El Gobierno planifica hasta el año 2040; la competencia del sector privado actúa este lunes
Asesor empresarial en estrategia y finanzas corporativas. MBA de la Escuela de Negocios Darden de la Universidad de Virginia. Exasesor McKinsey and Company y finanzas en JPM, CLSA, ABN-AMRO y Valpacífico. Exejecutivo senior Progressive Insurance e IPG.
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El verdadero debate no es cómo crecer. Es cómo crear valor.
Hace veintiséis años Ecuador tomó una decisión que transformó para siempre su economía.
Renunció a su política monetaria.
Desde entonces hemos discutido durante décadas cómo crecer sin devaluar.
Pero quizás esa nunca fue la pregunta correcta.
La verdadera pregunta es otra:
¿Cómo crea valor una economía que ya no puede competir mediante el tipo de cambio?
Porque una economía dolarizada elimina muchos mecanismos tradicionales de ajuste:
- No puede depreciar su moneda para recuperar competitividad.
- No puede utilizar inflación para corregir desequilibrios.
- No puede esconder ineficiencias detrás de movimientos cambiarios.
Cada dólar invertido debe producir más productividad, mejores capacidades y activos más valiosos.
En otras palabras, una economía dolarizada obliga a pensar cómo piensa un inversionista.
Y eso cambia completamente el papel del Estado, de las empresas y de los directorios.
Durante años medimos el éxito económico con indicadores como crecimiento del PIB, exportaciones, empleo o inflación.
Todos siguen siendo importantes.
Pero ninguno explica realmente por qué algunos países atraen capital, desarrollan empresas globales y multiplican el valor de sus activos mientras otros permanecen estancados.
Los inversionistas internacionales observan variables distintas:
- Costo de capital.
- Gobierno corporativo.
- Calidad institucional.
- Capacidad de ejecución.
- Productividad.
- Retorno sobre el capital invertido (ROIC).
En otras palabras, observan la capacidad de una economía para crear valor.
Los últimos acuerdos comerciales con Emiratos Árabes Unidos, Corea del Sur y Canadá representan precisamente una oportunidad para comenzar esa transición.
No porque aumenten automáticamente las exportaciones.
Sino porque pueden contribuir a reducir incertidumbre, atraer inversión, fortalecer instituciones y permitir que empresas ecuatorianas compitan bajo estándares internacionales.
Ese es el verdadero cambio.
La competitividad deja de depender únicamente del costo laboral o de ventajas naturales.
Comienza a depender de la calidad de los activos que el país es capaz de construir:
- Infraestructura.
- Talento.
- Tecnología.
- Empresas.
- Instituciones.
- Capital humano.
En una economía dolarizada, todos esos activos deben generar retornos superiores al costo del capital.
Ese principio también transforma el trabajo de los directorios.
Su responsabilidad ya no consiste únicamente en supervisar resultados financieros.
Consiste en asignar capital hacia iniciativas capaces de incrementar el valor económico de la empresa.
Y esa misma lógica aplica al Estado.
La política industrial deja de enfocarse exclusivamente en sectores.
Comienza a enfocarse en activos estratégicos.
Porque las economías no crean valor por decreto.
Lo crean las decisiones de inversión.
En consecuencia, el desafío del Ecuador no consiste únicamente en producir más.
Consiste en construir activos que valgan más.
La competitividad será simplemente la consecuencia.