La estupidez artificial
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
Actualizada:
Soy bastante ignorante sobre cómo exactamente funciona la inteligencia artificial generativa. Admito que la uso a diario, en cosas tan sencillas como buscar qué películas se están exhibiendo en las carteleras de Quito, hasta cosas un poco más complejas, como revisar o traducir textos. Incluso en alguna ocasión le he pedido consejo en recetas para cocinar o cosas más personales y trascendentales. Probablemente la instrucción más repetida a mi ChatGPT sea “por favor haz que este email suene más cordial”. Y sí, lo trato de “por favor”.
Pero detrás de todo mi uso de la inteligencia artificial están ideas propias mías (o que por lo menos creo que son mías). No le pido que me ayude a pensar o que cree algo por mí – tal vez sea “anticuado” en esto, no lo sé–. Cuando la uso para escribir algo, por ejemplo, suelo primero estructurar mis ideas y argumentos, después revisar el lenguaje y la redacción yo mismo, y solo hacia los pasos finales pido al ChatGPT que me dé sus “comentarios y sugerencias”. Debo admitir que a veces el Chat me da muy buenas sugerencias, y que las adopto. Pero muchas otras veces me dice unas tonterías que no hacen sentido, o que yo nunca diría, y obviamente las rechazo. Es decir, cuando escribo un texto, puedo afirmar que todavía soy capaz de expresar mis propias ideas, ordenarlas, y de poner cada punto y cada coma como a mí me plazca. O me parezca necesario. Incluso tomándome libertades estilísticas y poéticas.
Veo que mis estudiantes han adoptado a la inteligencia artificial por completo. Y la verdad tengo la sensación de que el uso que le dan no es el óptimo. Parecería que cada vez escriben mejor, pero al mismo tiempo, tienen menores capacidades intelectuales. Pueden escribir pero no pueden pensar – algo que nadie, nunca, se habría imaginado. Hace poco leí un ensayo de un estudiante que evidentemente estaba escrito –no solamente “revisado”- por alguna plataforma de inteligencia artificial. El lenguaje era sofisticado y hasta parecía hacer sentido, pero se notaba vacío. Al cuestionar al estudiante oralmente sobre su ensayo pude notar que no tenía idea sobre el contenido y los argumentos de lo que había escrito. En resumen, el ensayo era producto de una suma de probabilidades estadísticas de sílabas relacionadas al tema, pero no tenía nada propio de su autor. Una desgracia.
A lo que voy: la inteligencia artifical puede potenciar las ideas de las personas, siempre y cuando existan ideas propias detrás. No podemos negar que la inteligencia artificial ha venido a arrasar con todo, que llegó para revolucionar el mundo. Pero debemos cuestionarnos permanentemente, desde puntos de vista éticos y filosóficos, el uso que le queremos dar. Esto es un reto importantísimo no solo para la educación superior, campo en el que me desarrollo profesionalmente, sino para todos los campos en que la humanidad se ve plasmada.
En un mundo en que lo humano pierde cada vez más valor, donde lo artificial reemplaza lo natural, corremos el riesgo de que una herramienta tan potente como la inteligencia artificial termine por hacernos cada vez más estúpidos. Aunque no tengo certezas, mis intuiciones me dicen que debemos aprovechar esta coyuntura para volver a darle más valor a lo artesanal, a lo hecho con nuestras manos y nuestras mentes. Como está claro en este texto, no me opongo al uso de la inteligencia artificial, pero sí creo que debemos cuestionarnos profundamente sobre sus límites, tanto a nivel personal como social.
*Este texto fue escrito en su totalidad por mí, sin la ayuda de ninguna herramienta de inteligencia artificial. Cualquier acierto o fallo son de naturaleza completamente humana.