar.
Y las reacciones contra la iniciativa de Graham no se hicieron esperar.
“De ninguna manera”, dijo la congresista demócrata de ascendencia puertorriqueña Alexandria Ocasio Cortez: “La idea de que van a construir este palacio a expensas del contribuyente, después de haber dicho que aquellos milmillonarios con quienes tienen un trato preferencial se harían cargo de la cuenta, es simplemente inaceptable”, dijo.
Los contribuyentes “no pueden pagar las p***s facturas de servicios o alimentos”, agregó, indignada la representante demócrata Sarah McBride, mientras el republicano Rick Scott, defensor de Trump, sostuvo que si ya hay donantes dispuestos a costear el proyecto, los contribuyentes no tendrían que estar involucrados.
“Tenemos 39 billones de dólares en deuda”, dijo Scott, “tal vez debamos dejar de gastar fondos”.
Pasaportes, arcos y centros con su nombre: La "Trumpificación" de Estados Unidos

El salón es solo la pieza central de un esfuerzo sistemático por estampar el nombre y la imagen del presidente en cada rincón del Estado. Basado en los desarrollos más recientes, este es el inventario de la nueva simbología americana:
- Pasaportes de Estados Unidos: Nuevos diseños para el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos tendrán el rostro de Trump sobre la Declaración de Independencia, con su firma grabada en oro.
- El "Arc de Trump": Un arco del triunfo conmemorando los 250 años de la independencia de Estados Unidos, de 75 metros de altura que, de construirse, bloquearía la vista hacia el Cementerio Nacional de Arlington, el Monumento a Lincoln y el Monumento a los Veteranos de Vietnam.
- El Kennedy Center: El emblemático centro para las artes escénicas de Washington ahora se llama Trump-Kennedy Center.
- Servicios Públicos: Desde el portal TrumpRX.gov para fármacos hasta las "Cuentas Trump" de ahorro infantil, el branding ha invadido la gestión pública.
- Billetes con firma de Trump: La firma del presidente se incluirá en futuros billetes para reconocer sus logros económicos. Es la primera vez en la historia que un presidente en ejercicio aparecerá en un billete.
Al final, mientras el Congreso debate el costo de blindar el deseo presidencial bajo el sello de la seguridad nacional, el mensaje de la administración parece ser claro: en la nueva arquitectura de Washington, la historia se puede demoler, pero el nombre de Trump debe preservarse y, sobre todo, pagado por todos.
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