¿Qué diablos pasó con las élites quiteñas?
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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En uno de sus lúcidos artículos, Roberto Aguilar describe a las estrafalarias chivas de diciembre como el símbolo de un Quito decadente, sin líderes ni proyecto de ciudad, con barrios y avenidas vaciadas.
Las responsables de esta situación serían las élites –económica, intelectual, académica– que habrían abandonado su función social, dejando incluso que la Casa de la Cultura sea ocupada por los mariateguistas de Leonidas Iza, gente que no le hace fieros a incendiar la capital.
El correlato político vendría a ser, luego de Moncayo, una sucesión de pésimos alcaldes, productos de una clase política que no ha logrado generar, hace décadas, un líder capitalino de proyección nacional.
Aunque hay también otros responsables de la decadencia de Quito –entre ellos, una clase media que se encandiló con el correísmo– el artículo de Roberto despeja un campo muy rico, donde hay mucho que indagar y precisar porque el término élites es tan difuso y acomodaticio como el de populismo y no existen dos personas que se representen lo mismo. ¿Son los ricos, los mejores, los más lindos, los más sabios, quiénes mismo son? Además, ¿cuál es su verdadero poder y su función? ¿Hay élites buenas y élites malas… para quién? ¿Estamos pidiendo peras al olmo al reclamarles algo que ya no están en capacidad de ejecutar?
No hay espacio aquí para discutir definiciones, pero sí podemos ojear ‘La élite del poder’, el estudio canónico de C.Wright Mills donde describe a la élite del poder de EE.UU. en los años 50 y señala que está compuesta por personas interconectadas, ubicadas en posiciones donde pueden tomar decisiones que afectan a millones. Pero, ojo, el no tomarlas, en muchos casos, su falla para actuar, “es en sí un acto que muchas veces tiene mayores consecuencias que las decisiones tomadas”.
Si enfocamos a la élite cultural de Quito en esos mismos años 50, resulta que intelectuales como Benjamín Carrión, el creador de la Casa de la Cultura (CCE) y de Jorge Icaza, el autor de ‘Huasipungo’, gozaban de mucho prestigio e influencia.
Lo mismo sucedía con los rectores de la Universidad Central (UC), empezando por Alfredo Pérez Guerrero, cuya palabra pesaba en el debate. Digamos de paso que, tanto Carrión como Pérez Guerrero, tenían esa característica tan común entre varios quiteños destacados en la política y la cultura: haber nacido en provincia.
También eran influyentes artistas como el pintor Oswaldo Guayasamín, quien dirigió un par de años la CCE y creó una fundación que permanece muy activa. Pero, al igual que en el resto de América Latina, la importancia de los intelectuales y académicos en el debate público fue mermando en paralelo con la lenta agonía del que había sido su principal medio de expresión: los diarios impresos.
Al mismo tiempo declinó el nivel político y académico de la UC, afectada por la medida populista del libre ingreso y el control que los ‘chinos’ ejercieron sobre la mayoría de las facultades y la administración central.
Ya en este siglo, la CCE cayó en manos de presidentes políticos que no habían escrito un buen libro o que organizaban, como si de arte revolucionario se tratara, muestras con fotografías del más longevo dictador del Caribe. El mariateguismo sería el corolario de este proceso decadente.
Así, el semillero de la élite cultural quiteña, que fuera desde su fundación la Universidad Central, prolongada en la CCE, había dejado de producir retoños, al tiempo que, en las universidades privadas que se desarrollaron desde los años 80, se educaba la nueva élite económica, que vive sobre todo en Cumbayork, alejada del Quito tradicional, despreocupada de su destino.
Para abordar la esfera política, veamos antes lo que pasó en Guayaquil, donde el expresidente y alcalde León Febres Cordero reagrupó a las élites porteñas para rescatar la ciudad de las manos plebeyas y culpables del roldosismo e imponer la visión urbana de la oligarquía con los indispensables toques populistas que aplacaban las contradicciones sociales.
Pero esa gestión empresarial, continuada por Nebot, empezó a mostrar las costuras con Cynthia, su desastroso manejo de la pandemia y el auge de la violencia. Quedó en evidencia, entonces, que cohabitaban hacía rato dos ciudades muy distintas: mientras el ‘american dream’ de las élites porteñas se exhibía en Samborondón, al otro lado el río, literalmente, bullían los barrios marginales, pobres, desamparados, sin futuro, semilleros de sicarios juveniles. Sicarios que ya están llegando a la isla Mocolí. (Continuará con ‘Make Quito Great Again’)