Periodista. Conductora del podcast Esto no es Político. Ha sido editora política, reportera de noticias, cronista y colaboradora en medios nacionales e internacionales como New York Times y Washington Post.
Cuando un espacio se limita a repetir discursos oficiales, a descalificar sin pruebas o a amplificar versiones sin contrastarlas, podrá llamarse como quiera, pero no está ejerciendo periodismo.
En un país atravesado por la violencia, la corrupción y la desconfianza, el nombramiento del Fiscal General no puede resolverse con prisa, opacidad ni cálculos políticos.
Hay una destreza que varios funcionarios del actual gobierno han aprendido a dominar con notable eficacia: la de no responder. El silencio, el desvío y el lugar común se han convertido en una forma de gobierno.
En medio de esta oscuridad —cuando el crimen organizado se cruza con la política y las instituciones parecen incapaces de proteger a quienes cumplen su deber— alzar la voz sigue siendo imprescindible.
La podredumbre no es solo la corrupción visible o los escándalos que se acumulan sin consecuencias. Es la normalización del abuso, la impunidad convertida en rutina, la idea de que hay vidas prescindibles.
Los médicos posgradistas no están pidiendo privilegios. Están exigiendo lo mínimo: no trabajar gratis. No normalizar la explotación bajo el disfraz de “ustedes sabían en lo que se metían”, como cuentan que les dijo un exministro.
Cuando el Presidente guarda silencio frente a la tortura y desaparición de cuatro niños, no solo falla en su deber: envía el mensaje devastador de que hay vidas que pueden sacrificarse sin consecuencias.
Noboa insiste en un Ecuador de obediencia y silencio, no debate; se privilegia la búsqueda de seguidores, no ciudadanos críticos; adoradores, no funcionarios al servicio del país.
Cuando un espacio se limita a repetir discursos oficiales, a descalificar sin pruebas o a amplificar versiones sin contrastarlas, podrá llamarse como quiera, pero no está ejerciendo periodismo.
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En un país atravesado por la violencia, la corrupción y la desconfianza, el nombramiento del Fiscal General no puede resolverse con prisa, opacidad ni cálculos políticos.
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Hay una destreza que varios funcionarios del actual gobierno han aprendido a dominar con notable eficacia: la de no responder. El silencio, el desvío y el lugar común se han convertido en una forma de gobierno.
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El mensaje es demoledor. En el Ecuador de hoy, denunciar no conduce a la verdad ni a la reparación: conduce al aislamiento.
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En medio de esta oscuridad —cuando el crimen organizado se cruza con la política y las instituciones parecen incapaces de proteger a quienes cumplen su deber— alzar la voz sigue siendo imprescindible.
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La podredumbre no es solo la corrupción visible o los escándalos que se acumulan sin consecuencias. Es la normalización del abuso, la impunidad convertida en rutina, la idea de que hay vidas prescindibles.
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Los médicos posgradistas no están pidiendo privilegios. Están exigiendo lo mínimo: no trabajar gratis. No normalizar la explotación bajo el disfraz de “ustedes sabían en lo que se metían”, como cuentan que les dijo un exministro.
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Cuando el Presidente guarda silencio frente a la tortura y desaparición de cuatro niños, no solo falla en su deber: envía el mensaje devastador de que hay vidas que pueden sacrificarse sin consecuencias.
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Una mujer es asesinada en Ecuador cada 22 horas. El 32% de esas muertes es provocado dentro del círculo íntimo y familiar.
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Noboa insiste en un Ecuador de obediencia y silencio, no debate; se privilegia la búsqueda de seguidores, no ciudadanos críticos; adoradores, no funcionarios al servicio del país.
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