Columnista Invitada
Democracia sin guardianes: Ecuador frente al vacío ético
Dra. en Jurisprudencia, Decana de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UDLA, Directora Ejecutiva Participación Ciudadana. Con más de 20 años trabajando temas de democracia, procesos electorales, Transparencia y Diálogo Político.
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En toda democracia existen filtros informales de poder, actores que cumplen la función de guardianes del sistema democrático. La literatura los denomina gatekeepers: aquellos que, sin necesidad de ocupar cargos formales, equilibran el ejercicio del poder, ponen límites, denuncian excesos y actúan como barreras frente a la llegada o consolidación de proyectos políticos abiertamente autoritarios o corruptos. No son una abstracción teórica. Se expresan en las élites políticas responsables, en los partidos, en los liderazgos de opinión, en los medios de comunicación independientes y en una sociedad civil activa y organizada. Su tarea es incómoda, pero esencial: sostener las reglas del juego democrático cuando las instituciones formales comienzan a resquebrajarse.
¿Pero qué ocurre cuando estos filtros fallan? ¿Qué pasa cuando los guardianes democráticos optan por el silencio reiterado frente a los abusos de poder, cuando se alinean con intereses poco democráticos o se acomodan a cambio de beneficios, prebendas o protección? Ocurre lo previsible: la democracia queda expuesta, indefensa, y comienza un proceso lento pero persistente de deterioro institucional.
Durante décadas, el Ecuador contó con gatekeepers relativamente eficaces. En momentos de crisis, la sociedad civil solía ocupar las calles, los gremios alzaban la voz y la prensa independiente actuaba como contrapeso real frente a la corrupción y el autoritarismo. Esa capacidad de reacción colectiva construía auténticas fuerzas de choque ético que incomodaban a cualquier régimen, sin importar su signo ideológico.
Pero, desde hace tiempo, estos actores parecen haber abandonado su rol. Las líneas rojas que antes eran claramente marcadas hoy están diluidas o, simplemente, han desaparecido. La sociedad ecuatoriana se encuentra atrapada en una fragmentación profunda, alimentada por la polarización y por agendas de corto plazo que anulan la capacidad de articulación colectiva. La reacción inmediata frente a la corrupción, la inseguridad, la vulneración de la ley o la mala gestión política se ha vuelto errática, tibia o inexistente. Muchos actores prefieren no tomar posición frente a una coyuntura atravesada por la violencia, la crisis judicial y la incertidumbre política. El cálculo individual ha reemplazado al compromiso democrático, y el miedo ha sustituido a la indignación.
Esto es grave porque la historia demuestra que cuando los gatekeepers fallan, y los guardianes de la democracia abandonan la defensa de la ética pública, se instala una crisis de valores donde todo se vuelve relativo. El silencio de los actores clave abre la puerta a la normalización de la ilegalidad, justificada en nombre de supuestos cambios que, en realidad, aseguran que nada cambie: gatopardismo puro.
Así está hoy el Ecuador. La vulneración de la Constitución se ha convertido en una práctica política recurrente que no genera escándalo. Las alianzas políticas cuestionables se aceptan con naturalidad, amparadas en la urgencia coyuntural del momento. Nada indigna lo suficiente.
A este escenario se suma el uso distorsionado de las redes sociales. En lugar de promover información pública, debate ciudadano o rendición de cuentas, se utilizan para exhibir estilos de vida aspiracionales, inalcanzables para la mayoría. El brillo, el dinero fácil y la ostentación se han instalado como referentes de éxito, especialmente entre los jóvenes, en un país con una deuda social profunda que aún lucha contra la desnutrición infantil y la exclusión estructural.
Esto ha facilitado la penetración del crimen organizado. Por eso, es urgente que los guardianes de la democracia que todavía existen decidan reaccionar, salir del ostracismo y romper la apatía. El llamado a desempolvar vocerías civiles éticas no es retórico: es una urgencia. La sociedad ecuatoriana necesita referentes que recompongan un camino dañado por quienes han vendido su conciencia al mejor postor, debilitando deliberadamente las bases del Estado de derecho.
Todos podemos ser guardarrayas democráticos. Pero para ello, hay que volver a incomodarse, a indignarse y a actuar. Hay que pelearle al Ecuador, con convicción, memoria y coraje democrático.
El Ecuador necesita volver a escuchar voces incómodas. Vocerías civiles que no pidan permiso, que no negocien silencios, que no se acomoden al clima del miedo ni al cálculo personal. Recuperar a los guardianes de la democracia no es un gesto nostálgico: es una condición mínima para evitar que la justicia termine capturada y la política definitivamente cooptada por la narcopolítica.
Todavía estamos a tiempo. Pero el silencio, hoy, ya no es neutral: es complicidad.