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La moda de la disforia de género solo beneficia a sus promotores

Irene Torres

Investigadora. Directora Técnica de Fundación Octaedro. Integrante del Comité Asesor Internacional de The Lancet Global Health y del Consejo Editorial de BMJ Public Health. Asociada a la Cátedra UNESCO de Salud Global y Educación.

Actualizada:

09 abr 2026 - 05:50

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Llegó a nuestras costas la moda de acoger la reasignación de género en menores de edad, de la mano de abogados que conocen poco de salud, pero les gusta subirse en el caballo de batalla de los derechos. ¿Tiene un adolescente derecho a abandonar la educación básica porque no se identifica como estudiante? No, porque es obligatoria. ¿Puede beber alcohol porque se identifica como alcohólico? Tampoco, porque es ilegal. Pero, según la Corte Constitucional ecuatoriana, tiene derecho a ver suficientes videos en TikTok para convencerse de que el género asignado al nacer es una imposición arbitraria.

Riittakerttu Kaltiala, psiquiatra adolescente que instituyó la primera clínica de género en Finlandia en 2011, acaba de publicar en la revista científica Acta Paediatrica un estudio con datos recolectados durante 23 años que muestra contundentemente que la reafirmación de la disforia de género tiene consecuencias negativas en su mayoría. La disforia de género es la angustia o disfuncionalidad que experimentan quienes consideran que su identidad de género no coincide con su sexo biológico. En Ecuador, ha habido casos emblemáticos de familias que llevaron esta condición en su hijo hasta las últimas consecuencias, incluso mudándose a otro país para hacer posible su transición.

En redes sociales hay influenciadores que se popularizan defendiendo derechos, estilos de vida alternativos y la papa en el encebollado como si fueran equiparables, acusando de transfóbicos a quienes sostengan que permitir que un menor de edad decida autónomamente sobre materia tan delicada es absurdo. Alguno se ha arrepentido, pero tarde y solo puertas adentro, es decir, evitando asumir una posición que le costaría el escarnio de un público del cual precisa para henchir su número de seguidores.

Los adalides de la resignación de género ya estarán redirigiendo sus esfuerzos para desacreditar o contradecir a una investigadora sistemática como Kaltiala, quien aclara cuál es la verdadera consecuencia de esta moda. No será fácil ir en contra de la evidencia recopilada sobre 2.083 adolescentes que recibieron atención relacionada con su identidad de género en Finlandia entre 1996 y 2019. La muestra es representativa a nivel nacional y cuenta con ocho grupos de control, en un país donde la atención en salud es totalmente gratuita y universal, por lo que no puede aducirse un sesgo.

Según la investigación, los jóvenes con disforia de género presentan altos niveles de problemas psiquiátricos y, una vez que se medicaliza su condición, la necesidad de tratamiento psiquiátrico aumenta. Es decir, enfocarse en la identidad de género no aplaca el sufrimiento de estos pacientes; no hay un antes y un después, como nos quieren vender. Más bien, el análisis sugiere que la disforia de género es secundaria a otros problemas de salud mental que deben abordarse antes de emprender un camino irreversible hacia el cuestionamiento y la reasignación del género.

En mis dos embarazos, nos rehusamos a conocer el sexo de nuestras hijas anticipadamente. Nos parecía emocionante esperar a que nacieran sin ningún prejuicio de nuestra parte. Sea lo que sea, decíamos, las recibiremos con igual ilusión. Nuestras preocupaciones estaban centradas en cómo hacernos cargo de una nueva vida cuando todavía no habíamos terminado de dilucidar qué hacer con las nuestras. Me quitaba el sueño pensar si lograríamos pagar las cuentas desde el nacimiento hasta lo que se veía como el fin de nuestros días. Poca atención podía dedicarles a estas modas de la crianza que, a inicios de los años 2000, tomaban fuerza.

Durante un congreso académico, quienes teníamos hijas organizamos una salida para buscar “cosas de niñas” que llevar como recuerdo. Una colega danesa nos explicó orgullosamente que nos acompañaría para comprarle un vestido y una diadema a su hijo de preescolar, a quien criaba sin distinción de género. Es decir, usaba a su pequeño hijo para irse en contra de la sociedad en lugar de hacerlo ella misma, con una genuina falta de conciencia al respecto. Cuando me encontré con ella en una nueva edición del congreso, unos años después, me compartió amargamente que su hijo de primaria acudía al psiquiatra. Su experimento no liberó al niño de la imposición de los roles de género por parte de la sociedad, como había ansiado, sino que lo sometió a decisiones adultas influidas por modas irresponsables.

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