Columnista Invitada
La trampa del desencanto: cansancio, miedo y renuncia cívica
Dra. en Jurisprudencia, Decana de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UDLA, Directora Ejecutiva Participación Ciudadana. Con más de 20 años trabajando temas de democracia, procesos electorales, Transparencia y Diálogo Político.
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Terminó un año difícil en términos políticos y democráticos. La crisis de inseguridad no amaina, y como si fuera poco, el pilar fundamental del estado de derecho — la justicia—está gravemente erosionado.
2026 debuta en un escenario frágil y de profunda incertidumbre, acompañado de expectativas menguadas y cansancio ciudadano acumulado. No son pocos los que anticipan peores días, y señalan la ausencia de liderazgos nacionales, y locales como causa del vacío de soluciones estructurales. En suma, el desencanto se ha generalizado.
Ese desencanto es comprensible y legítimo, pero, si la desilusión aumenta y se normaliza, podría convertirse en una trampa peligrosa, poniendo en riesgo la fe misma en la democracia.
Los tiempos recios suelen operar así. El conflicto democrático le gana la moral al patriotismo; la polarización sustituye al diálogo, y la lanza del miedo atraviesa a todos de tal forma, que llega a convencer de que no vale la pena insistir en prácticas democráticas y construcciones colectivas.
No obstante, el desencanto es una trampa sutil. Si bien descansa en razones extremas de inseguridad, retórica vacía e instituciones debilitadas, su consecuencia más grave es la renuncia ciudadana. Cuando se acepta que se tomen decisiones basadas en criterios de miedo y no desde planes estratégicos, la democracia empezará a ceder rápidamente, porque los grandes retrocesos democráticos se originan en soluciones urgentes cuando el caos institucional o político impera.
¿Cómo evitar caer en la trampa fatal del desencanto en este 2026? Se pueden pensar algunas ideas sobre cómo afrontar ese desafío. La defensa de la democracia no puede ser una tarea reservada a las élites políticas solamente. Debe ir más allá e involucrar de forma protagónica a quienes reciben en última instancia las consecuencias de decisiones políticas erráticas: los ciudadanos.
En momentos de crisis y en ausencia de partidos sólidos, la sociedad civil es la llamada a despertar y sostener el espacio público frente al miedo, la desinformación y la tentación autoritaria. Dejar de ser meros observadores de los hechos y comenzar a actuar.
Es la sociedad civil la que podría cumplir un papel clave. Forzar debate y deliberación. Organizaciones, colectivos, academia, gremios, iglesias, y, sobre todo, los medios independientes, podrían transformar las preocupaciones nacionales dispersas en demandas públicas e informadas, por ejemplo, y proponer demandas y análisis técnicamente argumentados.
Y a propósito de esta idea vale decir que la defensa de la democracia implica también que los ciudadanos no sigan delegando completamente el ejercicio de la política. Se necesitan políticos –es un hecho irrefutable–. Pero, si ese espacio aún está en construcción, y ese vacío no se ha llenado, los ciudadanos pueden trabajar fortaleciendo los espacios y mecanismos de exigencia de transparencia y rendición de cuentas desde la ciudadanía. Que apunten a ejercer, por ejemplo, control social al uso de recursos públicos, designación de autoridades y reglas electorales.
En este 2026, lo óptimo debería ser que la sociedad civil entre con fuerza a disputar el espacio del sentido común, porque parte de la erosión que se vive en el país también responde al reduccionismo y empobrecimiento del debate público, anclado únicamente a consignas emocionales en redes sociales, que confunden a la ciudadanía con destellos de política pop.
Por lo tanto, si la sociedad civil apuesta por la generación de información basada en datos, y crea espacios de pedagogía cívica, podría conseguir desmontar falsas dicotomías que usualmente son usadas para justificar soluciones de corto plazo con altos costos institucionales.
Nada de esto es posible sin reconstruir la confianza horizontal entre ciudadanos. Para fomentar deliberación hay que fortalecer el tejido social. Sin sociedad civil la democracia desaparece. Este reto no es menor, pero, la alternativa es perder de a poco y silenciosamente la democracia sin remedio. Pero lo cierto es que la democracia no puede salvarse sola¸ se salva únicamente cuando los ciudadanos toman la decisión de no abandonarla.
Entonces, este 2026, insistir en la defensa de la democracia y avivar a la sociedad civil se vuelve, ante todo, un acto de responsabilidad cívica. Significa dejar de mirar a un lado y comprender que los derechos no son un lujo y hay que defenderlos. La democracia es un asunto de todos.