Se vende El Universo
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
Actualizada:
Parece el título de una novela de ciencia ficción, pero no lo es. Con sorpresa y pena leí hace unos días que se vendía El Universo, el que alguna vez fuera el diario de mayor circulación nacional, un símbolo de la prensa ecuatoriana. Según los anteriores dueños, los hermanos Carlos y César Pérez Barriga, con la transacción “se inaugura una nueva etapa para Diario El Universo, enfocada en fortalecer su liderazgo periodístico, acelerar su transformación digital e impulsar su integración multimedia, manteniendo intacto su compromiso editorial”.
El Universo se vende a un consorcio internacional liderado por un empresario radicado en la Florida, con experiencia en el sector financiero, y un político-empresario argentino, ministro del Interior durante el gobierno de Carlos Menem, cuyos intereses en el sector privado incluyen hidrocarburos, minería, energía, recursos naturales y medios de comunicación. Así, El Universo ha pasado de ser un periódico sostenido por más de cien años como una empresa familiar ecuatoriana, a ser un medio de comunicación perteneciente a un conglomerado transnacional.
Aún golpeado por la potencia de los medios virtuales, El Universo ha logrado conservar hasta ahora la posición de referente en la opinión pública del Ecuador. Su línea editorial —aún con sesgos, como cualquier otra— ha sido un ejemplo de seriedad y responsabilidad, y entre sus columnistas han pasado varias de las mentes más luminosas del país. En un mundo en el que abunda la desinformación, El Universo se ha caracterizado por brindar siempre información y opinión de calidad.
La venta de El Universo necesariamente lleva a una reflexión mucho más profunda sobre el rol que los medios de prensa cumplen (o deben cumplir) en una democracia. Aunque no reconocido como un poder político oficial, la prensa suele erigirse como un contrapeso importante al poder. La crítica, siempre que sea transparente y bienintencionada, es saludable para una democracia. Pero el papel de la prensa va más allá de fiscalizar: también consiste en informar con rigor, verificar hechos, poner temas relevantes en agenda y ofrecer contexto para que la ciudadanía pueda formarse opiniones basadas en evidencia, no en rumores ni consignas. Cuando ese trabajo se hace bien, la prensa reduce desigualdades de acceso a la información, expone abusos y obliga a los gobernantes a rendir cuentas. Es por eso que cuando ocurren estas transacciones comerciales multimillonarias, la pregunta central no es solo quién compra, sino qué se compra: se compra una empresa, sí, pero también se compra un espacio de deliberación pública, y, potencialmente, la capacidad de influir en qué se dice y qué se silencia en la arena pública.
También cuando se da una operación de este tipo hay que fijarse en los momentos. El Ecuador atraviesa una época en que la censura a varios medios de prensa -de forma explícita o velada- viene haciéndose una lamentable costumbre. Ya el año pasado se vendieron Radio Centro y La Posta a un asambleísta alterno de ADN, en condiciones —por decir lo menos— sospechosas. Enseguida salieron los dueños de los medios en cuestión a justificar las ventas, a decir que sus conciencias estaban tranquilas, y que las líneas editoriales no estaban comprometidas. Pero, solo como ejemplo, La Posta pasó de ser el medio más popular del país, en el que se ventilaban (bien o mal) los escándalos más graves de corrupción —el medio que sacaba ministros o incluso un presidente— a ser prácticamente nada. El poder compró a La Posta, y lo calló.
No sabemos a ciencia cierta qué irá a pasar con El Universo. Pero los síntomas no son buenos. Algunas de sus plumas más lúcidas han empezado a despedirse. Ojalá no pase lo que ya ha pasado con otros medios importantes en este país, que han sido callados por el poder. Por ahora, no queda más que rendirle un homenaje por los más de cien años de periodismo serio y comprometido.