Crónica personal de la Universidad Central
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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Este 18 de marzo la Universidad Central del Ecuador cumplirá 200 años desde que fuera creada por un decreto de Simón Bolívar, en tiempos de la Gran Colombia. Su antecedente fue la Universidad de Santo Tomás de Aquino, que había funcionado en la segunda mitad de la Colonia; de ella heredó las carreras de Teología, Filosofía, Derecho; también la de Medicina, que se concretaría al año siguiente.
La universidad estuvo siempre vinculada a la vida de la república y muchos quiteños crecieron con ella, especialmente a partir del triunfo del liberalismo y la educación laica. Ese fue el caso de tres generaciones de los Sánchez, mi familia por lado materno, que vivieron el período de esplendor de la UC, hasta que fue perdiendo importancia a partir de los años 90, cuando despuntaron las universidades privadas y arrancó la revolución digital.
Tengo en mis manos el título amarillado de arquitecto otorgado a mi tío abuelo, Manuel Tomás Sánchez, en 1916, por la Facultad de Ciencias de la Universidad Central. Firma como decano Tobar y Borgoño, figura de la aristocracia ilustrada.
Lo curioso es que el tío abuelo siempre quiso ser ingeniero, pero la UC no ofrecía entonces esa carrera, de manera que estudió lo más cercano: arquitectura. Ya graduado, se dedicó a construir puentes y ampliar y modernizar los caminos de herradura por esos páramos de Dios a donde se trasladaba en motocicleta o a caballo por los desfiladeros.
Cuando ya no estaba para esos trotes se dedicó a dar clases en la recién fundada Facultad de Ingeniería y uno de sus alumnos fue mi tío Jorge, que, además, era puntero derecho de Liga Deportiva Universitaria cuando jugaban en El Arbolito.
Hasta la década de los 60, la UC mantenía un prestigio incontestable: por sus aulas de Derecho habían pasado los presidentes Velasco Ibarra, Camilo Ponce y Rodrigo Borja, así como los más destacados abogados, ministros de Estado, legisladores y diplomáticos.
De igual reconocimiento gozaban los médicos graduados en la Facultad de Medicina, esa generación dorada que estudió en los 50, dictó cátedra en los 60 y participó en la creación del hospital Andrade Marín, que fuera en su momento el sitio más avanzado del país, con los mejores equipos y cirujanos de la talla de Jaime Chávez. ¡Cuánta agua y cuánto lodo han pasado bajo el puente!
En el área económica brotaban los célebres kikuyos que empezaron a diseñar planes de desarrollo en la Junta de Planificación y a dirigir el Banco Central y la Junta Monetaria. Provenían de la Facultad de Economía, ubicada detrás del Teatro Universitario, allí donde había estudiado mi tío Rafo y donde ejerció la cátedra durante muchos años.
Y donde nos encontraríamos cuando empecé a trabajar en el Instituto de Investigaciones Económica y a dar clases en la misma facultad, aunque yo había estudiado en la Escuela de Sociología, que era todavía parte de Jurisprudencia, de modo que compartíamos el café, el patio y el paraninfo Che Guevara, donde se realizaban asambleas incendiarias.
Todo era efervescencia pues llegaban los vientos de la Revolución cubana, del hippismo, de París 68 y del boom de la literatura latinoamericana, con ‘Rayuela’ a la cabeza. Una época así, y con la universidad como centro de la vida política y cultural, no se ha vuelto a repetir.
Cuando las movilizaciones estudiantiles contra el gobierno alcanzaron su clímax, en 1970, Velasco Ibarra se declaró dictador y clausuró violentamente la universidad. Al reabrirse al año siguiente se empezaron a sentir ya los efectos de la supresión del examen del ingreso, medida que había costado la vida de varios estudiantes en La Casona de Guayaquil, pero que resultaría en una masificación inmanejable que iría carcomiendo el nivel académico, agravado por el control político que ejercían los ‘garroteros chinos’.
Por fortuna, Economía era un bastión de los socialistas y allí publicaron, en 1977, mi libro sobre Velasco Ibarra. Seguí dando clases dos o tres semestres más y marché a Europa para dedicarme a escribir. Así terminaba el ciclo de una clásica familia quiteña que tuvo en la Universidad Central una auténtica alma mater durante tres generaciones. Hoy, dos siglos después del decreto del Libertador, la universidad enfrenta un desafío colosal, que se añade a las limitaciones económicas y académicas, al desfase entre Ecuador y los países desarrollados y a la insistencia de los bachilleres por carreras tan tradicionales como Derecho, de donde salen esos abogados que le hacen morir de iras a Felipe Rodríguez. El desafío se llama Inteligencia Artificial y está cambiando radicalmente lo que se ha entendido hasta ahora por educación universitaria.