Perú y Colombia: enfermedades con pronóstico reservado
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Cuando se enfrentaron Keiko Fujimori y Ollanta Humala en la elección presidencial peruana de 2011, Vargas Llosa dijo que se trataba de escoger entre el cáncer y el sida. Aunque el brillante escritor terminó convocando a apoyar a uno de esos males cuando la misma Keiko se enfrentó a Pedro Castillo en 2021, la frase ya se había convertido en un estribillo en toda la América Latina. Tanto cobró carta de naturalización que en estos precisos días la escuchamos repetidamente a raíz de los resultados de las primeras vueltas realizadas en Perú y en Colombia. Dígase lo que se diga y más allá de odios y amores, lo cierto es que en ambos países las cuatro opciones disponibles reproducen la disyuntiva entre enfermedades casi terminales. Pero, ni los síntomas ni las enfermedades son similares en ambos casos.
La elección peruana, que se realizará este domingo y tiene nuevamente como protagonista a la hija del exdictador (enfrentada a Roberto Sánchez, seguidor de quien la derrotó hace cinco años), presenta algunos síntomas específicos. Veamos un par de datos para identificarlos. En la elección de 2021 ya llamó la atención la baja votación con la que pasaron a la segunda vuelta. Castillo obtuvo 18% y ella un magro 14%, lo que significó que prácticamente siete de cada diez electores no votaron por ellos. En la elección de abril del presente año no solo se dibujó un escenario similar, sino que se agudizó el problema cuando entre Fujimori y Sánchez apenas sumaron el 29%. Se ha dicho que en esto influyó el alto número de candidatos, dieciocho en total, pero en realidad ese no es el origen del problema. Es más bien el síntoma de una enfermedad que se denomina apatía o rechazo y que se expresa en la fragmentación. Esta proviene de la insatisfacción ciudadana y es más grave que un resfriado electoral.
La otra enfermedad peruana se llama inestabilidad presidencial. Su síntoma más claro es el alto número de mandatarios que se han turnado a lo largo de los últimos diez años a causa de la vacancia decretada por mayorías efímeras dentro del Congreso. Un factor determinante para esto ha sido la corrupción, pero no es el único. En el trasfondo está la ausencia de partidos y la incapacidad del sistema político para procesar las demandas de amplios sectores de la población. El centralismo limeño se suma a los caciquismos locales para configurar un sistema clientelar que no tiene —porque no le conviene tener— vías orgánicas para la resolución de sus problemas. Fenómenos como el de Castillo y ahora el de Sánchez son las expresiones de sectores que se visibilizan defectuosamente en la elección y peligrosamente en los estallidos populares.
La enfermedad colombiana tiene otras características y por tanto tiene otro nombre. Se llama polarización. Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda recibieron los votos de más de ocho de cada diez personas (44% y 41%, respectivamente). Los candidatos que presentaban algún grado de moderación y ofrecían un gobierno de integración nacional quedaron claramente relegados. Hace poco menos de diez años ya hubo una expresión de esa enfermedad, cuando el presidente Santos convocó a un referendo para aprobar el proceso de paz y la relativamente escasa población que se acercó a votar negó esa posibilidad. En un país que ya llevaba más de cuarenta años de violencia resultaba insólito que menos de la mitad de los electores acudiera a votar y que la mayoría de ellos lo hiciera por la opción que significaba mantener esa situación.
La segunda vuelta, que se realizará el 21 de este mes, aparece a primera vista como la disyuntiva entre izquierda y derecha. Sería muy sano que así fuera, porque la disputa ideológica fortalece a la democracia. Pero, más que una polarización ideológica, es una contienda entre dos opciones autoritarias. Lo ideal sería que los candidatos busquen a los votantes del centro (que son pocos, pero puede inclinar el resultado), lo que les obligaría a moderar sus posiciones, pero los síntomas hasta el momento solo insinúan un agravamiento de la enfermedad.