Columnista Invitada
¿Si todo es político, dónde está la deliberación pública?
Dra. en Jurisprudencia, Decana de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UDLA, Directora Ejecutiva Participación Ciudadana. Con más de 20 años trabajando temas de democracia, procesos electorales, Transparencia y Diálogo Político.
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La deliberación pública, históricamente, ha sido la herramienta democrática por excelencia para procesar desacuerdos sociales. Desde allí, se ha podido transformar el conflicto, tratar la diferencia y debatir las ideas en un ambiente usualmente abierto y civilizado.
Consecuentemente, si se quiere vivir en democracia, la defensa de la deliberación pública es fundamental.
No obstante, cuando las sociedades se polarizan y la opinión pública se enfrenta en dos bandos irreconciliables, se erosiona el debate y en ese ambiente, los espacios para opinar, sobre todo disentir, se restringen. Entonces, la deliberación se vuelve un acto político y democrático de resistencia.
Se podría pensar que la ausencia de opinión rige al tiempo contemporáneo. Pero, la realidad es que, si las condiciones para el debate merman y este sale de la esfera pública, vacía la posibilidad de que la gestión del Estado pase por el filtro del análisis ciudadano. Así, la gestión se vuelve un conjunto de decisiones aplicadas por la imposición institucional o las mayorías circunstanciales y no —cómo debería ser— por la fuerza del argumento y la solidez técnica.
Se dice que todo es político en la vida democrática de un país. Las redes sociales, las conversaciones familiares, los medios de comunicación, los espacios académicos e incluso el entretenimiento cotidiano están hoy atravesados por la lógica política. Pero, esta realidad contemporánea, encierra una paradoja preocupante: si bien las sociedades experimentan una hiperpolarización permanente, cada vez se discute menos en términos democráticos. Los expertos opinan que nunca se había hablado tanto de política, pero, al mismo tiempo, nunca ha costado tanto como ahora, debatir seriamente.
El Ecuador no es ajeno a esa realidad. En los últimos años se ha ido perdiendo aceleradamente la confrontación de ideas y se ha fortalecido la contienda emocional, la consigna y el espectáculo mediático. Y en esa dinámica, la posibilidad de crear espacios deliberativos capaces de producir reflexión colectiva y acuerdos mínimos sobre lo público se desvanece.
En Ecuador está empezando a suceder lo que Guy Debord en su momento advertía: “la sociedad del espectáculo transforma la discusión pública en representación, donde importa más la imagen que el contenido y más el impacto mediático que la argumentación racional”. Parece que esta advertencia es ya una realidad.
Basta observar el debate público en Ecuador. La conversación social se enfoca en la destrucción del adversario —aunque sea virtual— y no se hace el esfuerzo de tratar de comprender el problema y buscar soluciones. La discusión de los temas fundamentales como la inseguridad, la crisis institucional, la corrupción, la economía o las elecciones es poco seria. El debate se ha vuelto eminentemente reactivo y gira en torno a imágenes y narrativas pensadas para el consumo inmediato, dejando de lado las ideas o los proyectos colectivos.
Las redes sociales han profundizado esta lógica. Es verdad que son útiles herramientas para democratizar la comunicación, pero también premian la indignación rápida, el ataque viral y la simplificación extrema. Las redes castigan lo argumentativo y la reflexión, convirtiendo a la deliberación política en una práctica de posicionamiento emocional.
Y eso es peligroso. Es peligroso que una sociedad normalice la destrucción simbólica del contrario como práctica habitual de la conversación pública.
Las elecciones seccionales están muy cerca y podría ser una oportunidad para que el país busque debates de fondo, razonamientos lúcidos, propuestas viables. Los actores sociales juegan un papel importante; los medios de comunicación independientes podrían evitar amplificar los conflictos y motivar análisis de fondo, comprometerse con la reflexión y no con la inmediatez. Y los actores políticos, priorizar el cálculo comunicacional sobre la construcción de consensos.
Recuperar la deliberación pública demanda de un consenso para reconstruir la predisposición para escuchar, recuperar el debate informado, y fortalecer los espacios académicos de discusión. Significa, además, demandar desde la ciudadanía, a los gestores gubernamentales y políticos responsabilidad comunicacional.
Si los ecuatorianos no aceptan este desafío, se perderá la capacidad de debatir los asuntos de interés público. Porque si bien todo es político, si nadie escucha ni reflexiona, el Ecuador será una sociedad atrapada en el ruido y el algoritmo. Y entonces, lo que se deteriora no es únicamente la conversación y la deliberación pública sino toda la democracia.