Tablilla de cera
Trump, paladín del nuevo imperialismo
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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Nadie defiende a Nicolás Maduro, y yo menos que nadie: cabeza de un régimen despreciable, corrupto, hambreador y asesino, a cuya realidad de espanto me he referido en esta columna se merece que lo destituyan y encarcelen.
Pero eso no quita que la acción estadounidense del sábado 3 de enero de 2026 viola el derecho internacional, como lo pude analizar ese mismo día. Y que lo habría violado incluso si EE. UU. hubiera logrado un cambio de régimen y apresado a la cúpula chavista, corresponsable del hambre y el miedo de los venezolanos.
Pero nada de eso se buscó. Trump dejó claro que no actuó para dar paso a la democracia ni liberar a los presos políticos ni obligar a rendir cuentas a los miembros de la satrapía chavista por sus asesinatos, robos, desapariciones y atropellos. Al contrario, la jerarquía militar y política del chavismo está intacta y en funciones.
El sábado en Mar-a-Lago Trump mencionó la palabra petróleo 25 veces pero no mencionó ni una sola vez “presos políticos” o “derechos humanos”. Y lo reiteró el domingo: lo que primero busca al quitar a Maduro del medio es dar acceso al petróleo a las transnacionales estadounidenses.
Al régimen colaboracionista que ha dejado en pie, EE.UU. no le va a pedir que libere a los presos, otorgue al pueblo libertades o democratice el país. Basta con que entreguen los campos de hidrocarburos a las petroleras gringas, cuyas acciones ya subieron en la bolsa.
Todo esto lo predecía la “Estrategia de Seguridad Nacional” de EE. UU., publicada hace un mes, cuyo objetivo, según proclama, no es ideológico (léase ninguna defensa de la democracia o de los derechos humanos), sino solo “lo que funciona para EE. UU.”, una posición descarnada y descarada, a la que llama “realismo flexible”.
El documento cita la Doctrina Monroe mencionada también el sábado por Trump, como si fuera algo para estar orgulloso.
La formuló el presidente James Monroe en 1823 (“América para los americanos”), para advertir a las potencias europeas que no intentaran recolonizar las Américas, pero su aplicación a lo largo de siglo y medio siguiente fue en exclusivo beneficio de EE. UU. (“América para los estadounidenses”, diríamos) y pretexto para invasiones, ocupaciones e intervenciones de todo tipo, concitando el rechazo de los demócratas de América Latina a lo largo de dos siglos.
Los gobiernos estadounidenses más esclarecidos de los últimos 65 años, a partir de Kennedy, habían abandonado tales pretensiones. Pero Trump dijo el sábado, con su falta de léxico, pero con claridad: "La Doctrina Monroe es algo importante, la superamos por un montón. Nos olvidamos de eso, pero ya no nos olvidaremos”.
Trump vive en los años cincuenta. Por eso proclama los aranceles y busca apoderarse de los recursos naturales. No entendió jamás que la ventaja de EE. UU. es tecnológica y científica. En la nueva NSS hay el mismo tufo del pasado: junto con la Doctrina Monroe renace la vieja concepción de que el mundo se divide en esferas de influencia: Estados Unidos potencia hegemónica del hemisferio occidental, China en su ámbito y Rusia en el suyo.
Nada en el texto de la NSS es tan desembozadamente imperialista como su referencia al continente americano:
“Queremos asegurarnos de que el hemisferio occidental permanezca razonablemente estable y suficientemente bien gobernado para prevenir y desalentar la migración masiva a EE. UU.”, dice la NSS.
“Nuestro predominio en el hemisferio occidental nunca más será puesto en tela de duda. Bajo nuestra administración vamos a restablecer el poder de EE. UU. en la región”, dijo Trump el sábado.
De los gobiernos del continente, la NSS espera que permitan a EE. UU. el acceso a activos clave, recursos y sitios estratégicos y que, en cualquier caso, veten que “poderes extranjeros hostiles” (léase China, Irán) accedan a ellos.
Y advierte que EE. UU. usará sus fuerzas armadas en cualquier país del continente donde falle el control del narcotráfico. A esta prepotente declaración de intervencionismo se le llama el “Corolario Trump a la Doctrina Monroe”, una referencia al “Corolario Roosevelt”, la declaración del gran garrote del presidente Theodore Roosevelt en 1904.
Y ya vemos cómo la aplica Trump: un prólogo de asesinatos a más de 100 lancheros, cuyas más de 35 embarcaciones voló a bombazos, seguido el sábado por la ilegal operación “Absolute Resolve”, el traslado de Maduro a Nueva York, y la proclama de que EE. UU. gobernará Venezuela hasta que pueda organizarse una transición “ordenada y pacífica”.
No sé si lo logren. Ni siquiera saben bien cómo gobernar: Trump dice que él es quien manda; Rubio le corrige y dice que lo manejarán mediante coerción. ¿En qué convierte eso a Venezuela? ¿En un país tutelado?, ¿un protectorado?, ¿una colonia? Alguien dirá que hasta ahora ha estado tutelado por el narcotráfico y por potencias enemigas. Sí, así ha sido por más de 25 años. Pero lo que Venezuela necesita no es tutelaje, sino libertad.