Tablilla de cera
Empieza el segundo año de la pesadilla distópica de Trump
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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Si en la Navidad de 2024 un escritor hubiera publicado una novela distópica en el que pintaba un país donde un gobernante ególatra y autoritario destruye todo lo que llevó a que ese país sea la principal potencia mundial, dotada de estabilidad, progreso y paz, pocos habrían considerado verosímil tal relato.
Los lectores habrían calificado absurdo y exagerado que, en la novela, el país que escribió las leyes internacionales decida que ya no hay que respetarlas; renuncie a ser la potencia hegemónica del mundo; se salga de 66 organismos internacionales; desate una guerra comercial mundial mediante alzas indiscriminadas de aranceles; destruya la globalización y renuncie a la ventaja científica y tecnológica, razón de su éxito.
De inconcebibles se habrían calificado los capítulos en que ese gobernante
- dificulta que los niños reciban vacunas;
- recorta fondos para el cáncer y otras enfermedades mortales;
- despide a 200.000 trabajadores federales;
- deporta indiscriminadamente a más de 600 mil personas;
- apresa a un dictador sudamericano, pero deja en su lugar a toda la cúpula de la dictadura asesina a fin de crear una colonia imperial y apoderarse de su petróleo;
- bombardea Siria, Irán y Nigeria e
- insiste en apoderarse de Groenlandia “por las buenas o las malas”.
El colmo de increíbles parecerían las partes del libro en que ese personaje tan grotesco se pelea con sus aliados tradicionales de Europa; elimina la ayuda a Ucrania y dibuja estrambóticos planos arquitectónicos de hoteles y casinos de una nueva Riviera en la franja de Gaza, tras haberla destruido sistemáticamente, matando a 80.000 personas.
Pues bien, este martes 20 se cumplió un año de la toma de posesión de Donald J. Trump y aquel novelista distópico habría visto hacerse realidad ese amasijo de absurdas predicciones quedándose, incluso, corto, pues todo lo que podía empeorar en EE. UU. y el mundo en estos 12 meses ha empeorado.
Al poner toda la política interna e internacional en el altar de su ego y su fortuna, Trump
- Ha socavado la democracia y los derechos humanos en el mundo entero.
- Ha destruido o debilitado irreparablemente todos los entes que ofrecen bienes públicos para los ciudadanos de EE. UU.: salud, educación, vivienda, ciencia, medio ambiente, infraestructura, seguridad.
- Está enviando agentes enmascarados a ciudades de su propio país que considera territorio enemigo.
- Se burló de la justicia, indultando a todos los atacantes del Capitolio del 6 de enero de 2020, a pesar de que provocaron muertos y heridos.
- Convirtió al sector público de un país esencialmente tolerante en una máquina que fomenta oficialmente el supremacismo blanco y el odio a los demás. El odio al inmigrante y al pobre, a quien quiere ser distinto, al que se fía de la ciencia y a quien no quiere ser un matón.
Igual que a las universidades y a los estudios jurídicos, el gobierno planta juicios por millones de dólares a los medios de comunicación para que se arrodillen y paguen:
Trump ha insultado a las mujeres periodistas como nadie ha osado hacerlo: “estúpida”, “fea”, “odiosa”, “detestable”, “cállate, cerdita” y cosas peores.
Demolió el ala este de la Casa Blanca, un bien patrimonial, para construir una descomunal sala de baile, que será decorada con el mismo mal gusto de pegostes rococó de oro con que ha colonizado la Oficina Oval.
Ha dicho tantos dislates que es imposible resumirlos.
El último es de antología. “Esto es demasiado estúpido, incluso para él” acaba de decir su sobrina Mary Trump sobre la carta de su tío al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre, diciéndole que se apoderará de Groenlandia porque ese país no le dio el premio Nobel de la Paz, cuando 1) el que lo da no es Noruega sino un comité independiente y 2) Noruega ni siquiera es la dueña de Groenlandia.
Declaró que el único límite para sus acciones es “su propia moral” y no el derecho internacional.
Ha pervertido las relaciones internacionales y nacionales y las ha convertido en instrumento de su codicia. Con él en la Casa Blanca todo tiene un precio.
Este año ha sido el más lucrativo de su vida: su riqueza neta se ha incrementado en 3 mil millones de dólares. Hoy es de USD 7.300 millones, cuando a fines de 2024 era de USD 4.300 millones. Por ello, al finalizar 2025 había subido 118 puestos en la lista “The Forbes 400” y hoy está en el 201.
La propia Forbes dijo que “ningún mandatario de la historia de EE. UU. ha usado el puesto y el poder presidencial para ganar dinero de manera tan descomunal como Trump”.
Su principal medio de enriquecimiento ha sido la criptomoneda, lanzada en septiembre de 2024 con el nombre de World Liberty Financial.
Otros USD 470 millones de sus ganancias del año 2025 provienen de victorias legales. Lo que en países menos sofisticados suele llamarse extorsión.
La guerra de Ucrania, que iba a ser resuelta “en 24 horas”, se ha empantanado y lo único claro son las ganas que tiene Trump de abandonar sus compromisos con la OTAN.
Trump y sus adláteres creían que nada de esto tendría consecuencias. Pero su popularidad va de bajada:
Siendo el presidente peor evaluado a estas alturas del período, el mundo entero cruza los dedos para que en las elecciones de medio período de noviembre los votantes pongan algún tipo de freno a esta pesadilla.