El Chef de la Política
Lengüilargos
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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El debate público del país está cada vez más inundado de lengüilargos. Este tipo de seres se caracteriza por comunicarse a través de insultos, agresiones y referencias que buscan, esencialmente, ofender. El lengüilargo no puede decir nada sin atacar. Es incapaz de proponer una idea sin descalificar al otro o mirarlo por encima del hombro. En general, el lengüilargo hace gala de los estudios que ha hecho o de sus logros profesionales. Habla en el lenguaje del griterío futbolero, pero en redes sociales. Se expresa en el palabrerío de la juerga de madrugada, pero a través de medios de comunicación. El lengüilargo pretende ser bonachón e inteligente, trata de caer bien al público. Se asume querido y popular cuando en realidad, desde sus más cercanos, lo ven con lástima o incluso desprecio.
Esta particular especie, la del lengüilargo ecuatoriano, no solo ha ganado espacios de influencia, sino que se reproduce exponencialmente. Algunos ocupan cargos públicos en los que se parapetan para expeler su inmundicia a diestra y siniestra. Sonríen y mueven las manos mientras agreden y denigran. Asumen que ese es el performance perfecto para cautivar al electorado. Le agregan vestimenta estrafalaria a su verborrea vacía pues así creen que son más convincentes y que ganan adeptos. En el fondo, bien en el fondo, el lengüilargo sabe que su exposición pública es temporal y que con el pasar del tiempo y los vericuetos de la vida, pronto volverá al lugar del que emergió.
Otra variante de lengüilargo tiene micrófono incorporado. Ofende al digno oficio del periodista cuando se atribuye el membrete de tal. Lo suyo es el griterío vulgar y el epíteto desentonado. Informar es lo que menos le importa. Este tipo de lengüilargo usa la noticia y la coyuntura para ofender, sacar a relucir su “hombría de bien” y fundamentar sus apreciaciones en la apariencia física del agredido, su vida sentimental o cualquier tipo de minucia que pueda servir como punto de partida para dilapidar la honra de la gente. En ocasiones se junta con un espécimen de similares características, al que llama entrevistado, para a dúo proferir insultos de la más rancia calaña.
Pero también tenemos una vertiente de lengüilargo que pulula en su rol de opinador de cuanto tema aparezca. Sabe de todo, porque firmemente cree que es así, y de ahí su auto legitimación para minimizar y ofender a quien ose pensar de forma distinta. Manda a leer la constitución y la ley a quien se ponga al frente. En ocasiones se disputa el espacio a insulto limpio con otras variantes de lengüilargo, asumiendo que así será más respetado, más valorado, más reconocido socialmente. Este tipo de lengüilargo es el caso de estudio perfecto para la siquiatría o la sicología.
Aunque los lengüilargos no son la mayoría, sí son los que ocupan prioritariamente los diferentes espacios de la vida pública. Los lengüilargos administran el Estado, fungen de periodistas o hacen opinión de cuanto tema surja en el día a día. Los lengüilargos están en todo lado pues, como sanguijuelas sociales que son, se adhieren a cualquier espacio que los torne visibles y les permita aliviar en alguna forma su debilitada autoestima. En definitiva, los lengüilargos provienen de cualquier espectro ideológico, etnia, edad, sexo o religión.
Más allá de la descripción, el problema de fondo no es la presencia de lengüilargos sino el crédito que como sociedad les otorgamos. Con un poco más de pensamiento crítico podríamos diferenciar de mejor forma al político serio, al periodista correcto y al opinador mesurado. Identificarlos no es una tarea demasiado compleja: basta escuchar cómo se expresan o leer cómo escriben para saber que estamos frente a un lengüilargo. Sin insulto u ofensa de por medio, no son ellos. No son fogosos, desinhibidos ni frontales. Simplemente son personas que se ganan su espacio a punta de agresiones y vituperios.
Si nos empeñamos en el ejercicio de encapsular a los lengüilargos en sus propias y particulares formas de comprender el mundo, ayudaríamos a una depuración del debate nacional, que tanta falta nos hace. Ahí hay un ejercicio ciudadano que no excluye la actuación de los lengüilargos, sino que simplemente los castiga con la compasión y la indiferencia, dos armas letales frente a las que el insulto y la agresión no tienen oportunidad de reaccionar.