Mala predicción climática y política
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Seguramente jamás se llegará a saber a quién se le ocurrió la idea de anticipar las elecciones seccionales, pero lo que sí está claro es que nada está claro. Comenzando por la propia denominación del evento, que se suponía sería una más de las decenas de elecciones que hemos tenido, hasta que nos enteramos de que será una votación y no una elección. Según la presidenta del organismo electoral, la ciudadanía hará la votación en noviembre, pero la elección tendrá lugar tres meses después, cuando se asignen los puestos. Parece un juego de palabras, pero no falta quien lo interpreta como una maniobra política.
De inmediato, el presidente de la República se atribuyó la paternidad de la idea cuando, utilizando la primera persona del plural, se encargó de explicar el motivo por el que tomaron la medida, así como los efectos que esta tendría. La sorprendente capacidad de predicción de las condiciones atmosféricas con un año de anticipación, que ya demostró previamente la presidenta del Consejo Electoral, fue suficiente para sustentar la decisión.
En cuanto a los efectos, el presidente se lanzó a un ejercicio de análisis político que lo llevó a asegurar que la medida beneficiará a la oposición. Era evidente que se refería al correísmo, pero se le olvidó que la Revolución Ciudadana, el instrumento electoral de esa tendencia, fue suspendido pocos días antes y por largos nueve meses, que será el tiempo que les tomará investigar una denuncia hecha hace más de dos años. Por tanto, el correísmo deberá actuar bajo uno o varios membretes ajenos. Que lo haga de la una o la otra manera será crucial para el resultado final.
Si esa organización toma en cuenta la especificidad de las elecciones seccionales concluirá que le convendría hacer tantas alianzas como sean necesarias y no presentarse bajo una sola bandera. Nuestra larga historia electoral nos demuestra que estas elecciones no se guían por los mismos factores que las nacionales. No solo se trata de que los temas en disputa son diferentes, sino sobre todo de que están juego elementos fundamentales de las identidades locales. Las múltiples diversidades (social, étnica, cultural, económica) que se expresan en estas rebasan a las adscripciones políticas e ideológicas. Eso lleva a que no siempre les vaya bien a las organizaciones nacionales. Cabe recordar que incluso en sus momentos más sólidos el correísmo no recibía en estas contiendas el aluvión de votos del que disfrutaba en las nacionales. No hay motivos para suponer que bajo el gobierno del novísimo Ecuador no pueda suceder algo similar.
Por otra parte, a una persona como el presidente, que interpreta a la política con la lógica de la guerra, como un enfrentamiento en blanco y negro, sin tonos intermedios, la fragmentación de la oposición puede resultarle fatal. Si hasta ahora ha obtenido resultados positivos ha sido en gran medida porque ha tenido frente a él a un contendor que actúa bajo esa misma lógica. Pero, cuando ese contendor se ve obligado a cobijarse bajo múltiples siglas, se sustituye la guerra frontal por la guerra de guerrillas. Y en esta no siempre gana el más fuerte, sino el más astuto, que en este caso equivale a decir el más hábil para hacer alianzas y camuflarse bajo diversos ropajes.
A esa realidad se suma un elemento que aparentemente está ausente en los cálculos del presidente y de la autoridad electoral. Es el clima, el mismo factor al que ellos aluden para sustentar su decisión. Si para su mala suerte cae una simple garúa el día de la elección (que es cuando un alto porcentaje de la población define su voto), su plan perderá todo el sustento. Además, si en estos meses previos llega hasta acá la sequía que ya afecta a Colombia, los apagones serán inevitables y ya conocemos el consecuente castigo electoral para el gobernante, aunque todos sepamos que no es el hacedor del tiempo.
Es muy probable que, frente a los resultados, los proponentes del adelanto de las elecciones concluyan que predecir el clima en un país situado en la mitad del mundo es tan difícil como predecir la política. Y, sobre todo, que hacer depender a la política del clima puede ser suicida.