Columnista Invitado
Primero de mayo, una celebración robada
Escritor y académico.
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Entre 1958 y 1962, durante el gobierno de Mao Zedong, tuvo lugar uno de los planes políticos más extravagantes de la historia humana. El líder de la recién creada República Popular China decidió que los campesinos no estaban haciendo lo suficiente para convertir a su país en el paraíso utópico prometido por la teoría marxista. Movido por los más altos ideales de su misión profética, el gran timonel decretó que las jornadas de trabajo debían duplicarse: cada labriego estaba obligado a laborar una jornada completa en el campo y luego continuar con una jornada adicional fundiendo acero o colaborando en proyectos colectivos que generalmente se extendían durante la noche, donde “la luna y las estrellas caerían cautivas” bajo la voluntad del nuevo hombre chino, —la mala imagen literaria se la debemos al autor del libro rojo—. De esa forma las horas de trabajo se extendieron a dieciséis por día, o más. Investigadoras como Verna Yu han contabilizado decenas de millones de muertos durante tal extravagante experimento laboral. El primero de mayo era, paradójicamente, la gran fiesta de celebración obrera de aquel régimen.
El autor ruso Aleksander Solzhenitsyn describió con lujo de detalles los horrores de los campos de esclavitud creados por Lenin y perfeccionados por Stalin en la Unión Soviética —entre 1918 y 1956—. Las jornadas laborales ni siquiera se contabilizaban. Millones de ciudadanos fueron arrestados bajo el oscuro pretexto de crímenes políticos, cuando lo que en realidad se buscaba era proveer al estado de mano de obra esclava. Anne Applebaum ha generado un extenso trabajo de investigación en torno a los horrores de los sistemas de trabajo forzado soviético, su oscuro aparato disciplinario, y las hambrunas apocalípticas a las que sometió pueblos completos para cubrir las costuras de una dictadura masiva. En todo ese tiempo, el primero de mayo se consideró la fiesta nacional por excelencia.
Entre 1975 y 1979 el intelectual marxista Pol Pot decidió que Cambodia debía desligarse definitivamente de todo rezago burgués en su modelo de sociedad. Ordenó un éxodo masivo de toda la zona urbana hacia los campos. Una vez más las políticas de trabajo forzado fueron impuestas desde un modelo ideológico que aseguraba defender los intereses de los obreros ¿el resultado? La muerte del 33% de la población de su país, más de tres millones de personas asesinadas en nombre de un dogma utópico. Pol Pot, en todo caso, evitó ejercitar el cinismo extremo evitando los desfiles del primero de mayo, aunque ciertamente celebraba con algarabía su cumpleaños en el mismo mes.
En este punto no parece necesario hablar de la agobiante cifra de prostitución en Cuba, los campos de prisioneros en Corea del Norte, el arduo peregrinaje de ocho millones de venezolanos huyendo de su país para sobrevivir de la forma que sea en otras tierras, o la agobiante zozobra experimentada en Nicaragua. Bástese decir que en todos aquellos sitios el primero de mayo es una celebración capital.
Resulta sorprendente que los regímenes políticos que han pisoteado los derechos de los trabajadores de forma más inaudita, sean precisamente los que reclamen los eventos del 1 de mayo de 1886 como un símbolo de su propia causa. Pero resulta aún más sorprendente que las sociedades democráticas, que fueron quienes acogieron aquellas demandas de manera efectiva, hayan permitido que las ideologías totalitarias se atribuyan una conmemoración con la que jamás en la historia —ni una sola vez— han sido consecuentes luego de asumir el poder político.
El primero de mayo de 1886, en Chicago, iniciaron protestas masivas para instaurar una jornada laboral de ocho horas. Aquellas demandas fueron procesadas en prácticamente todas las democracias occidentales, de forma paulatina. No se puede decir lo mismo, ni siquiera de lejos, de los experimentos políticos marxistas donde los obreros fueron confinados a regímenes mucho más alienantes a los vividos por los trabajadores de Chicago antes de aquella fecha.
Debo reconocer que me causa un asombro casi literario mirar las banderas rojas, las hoces, los martillos y las efigies de los grandes inquisidores y tiranos del mundo, enarboladas en las coloridas marchas que acontecen bajo el pretexto de aquella fecha: los obreros siempre terminaron sometidos a condiciones de trabajo extenuantes, denigrantes y forzadas, bajo las mismas ideologías que se definen a sí mismas como defensoras de sus intereses. Para ellos, en el primero de mayo no hay nada que celebrar.