Ecuador tiene una deuda pendiente con su propio destino
Asesor empresarial en estrategia y finanzas corporativas. MBA de la Escuela de Negocios Darden de la Universidad de Virginia. Exasesor McKinsey and Company y finanzas en JPM, CLSA, ABN-AMRO y Valpacífico. Exejecutivo senior Progressive Insurance e IPG.
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Desde el cambio de siglo, Ecuador ha estado saldando una deuda silenciosa con su futuro. Nuestra riqueza por habitante ha crecido a un ritmo promedio de apenas 2,3% anual en términos reales, el más lento de Sudamérica en las últimas dos décadas y media. A este paso, duplicar lo que producimos por persona nos tomaría más de treinta años. No es falta de talento, de ideas ni de recursos naturales lo que nos frena. El verdadero muro es la violencia que se ha enquistado en nuestras ciudades y puertos, y que hoy cobra un precio mucho más alto del que aparece en cualquier balance.
Con años asesorando valoraciones empresariales, financiamientos en entornos de alto riesgo y estrategias para compañías que operan en medio del caos, te lo digo sin adornos: 2026 no es un año para sobrevivir. Es un año para contraatacar.
Los datos del Servicio de Rentas Internas (SRI) y los reportes micro sectoriales muestran una economía bifurcada. Hay micro sectores que han aprendido a navegar el desorden con inteligencia y otros que siguen sangrando por el miedo que impone el crimen organizado. El nudo crítico está en el Gran Guayaquil y su costo oculto.
Tres de cada cuatro dólares que Ecuador exporta pasan por los puertos de Guayaquil y Posorja. Esa zona concentra alrededor de un tercio de la riqueza privada del país. Pero el Gran Guayaquil —Guayaquil, Durán, Samborondón, Daule— se ha convertido en un devorador de valor empresarial. En Durán, gran parte de los delitos graves giran en torno al control de las rutas hacia el mar: extorsiones, robos, violencia que asfixian el flujo logístico. En Guayaquil, la inseguridad impone un impuesto invisible que resta más de un punto porcentual al crecimiento del comercio y la actividad privada. La desconfianza es tan profunda que los activos inmobiliarios en la zona han perdido entre 10% a 25% de su valor frente a los similares de Quito, Ambato, etc. si miramos los rendimientos que exigen los inversionistas (cap rate): nadie construye donde el retorno se mide en riesgo de vida.
La crisis de seguridad, impulsada por el narcotráfico y el control territorial de bandas, ya no es solo un problema social. Es un freno estructural al crecimiento. Pero la buena noticia es que hay caminos probados para revertirlo y el sector privado puede liderar el cambio sin esperar que todo venga del Estado.
Aquí va un manual práctico para líderes empresariales en 2026, basado en lo que ya funciona en entornos similares y en nuestra propia experiencia:
Primero: consumo masivo y comercio. Logística inteligente como escudo
Las extorsiones y los gastos operativos (OPEX) extras erosionan el flujo de caja y destruyen valor de las empresas. El movimiento ganador es pasar a entregas “invisibles” con datos predictivos: sensores, análisis de zonas de riesgo en mapas de calor (heatmaps) y horarios alternos para evitar fricciones. La seguridad real hoy no son más guardias armados, sino inteligencia y predicción.
Una distribuidora de alimentos en la Costa redujo pérdidas en un 40% al montar un centro de control compartido con transportistas, inspirado en modelos exitosos de ciudades mexicanas. Recuperaron cientos de miles de dólares en eficiencia y flujo operativo. Implementarlo no es caro; es una inversión con retorno rápido (ROI).
Segundo: inmobiliario y construcción. Vende tranquilidad, no solo metros cuadrados
Las familias huyen del peligro y buscan refugios seguros. Samborondón y Cumbayá resisten (¿por ahora?), pero el mercado inmobiliario premia la protección. Deja de vender ladrillos y ofrece fortalezas integradas: perímetros tecnológicos, sistemas de monitoreo digital y seguridad certificada. Los compradores pagan más por paz mental que por ubicación pura.
Un desarrollador inmobiliario en la vía a la Costa en Guayaquil vendió nueve de cada diez unidades antes de empezar obra gracias a un paquete de protección digital certificado. El mercado valora la tranquilidad por encima de todo.
Tercero: agroindustria y exportación. Trazabilidad total como blindaje
El puerto es el talón de Aquiles: riesgo de contaminación de carga y costos de seguro disparados. Invierte en sellos digitales desde la finca hasta el contenedor. La trazabilidad completa reduce drásticamente seguros, abre mercados premium y baja costos.
Un grupo bananero destinó solo tres de cada mil dólares de ventas a tecnología de seguimiento propia. Bajó su seguro un 20% y ganó acceso prioritario en puertos europeos. Es una inversión que se paga sola en meses.
Si logramos pacificar el Gran Guayaquil y extender la receta a Manta, Machala, Quevedo, Esmeraldas, y otras zonas calientes —combinando ataque financiero al crimen con empleo masivo en áreas críticas, como hicieron Monterrey y Medellín—, ganamos de inmediato un punto y medio extra de crecimiento nacional (+ USD 2.000 millones). Además, capturamos al menos dos mil millones de dólares en inversión inmobiliaria y productiva que hoy nos mira desde lejos.
Tenemos el talento, el capital y ejemplos que ya funcionan en la región. 2026 no es año de resignación: es el momento en que el sector privado toma el timón. Guayaquil y su conurbanización no merece un final triste; merece un renacer impulsado por la audacia de quienes crean riqueza. El reloj corre, pero esta vez estamos listos para ganarle la carrera.
El futuro no se espera. Se construye. ¿Empezamos hoy?