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Cambio de Rueda

Nuestra democracia se parece a la Noche Amarilla

Santiago Roldós

Actor, escritor, director y profesor, cofundador del grupo Muégano Teatro y de su Laboratorio y Espacio de Teatro Independiente, actualmente ubicado en el corazón de la Zona Rosa de Guayaquil. A los cinco años pensaba que su ciudad era la mejor del mundo,

Actualizada:

16 ene 2020 - 19:00

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Lo digo con orgullo. Hemos progresado.

Antes, Guayaquil quería convertirse en Miami. Hoy el mundo entero se ha guayaquileñizado.

Ajúa.

En los 80, Sensación Febres-Cordero, juro que así se llamaba o hacía llamar el sobrino del presidente atrabiliario, organizaba en el Guayaquil Tenis Club un Torneo de Celebridades.

Fuera de nuestro mítico Pancho Segura, acudían a él algunas de las estrellas menos conocidas e interesantes de la historia de la televisión norteamericana.

Pero para nuestra oligarquía y burguesía, una de las más ignorantes de la región y el planeta, fotografiarse, emborracharse y rozarse con estrellas de quinta era un sueño, y nuestros periódicos más serios (perdón el oxímoron) llenaban sus páginas con esas reencarnaciones degradadas de Cortés y Pizarro.

Así que sí, Andrea Pirlo el año pasado y Alessandro del Piero este año suponen una mejora sustancial en materias de colonización y patología.

Por reincidir en el símil futbolístico para pensar nuestros simulacros, pido perdón sobre todo a quienes, con dignidad o simplemente por sus huevos y/u ovarios, se mantienen al margen de nuestro monocultivo favorito.

Pasa que, en gran medida, yo aprendí algunas de las cosas más importantes de la vida, como amar o creer y dejar de creer en Dios, padeciendo y gozando el fútbol. Al menos a los hombres, quiero decir: a los que nos construimos o impusieron construirnos como tales, el fútbol nos vertebra y nuclea.

Hay que bromear con él y ulteriormente destruirlo, simbólicamente, precisamente por eso: al margen de excepciones maravillosas como el Club Sant Pauli de Alemania, un verdadero dechado de virtudes éticas, políticas y deportivas, el fútbol es una máquina de machos.

Muchas veces, viendo en el estadio a padres abrazar a sus hijos, como nunca lo hacen fuera de él, he pensado en el gol como el falo del afecto entre generaciones educadas en el desafecto.

En el campo, los jugadores se agarran lo que quieren y, por un segundo, se suspende nuestro temor siempre latente y presente de que no nos digan maricas, como si no lo fuéramos en el sentido más peyorativo del término: cobardes, precisamente por no atrevernos.

Un gran fotógrafo me dijo que cubriendo el Mundial 2002 había entendido a la vez al Ecuador y a la acumulación originaria de Marx: mientras en la cancha nuestra Selección estaba llena de negros, en la tribuna nuestra afición estaba llena de blancos.

Y en una reunión de mapadres de familia del colegio de mi hijo, una sicóloga propuso hacer una lista con las características que debía tener un líder. “Honesto”, “trabajador”, “tolerante”, “leal”, apunta la grey. “Rubio”, se me sale a mí decir.

Lejos de enojarse, la gente se parte de la risa, mientras asiente con sus cabezas. Y así, en su desternillarse, comprendo hasta qué punto saben y ocultan la verdad.

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