'Cien años de soledad': ideas previas a la segunda temporada de la serie de Netflix
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Muchos años después, frente a la pantalla de nuestras computadoras o televisiones, algunos de nosotros habíamos de recordar la ocasión remota en que leímos, por primera vez, ‘Cien años de soledad’. En ese entonces los rostros de la estirpe Buendía eran un producto de nuestra imaginación o una elaboración personal que aludía a los protagonistas de nuestras propias familias. Se había instalado la superstición, que perduró por décadas, de que jamás se iba a autorizar una adaptación, quizá para que algo, al menos esto, se quedara por siempre siendo un libro. Pero en 2024, Netflix llevó esta obra maestra de Gabriel García Márquez a la pantalla y narró, como se narran los mitos, la fundación de Macondo y la conversión del segundo hijo de Úrsula Iguarán en uno de los personajes más latinoamericanos de todos los tiempos, el coronel Aureliano Buendía.
Antes de hablar de la segunda temporada, que se ha estrenado el pasado 5 de agosto, es preciso recapitular lo que fueron los ocho primeros capítulos de esta serie inolvidable. Hay que hablar, por tanto, de algunas de las ideas centrales (con spoilers) que se proponen y que, en el caso de esta adaptación, provienen de la obra original, la novela. Mi abuelo, cuando hablaba de ‘Cien años...’, recordaba un postulado citado alguna vez por Bernard Shaw, atribuido a Tolstoi: “Si quieres ser universal, pinta tu aldea”. Es indudable que García Márquez lo logró, pero también, en una segunda dimensión, estableció los fundamentos para pensar e imaginar América Latina. Algunas de estas ideas centrales, tan universales como latinoamericanas, se pueden rastrear en las familias Compson del universo de William Faulkner y en la de Oskar Matzerath del ‘El tambor de hojalata’, de Günter Grass, así como en ‘Los sangurimas’ de José de la Cuadra.
Primera idea central: la eterna repetición de los ciclos. El mito fundacional de Macondo es una fuga. José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán huyen de su pueblo para evitar al fantasma de Prudencio Aguilar. Quieren huir del pasado, que es, a la vez, un destino: el de cargar la culpa por casarse entre primos. Atraviesan los parajes indomables de la serranía, descubren las ciénagas inabarcables y cuando se cansan de buscar el mar a toda costa, deciden que esa tierra perdida sea Macondo. En ‘Cien años…’ todo es inevitable. Incluso, cuando muere Melquíades, hasta Prudencio Aguilar reaparece, porque Macondo deja de ser un pueblo desconocido en el mapa de la muerte. Nadie, quizá excepto Úrsula, se esfuerza por romper los patrones. Todo se vuelve una repetición que termina aislando a los personajes, condenándolos a la soledad.
Segunda idea: ‘Cien años…’ narra la historia de la violencia política. Macondo era una comunidad anárquica, hasta que llega el Estado, y con él, la Iglesia. La lucha por el poder, inevitablemente, tiene orígenes conceptuales a partir de cómo, cada persona o grupo, comprenden el mundo. Con el tiempo, Macondo se vuelve otro territorio para las disputas entre liberales y conservadores. Es probable que Aureliano Buendía, yerno del corregidor conservador Apolinar Moscote, se vuelve liberal en el instante que atestigua el robo de las elecciones. Previamente, el primer enfrentamiento lo había protagonizado su padre, ante la obligación de pintar todas las casas de azul, el color del Partido Conservador. Años después será un legendario e implacable guerrillero, que promoverá treinta y dos guerras civiles y las perderá todas. Hay quienes dicen que la violencia que vivió Colombia en el siglo XX tiene que ver con el hecho de que no se pudieron concretar las conquistas del liberalismo. La constitución conservadora de 1886 recién fue reemplazada en 1991. Quizá el coronel Aureliano Buendía se basa, muy probablemente, en Rafael Uribe Uribe, caudillo liberal y uno de los protagonistas de la Guerra de los Mil Días, ante cuyo desgaste humano y material terminó capitulando.
Tercera idea: el poder de la tragedia. Aureliano Buendía, el segundo hijo, tenía premoniciones y una mirada que su madre definía de una “curiosidad sin asombro”. Ocupa su tiempo en hacer pescaditos de oro, siguiendo los pasos alquímicos de Melquíades, el amigo y mentor de su padre. Hasta que se enamora de Remedios Moscote, la hija menor del corregidor. Ambas familias esperan, como requisito al matrimonio, a que ella pueda concebir. Ella muere, al parecer, por complicaciones durante su embarazo de sus gemelos. Quizá Aureliano también se basa en Bolívar. En ‘El general en su laberinto’, García Márquez propone que la muerte de su esposa María Teresa del Toro, cuando Bolívar tiene veinte años, fue su nacimiento histórico: dejó de ser un señorito colonial deslumbrado por los placeres mundanos y “se convirtió sin transiciones en el hombre que fue para siempre”. El mundo interior de Aureliano se destruyó sin remedio. Buscó alivio en el mundo exterior. En la guerra y el ideal de justicia. En una crueldad implacable con sus enemigos. Nunca más volvió a amar a nadie ni tuvo algo que perder. La tragedia había sido el motor de la historia y el acto de nacimiento del coronel Aureliano Buendía.
Cuarta idea: la soledad lo envuelve todo. No solo en el hecho de que es Úrsula, y no su esposo José Arcadio, la que sostiene el mundo. La que cuida. La que administra. Es el orden del cosmos y la que detiene el caos. La abuela latinoamericana por excelencia. Pero siempre está sola. Nadie la sostiene. Y para sostenerse, también tiene que ser implacablemente dura. Amaranta, que amó tanto a Pietro Crespi, decide no ser su plato de segunda mesa. Prefiere la dignidad al amor, y se queda sola. Macondo, para él, fue la disolución de su vida, el lugar en el que nunca fue posible el amor y donde la música ya no podía salvarlo. Él únicamente había sido culpable de amar. ‘Cien años…’, entonces, nos recuerda que ante los principales desafíos que nos presenta la vida estamos, en esencia, solos. Sin embargo, en el mundo hay belleza. Y, paradójicamente, lo que nos hace conscientes de la belleza del mundo es que algún día vamos a perder lo que más amamos. Ese día, una lluvia de flores amarillas se derramará sobre Macondo.
La primera temporada, entonces, abarca casi la mitad de una novela que no pierde actualidad. Ya no son liberales y conservadores clásicos quienes se disputan el poder, pero hay nuevos bandos, igual de rudimentarios y fanáticos. La guerra política e ideológica también tiene otras formas y nuevos espacios. Los dictadores ya no son tan evidentes como el joven Arcadio ni se visten como un Napoleón de provincia, pero bajo sus disfraces de demócratas siguen siendo igual de obsesivos, insensatos y ridículos. Las abuelas siguen sosteniendo a las familias. Todos seguimos creyendo que el amor es posible. Hay quienes viven, como José Arcadio, en el delirio y nos abandonan de formas muy extrañas, que se parecen a la soledad. A veces nos tardamos mucho en comprender que en sus mentes el mundo era más bonito. Las sincronías nos siguen sorprendiendo. Por todo eso, y mucho más, la segunda temporada ha sido muy esperada. Quizá sea una buena oportunidad para recuperar, como un ejercicio de la conciencia, la idea central e inestimable que encarna la casa de los Buendía: el paso del tiempo.