El mundo de las abuelas
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Parecería que cuando Natalia Lafourcade canta ‘Hasta la raíz’ no alude al amor de pareja, sino a uno más constitutivo, uno que tiene que ver con el principio de todo. Hay quienes dicen que se refiere, sobre todo, al lugar del que uno es. Por eso es una canción que tiene una fuerza especial para todos quienes están lejos y extrañan su país. Yo creo que tiene que ver con el hogar. Las madres. También los padres. Los rostros que nos configuraron el mundo. Y ese paisaje inicial, muchas veces, tiene que ver con las abuelas y los abuelos, que son distintos a los padres, porque generalmente forman poco y consienten mucho. Mentira. En realidad, educan más de lo que ellos creen y suele suceder que nosotros nos tardamos muchos años en cobrar consciencia de la dimensión, inmensa, de ese aporte constitutivo.
Hace unos meses leí ‘Las vanidades del mundo’, la reciente novela de la escritora colombiana Estefanía Carvajal en la que, desde el poder de la ficción, reconstruye la durísima historia de una abuela. También podría ser entendida como una novela sobre una familia y un pueblo, incluso un país, pero yo creo que fundamentalmente es una novela sobre la compleja y difícil vida de una mujer que, sin pretenderlo, ha marcado inevitablemente a su descendencia. Y no debemos descartar que la columna vertebral de una familia, un pueblo o un país sea, a veces, una mujer que ha resistido pese a todo. Una de las preguntas que, ante esta ficción podríamos hacernos es, ¿qué debió haber sufrido una mujer para acudir al sepelio de su hijo y no llorar ni inmutarse?
Somos sociedades, me parece, que se han construido sobre secretos familiares. Generalmente, bajo la lógica de enterrar, y no enfrentar, los acontecimientos incómodos del pasado, porque es más fácil. Y es que el lugar del que viene la vergüenza suele ser la carencia: algo faltó alguna vez o no fue completo. Y esto es más duro en el ámbito familiar. Claro que uno de los destinos que tienen los hijos es entender a los padres, pero no debemos olvidar que el de los nietos es entender a los abuelos, para saber de dónde venimos, cuál es nuestra historia. Quizá ese es el desafío fundamental de la novela de Carvajal: la posibilidad que todos tenemos de hacer las paces con la propia historia.
Medellín, entonces, es una casa familiar que Estefanía Carvajal reconstruye, no solo como escenario de una vida que se acabó, sino de una catarsis que sucede en el presente, porque la ciudad está viva como los protagonistas de sus historias. Insisto, sin embargo, en que quizá esa casa de la que habla Carvajal no solo es Medellín, sino América Latina, y en eso se parece a su compatriota, el creador de Macondo, pues fue él quien entendió que la historia de una familia puede relatar la vida de un continente entero. Y esta historia tiene tanto amor y bondad como, desgraciadamente, está llena de violencia, injusticia y desmemoria. Pero al final, también de reparación y ese, precisamente, suele ser el lugar de la escritura.
Ecuador y Colombia, con sus abuelas, son territorios que merecen reconectar con su pasado y sus literaturas, en ese sentido, son máquinas del tiempo. Ningún país debería olvidar su historia, pues esta suele ser una gran herramienta para no tomar decisiones desatinadas o poco elocuentes, en la construcción de su presente y futuro. Ojalá Colombia decida con calma y sabiduría, no pirotecnia ni odio, su porvenir. Meses atrás también leí el poemario ‘De los días y las noches (Mensajes para un niño que está lejos)’ que escribió la poeta uruguaya Mariella Nigro pensando en su nieto, geográficamente distante, pero muy en la raíz de su vida. Es demasiado difícil poner en palabras todo lo que nos enseñan las abuelas, pero en las palabras de Nigro hacia su nieto hay un resplandor que ilumina esta cuestión: “Ayer aquí entró el otoño, en el hemisferio que habitas la primavera; una metáfora de nuestras vidas. De todas formas, algo nos iguala: en el equinoccio será la duración del día igual a la duración de la noche. Aunque estemos tú y yo como en afelio. Y en todo caso seguiré regando y cortando las flores de las macetas y podré explicarme por qué las azaleas se están volviendo tulipanes”.