El 'Impuesto Ormuz': Por qué la guerra a 13.000 kilómetros está encareciendo tu vida
Asesor empresarial en estrategia y finanzas corporativas. MBA de la Escuela de Negocios Darden de la Universidad de Virginia. Exasesor McKinsey and Company y finanzas en JPM, CLSA, ABN-AMRO y Valpacífico. Exejecutivo senior Progressive Insurance e IPG.
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Ecuador se encuentra hoy bajo el asedio de un fenómeno económico global que no ha sido decretado por el SRI, ni discutido en la Asamblea, pero que ya opera como un cobro directo al bolsillo de cada familia ecuatoriana. Se trata del “Impuesto Ormuz”: un sobrecosto invisible generado por la crisis en el Estrecho de Ormuz, punto neurálgico por donde fluye el 20% del petróleo mundial.
Para la "gente de a pie", las noticias sobre tensiones en el Medio Oriente suelen parecer un eco lejano de la geopolítica. Sin embargo, en una economía dolarizada y abierta, ese eco se transforma rápidamente en el precio del arroz, el costo del pasaje de bus y, lo más grave, en la estabilidad de miles de empleos en el campo y el mar.
La anatomía de un cobro que no pedimos
El Estrecho de Ormuz es la arteria de la energía global; cuando se bloquea, el mundo sufre una arritmia de costos. Goldman Sachs proyecta un déficit global de 9.6 millones de barriles diarios, lo que ha desplomado los inventarios de gasolina y diésel a niveles históricamente bajos. Según Morgan Stanley, los inventarios de destilados han caído por debajo de su rango de los últimos cinco años.
Esta presión coincide con el cronograma local de estabilización de precios. El próximo 12 de mayo, el ajuste en las gasolinas y el diésel no será solo una decisión administrativa, sino el reflejo de una realidad de mercado donde Ecuador, al no refinar lo que consume, importa la volatilidad de Ormuz. Cada centavo de alza el día 12 es la cuota inicial de este impuesto externo que encarece el transporte de alimentos y bienes básicos.
Para el ecuatoriano común, la paradoja es cruel: somos un país petrolero que celebra el barril a USD 100, pero que sufre porque debe importar combustibles a precios de guerra para mover camiones y plantas eléctricas. El “Impuesto Ormuz” es ese excedente que pagamos porque nuestra matriz de refinación no da abasto; es el motor de una inflación importada que encarece el flete de cada producto que llega a su mesa.
Del Medio Oriente al plato de comida
El brazo más largo de este impuesto llega a la mesa familiar. Los fertilizantes —derivados del petróleo y gas natural— han subido de precio alarmantemente. A esto se suma el encarecimiento del aluminio, esencial para empaques y conservas, presionando el costo de alimentos procesados. Esto significa que al agricultor le cuesta más producir una papa y al sector pesquero le cuesta más envasar su producción. Es razón de peso para esperar que el precio de la canasta familiar básica haya subido en abril, despertando la legítima “furia del chiro”.
Bajo el análisis de Andes Legacy Advisors, el veredicto es matemático: si suben los insumos agrícolas y de empaque, sube el precio en la percha. Esta erosión del poder adquisitivo prepara el terreno para una presión salarial inevitable para el 2027. No es política, es supervivencia: si el costo de vida sube por factores externos, el presupuesto familiar simplemente se rompe.
Este efecto aterriza en la Canasta Familiar Básica, que en Guayaquil y Quito ya bordea niveles históricos. Al subir fertilizantes, aluminio y fletes, el precio de los productos de primera necesidad se dispara, castigando a las familias que destinan la mayor parte de sus ingresos a la alimentación. Es ingenuo esperar que el dato de inflación de abril no refleje este golpe directo al bolsillo ciudadano.
El empleo: La víctima silenciosa
Aquí es donde se deben encender las alarmas. El sector exportador (CNA, AEBE, Expoflores, Anecacao, Ceipa, CNP, et al) sostiene 7 de cada 10 empleos formales en el país sean directos o indirectos. El “Impuesto Ormuz” los golpea doblemente: encarece la producción interna y dispara los fletes internacionales para llegar a sus clientes.
Si nuestras flores, banano o atún pierden competitividad frente a países como Colombia —que ya ajusta su energía para absorber el golpe—, el riesgo no es solo para las empresas. El riesgo es para las familias que dependen de ese sueldo. Cuando una industria pierde su margen por un choque global, lo primero que se tambalea es la estabilidad laboral.
La cura: Soberanía energética
No podemos seguir siendo rehenes de lo que pase a 13.000 kilómetros. La solución técnica es la Soberanía Productiva. Si el diésel importado es nuestro talón de Aquiles, nuestras energías (hidroeléctrica, geotérmica, solar, eólica, mareas y térmica) deben ser nuestro escudo.
La electrificación acelerada de fincas, industrias y transporte no es un lujo "verde"; es la única forma de blindar nuestra economía para que el precio del almuerzo no dependa de un conflicto en el Golfo Pérsico. La dolarización es un sistema fuerte, pero su rigidez nos obliga a ser los más eficientes del barrio.
La crisis de Ormuz es el último llamado de atención: o transformamos nuestra matriz de costos hoy usando nuestra propia energía, o el impuesto de la guerra fracturará nuestra estabilidad. Hoy, defender la competitividad del exportador es, literalmente, defender el bolsillo de cada ecuatoriano.