Punto de fuga
Los trabajadores que no trabajan y nuestra sangre de horchata
Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
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Se va acabando el feriado por el Día Internacional de los Trabajadores y (envidiosa por no poder tener esos 4 días de vacación graciosamente otorgados por el presidente Noboa, porque vivo bajo los decretos de otro presidente) no quisiera dejar pasar la ocasión de desentrañar el misterio que permite que exista un tipo singular de gente que supuestamente trabaja o que tiene a su cargo responsabilidades correspondientes a un trabajo, pero que no se da por enterada. O sea, los trabajadores que no trabajan y, aun así, reciben todos los beneficios de quienes sí trabajan, y mucho más. En lenguaje llano se los conoce como asambleístas.
Por un prurito sociológico, preferiría no llamarlos trabajadores, pero para facilitar la lectura y comprensión lo haré. Hecho el descargo, continúo.
En nuestras buenas épocas, cuando en lugar de horchata nos corría sangre por las venas, a esos trabajadores que cobran un sueldo pagado con plata pública, pero que no realizan las actividades propias de su puesto se les decía pipones. Y, a veces, hasta se los despedía. O sea, que pipones ha habido toda la vida y en todos los estamentos de la función pública, pero su presencia masiva en el primer poder del Estado me parece que es un fenómeno relativamente reciente.
Cuál será la magnitud de la debacle que el Congreso de los cenicerazos y de las componendas queda de lujo en comparación con esos seres inanes que tenemos hoy por asambleístas y sus séquitos de chorrochientos asesores.
Los asambleístas son elegidos (o sea contratados) para legislar y fiscalizar. Pero ni lo uno ni lo otro. Es que ni siquiera hacen el amago de intentar. Qué pasarán haciendo todito el día, cuando no están de licencia o de feriado (¡cómo les envidio estos últimos 4 días!).
A la par que hacemos las averiguaciones de este misterio doloroso, quizá podríamos sacudirnos un poco y al menos dejar de pagarles todo lo que les pagamos. Si ya no nos queda más remedio que entregarles un sueldo a cambio de nada (porque así lo dispone la inercia social y política), por lo menos que no sea tanto. ¿A ustedes no les hierve la sangre -o la horchata- saber que estos trabajadores que no trabajan ganan USD 4.759 mensualmente, pudiendo llegar hasta USD 6.000 si echan mano de más beneficios como el bono de residencia? A mí se me sube hasta la presión de solo pensar en esto.
¡¿Qué otro trabajador en este país recibe un bono extra para vivienda además de tener un sueldazo (porque en Ecuador ganar casi cinco mil dólares es tener un sueldazo)?! Con ese sueldo les alcanza para pagar sus arriendos o hipotecas y también un minidepartamento o un cuarto en una residencial en Quito, los que no vivan ya ahí.
Si devengaran el sueldo, créanme que no estuviera desgañitándome de indignación aquí, sino durmiendo, viendo la tele o leyendo, en lugar de estar escribiendo en mi tiempo libre. Sí, en mi tiempo libre, porque yo sí tengo un trabajo en el que tengo que rendir cuentas y mostrar resultados, si no, me botan. No como los trabajadores que no trabajan, esos sinvergüenzas a los que llamamos asambleístas y que viven de nuestra plata sin devolver nada a cambio (porque nuestra sangre de horchata se los permite).