El indiscreto encanto de la política
Cuando el silencio se imprime
Catedrático universitario, comunicador y analista político. Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca.
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Hay algo paradójico en una portada en blanco. Un periódico existe para llenar el espacio de información; sin embargo, cuando decide vaciarlo, está diciendo algo distinto. La ausencia de contenido se convierte en un mensaje político.
Aunque poco frecuente, este recurso tiene antecedentes.
En 2010, por ejemplo, diecisiete periódicos bolivianos publicaron simultáneamente portadas vacías con un mismo mensaje: “No hay democracia sin libertad de expresión”, en rechazo a una ley que consideraban restrictiva.
Un año después, Clarín utilizó una portada en blanco tras el bloqueo de su distribución por piquetes sindicales. El medio interpretó el hecho como una forma indirecta de censura, en el marco de su confrontación con el gobierno de Cristina Fernández.
Ese mismo 2011 marcó un episodio relevante en Ecuador. El Universo utilizó una portada en blanco en el punto más alto de su conflicto judicial con el entonces presidente Rafael Correa, que exigía una indemnización millonaria y la condena penal de sus directivos.
La portada sirvió para trasladar el debate público del litigio hacia la defensa de la libertad de expresión.
Quince años después, el gesto reaparece.
El 12 de abril de 2026, Diario Expreso y Diario Extra circularon con portadas en blanco en medio de un conjunto de acciones estatales —intervenciones, disputas accionariales y actuaciones de órganos de control— que el grupo editorial interpreta como una forma de presión.
Expreso utilizó este recurso para denunciar un entorno cada vez más restrictivo para el ejercicio periodístico.
El caso permite identificar un patrón más amplio. Este tipo de acciones aparece cuando las herramientas habituales del periodismo —informar, investigar y opinar— ya no son suficientes para abordar el conflicto con el poder.
En ese contexto, el medio decide lanzar una advertencia: lo que comienza como un problema judicial o regulatorio se convierte en una discusión institucional sobre la libertad de expresión y los límites del poder, y pasa de ser un caso particular a una preocupación pública.
Las portadas en blanco no demuestran por sí solas que haya censura, pero cumplen una función más sutil —y quizá más relevante—: advertir cuándo el equilibrio entre prensa y poder empieza a desplazarse más allá de lo normal en una democracia.