Informe: Marketing sin programa
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Al llegar al último día hábil de esta semana ya se ha dicho todo lo que se puede decir del informe presidencial. En realidad, no son necesarios más de cuatro o cinco días para analizar los contenidos de cualquier informe de este tipo. No hemos tenido un solo presidente que haya perdido una oportunidad como esta para transmitir su visión llena de un optimismo que, según las encuestas del momento, apenas es compartido por una proporción minoritaria de la población. A ninguno de ellos se le ha ocurrido imitar la sinceridad de Churchill cuando afirmó que solamente podía ofrecer sangre, sudor y lágrimas. Obviamente, sin llegar a ese extremo, propio de un contexto de guerra, sí se echa de menos la visión de una realidad ocultada por las flores graciosamente lanzadas y recibidas por una misma persona.
Un aspecto importante de los informes a la nación es que permiten comprobar que detrás de tanto autoelogio no hay un programa de gobierno. Los presidentes adornan sus discursos con cifras económicas, generalmente sin referencia a lo presupuestado y mucho menos a la eficiencia y a la eficacia del gasto y de la inversión. Aluden a temas aislados, enumeran acciones que, a todas luces, no se dirigen a objetivos previamente determinados. Repiten las consignas que sus asesores acuñaron para la campaña o buscan colocar, en las partes más moldeables de las mentes, las nuevas frases que les aconseja el marketing. Al enjambre de personas que reducen la política a la comunicación se sumó, en los últimos años, el avance de la técnica —aunque no de la inteligencia— hasta dejar obsoleto al teleprompter para pasar a las cápsulas de video.
Es muy poco probable que en algún momento podamos recibir un informe presidencial que sea un recuento sincero de los avances y retrocesos con respecto a lo programado, por la sencilla razón de que esa programación no existe. No está presente en este gobierno ni estuvo en la mayoría de los que se han sucedido en el período democrático. Para contar las excepciones sobran los dedos de una mano. Es errada la visión que sostiene que hubo una larga sucesión de gobiernos que aplicaron un programa neoliberal, como es también la que asegura que se instauró un modelo estatizante. Ambas apreciaciones basan sus juicios en medidas aisladas, generalmente aplicadas como respuesta a coyunturas específicas sin una visión de conjunto de la situación del país.
Anunciar la compra de medicinas o la construcción de un par de centros médicos no configura -y ni siquiera expresa- una política de salud, como no lo hace, en el campo de la educación, la reparación de un puñado de aulas y el otorgamiento de unas decenas de becas. Reducir toda la información a la recepción o no de una central hidroeléctrica es la mejor forma de confesar que se carece de una política energética. La suma y resta de muertos y de delincuentes detenidos elevado a la potencia del número de horas bajo el toque de queda jamás dará como resultado una estrategia para la superación de la inseguridad. En fin, escoger las cifras más adecuadas para mostrar resultados parciales solo es una manera de fragmentar una realidad que exige ser vista en su conjunto.
Reducido a un instrumento de relanzamiento de la imagen del mandatario, el informe presidencial tiene una vida efímera. A la ciudadanía le queda como deber la consulta detenida de las evaluaciones que se encargan de distinguir lo verdadero de lo falso y de asentarle en la realidad.