Lógicas contrapuestas en las elecciones seccionales
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Se ha vuelto un lugar común considerar que las elecciones seccionales que tendremos en noviembre serán un episodio más del enfrentamiento entre correísmo y noboísmo. La polarización existente, alimentada diariamente desde ambos lados, da pie a esa interpretación. De ahí se deduce que sus resultados determinarán tanto el destino del gobierno como lo que podría ocurrir en las presidenciales de 2029. Es probable que haya algo de cierto en esa afirmación, pero es necesario matizarla a la luz de las características específicas que tienen las elecciones provinciales y cantonales, que son muy diferentes de las legislativas y presidenciales.
Lo que se va a elegir son autoridades que regirán en espacios claramente acotados y que deberán resolver problemas que en su mayoría no son los que se debaten en la política del ámbito nacional. Los estrategas de campaña saben que, para alcanzar esos cargos, la oferta de obras concretas debe ir por delante de la adscripción a una ideología y de la lealtad a un caudillo. Los candidatos locales saben que su carrera política —sea que la estén iniciando o continuándola— depende de su aceptación en el entorno inmediato. Con esa vara miden la conveniencia o no de contar con el apoyo de líderes o agrupaciones nacionales, ya que puede ser tanto un apoyo como un obstáculo para su triunfo. En lo que tienen más certezas es en que generalmente son un lastre para su desempeño cuando llegan al cargo, sobre todo por la velocidad con que se erosiona la imagen de los líderes nacionales. No es conveniente cargar con el peso ajeno (como lo sabían los cinco firmantes de la famosa carta dirigida a Rafael Correa).
Por otra parte, un efecto de la reciente reforma a la ley electoral será el incremento del número de candidaturas, ya que prácticamente obliga a cada organización a presentarse sola. Serán muy pocas las alianzas y se fragmentará la votación, lo que constituye un incentivo para que un mayor número de personas y de organizaciones que apenas son unos membretes se lancen a la contienda. Las últimas elecciones ya demostraron que se puede lograr el triunfo con bajísimos porcentajes de votación, de manera que no es imprescindible hipotecarse a una marca conocida, por fuerte que esta sea a nivel nacional. La fragmentación neutraliza a la polarización.
Obviamente, no se puede descartar que en algunos espacios la contienda sea entre las dos fuerzas mencionadas. Podrían ser los casos de Guayaquil y Quito, las dos ciudades más pobladas y politizadas, así como de varios cantones de Manabí que vienen votando fielmente por el correísmo. Sin embargo, también en todos esos casos se sentirán los efectos de la reforma electoral que, cabe repetirlo, multiplicará los competidores, a lo que se sumará la ausencia de figuras fuertes en ambos lados. La búsqueda angustiada de nombres medianamente atractivos para los electores expresa muy bien los problemas que enfrentan ambas tiendas. No sería extraño que en Quito se reedite lo sucedido en las dos últimas elecciones en que se eligió alcalde con poco menos del 25% de los votos válidos.
Sin embargo, las dos fuerzas políticas podrían encontrar una oportunidad si se produjera una huida anticipada de varias organizaciones. Esta situación se produciría si algunos de los membretes vacíos consideraran que es preferible no presentarse para evitar el castigo de una derrota abrumadora. Es imposible que los dueños de esas marcas no estén conscientes de que no tienen opción alguna de obtener la mínima votación para asegurar la permanencia de su registro legal. Esa realidad debería llevarlos, como conclusión lógica, a aceptar que es menos vergonzoso perder el registro por no participar que por obtener un puñado de votos que los convertiría en objeto de burla. Si procedieran de esa manera se alimentaría la polarización y se beneficiaría a las dos opciones nacionales. Pero, solamente ocurriría si en aquellas organizaciones liliputienses existiera un mínimo de vergüenza propia.