Tablilla de cera
Matar en nombre de Dios: Irán, Israel y Estados Unidos usan la religión para justificarse
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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La guerra que conmociona al mundo —iniciada con la ofensiva conjunta de EE. UU. e Israel contra territorio iraní, matando al entonces líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y que nadie sabe cómo terminará—, tiene como protagonistas a países que profesan las tres religiones monoteístas del mundo y, además, están dirigidos por líderes que dicen actuar en nombre de Dios.
El islamismo chiita es militante: imparte justicia en nombre de Dios y quiere acabar con Satán, personificado en el imperialismo. Lo hace dentro y fuera de sus fronteras. Por ejemplo, el jueves pasado, tres hombres que participaron en las protestas antigubernamentales de enero fueron ejecutados en la horca en Qum, por haber cometido moharebeh o guerra contra Dios, un cargo que se castiga con la muerte y que las autoridades iraníes suelen utilizar contra disidentes, a quienes se les sigue juicios acelerados y se les arranca confesiones forzadas mediante torturas y amenazas de daño a los familiares.
Desde hace casi 40 años el aborrecible régimen teocrático de Irán emplea su identificación con Dios para perseguir y ajusticiar a sus propios ciudadanos.
Así ejecutó, según organismos de derechos humanos, a más de 2.000 personas en 2025, la mayor cifra anual desde 1989, y durante las protestas masivas contra el gobierno a principios de este año disparó al cuerpo, matando a más de 6.000 ciudadanos, entre ellos 200 niños.
Ese malestar de la población iraní fue uno de los elementos que llevaron a los gobiernos de EE. UU. e Israel a decidirse a atacar a ese país. Durante los primeros días, Trump hizo llamados a la población a sublevarse y derrocar al régimen, cosa que no ha sucedido y no es posible que suceda por el férreo control que, siempre en nombre de Dios, ejercen los ayatolás.
Pero no solo Irán actúa por inspiración divina. En la estúpida guerra contra Irán —estúpida porque no se ha definido ni su objetivo ni la estrategia de salida ni qué pasará después—, ha surgido un lenguaje con tonos bíblicos.
Para enmarcarla, Benjamín Natanyahu dijo: “En las Escrituras se dice: ‘Por la estrategia harás la guerra’”, citando a Proverbios 24:6, mientras que Pete Hegseth, el incompetente secretario de Defensa (o de Guerra, como a él le gusta llamarse) se ufanó de que “el poder inigualable de hacer que llueva muerte y destrucción desde el cielo” iba a permitir a EE. UU. derrotar “de inmediato” a sus “apocalípticos” enemigos iraníes.
Ya antes de los bombardeos de junio, Netanyahu colocó en el Muro de los Lamentos un papel con el siguiente versículo de Números 23:24: “He aquí, un pueblo que se levanta como leona, y se yergue como león; no se echará hasta que devore a la presa y beba la sangre de los muertos”. La operación se llamó, por supuesto, “León que se yergue”.
Hegseth, el día en que se iniciaron los bombardeos, llamó a rezar diariamente una oración específica, “con las rodillas dobladas, con su familia, en sus escuelas, en sus iglesias, en el nombre de Jesús”.
Para este militante ultraconservador y fervoroso evangélico todas las operaciones militares de su país en el Medio Oriente, África y América Latina son autorizadas por Dios… por lo que no hay duda de que serán exitosas.
La rama del cristianismo a la que Hegseth pertenece es un componente clave del movimiento MAGA, y sus militantes se sienten peleando una guerra santa para restaurar los valores estadounidenses que, según ellos, son los del cristianismo ultraconservador, al que no le importa que el ICE mate a ciudadanos estadounidenses o que su país bombardee inocentes.
Todo el gabinete de Trump cita a Dios y a la Biblia a troche y moche. Y el propio Trump suele recurrir a menciones religiosas, aunque es todo menos practicante: “A mí me salvó Dios para hacer a América grande de nuevo”, dijo en su toma de posesión el año pasado.
Hasta los bombardeos a supuestas lanchas de narcotraficantes, que ya han matado a 157 personas, son parte de una guerra mayor para “defender a los países cristianos” de “las fuerzas ateas del narcocomunismo” y de “la tiranía”, como dice Hegseth.
Contra tanta tontería se han levantado voces valientes. El cardenal Robert McElroy de Washington hizo una distinción entre orar por EE. UU, y por los hombres y mujeres en las Fuerzas Armadas, lo que dijo que hace con frecuencia, y el enfoque moral de la guerra que trazan los funcionarios de Trump.
“Según yo lo veo y según las enseñanzas de la Iglesia, esta no es una guerra moral, es una guerra inmoral”, dijo McElroy en una entrevista. “Hay un imperativo moral de que esta guerra termine ya; que haya un cese al fuego inmediato”.
Y su colega, el cardenal de Chicago Blaise Cupich, criticó la guerra y la mezcla de militarismo y farándula de la administración Trump en una declaración del 7 de marzo. Se refería a esos videos en la cuenta oficial de la Casa Blanca, que combinan fragmentos de películas de acción, imágenes de IA y programas de televisión “con imágenes reales de ataques de su guerra contra Irán”.
“Una guerra real con muerte real y sufrimiento real tratada como si fuera un videojuego es repugnante”, dijo Cupich. “Esta aterradora representación demuestra que ahora vivimos en una era en la que la distancia entre el campo de batalla y la sala de estar se ha reducido drásticamente”.
Ayer, el arzobispo de Quito Alfredo Espinosa envió a sus grupos de WhatsApp la frase de Martín Lutero: “Nada bueno viene jamás de la violencia”.
Unimos nuestra voz a la de estos prelados y a la del papa León XIV, quien casi a diario ha criticado este nuevo conflicto, los ataques aéreos indiscriminados y la afectación a la población civil, y quien este domingo calificó a esta guerra y a la de Ucrania, como tragedias para la humanidad, advirtiendo que pueden llevar a un abismo irreparable.
ES DE JUSTICIA.- El jueves pasado en esta columna pedí al presidente Noboa que se pagara los premios Espejo a individuos e instituciones, y conté la situación extrema a la que se ha sometido a la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Debo reconocer públicamente, y con mi agradecimiento, que al día siguiente se pagó a las personas que reciben el premio Espejo y que este martes se depositó la asignación presupuestaria de 2025 a la AEL. Aún no se paga el premio Espejo a las instituciones.