Sin techo y bajo toque de queda | Así viven las noches de restricción quienes duermen en las calles de Guayaquil
Controles policiales, temor a la violencia y redes de ayuda marcan las noches de habitantes de calle que duermen en portales y aceras en el centro de Guayaquil, en medio de la restricción de movilidad.

Dos habitantes de calle pernoctan en una acera de la calle Escobedo, en el centro de Guayaquil, previo al toque de queda del miércoles 18 de marzo de 2026.
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PRIMICIAS
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Redacción primicias
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A las 23:00, cuando el toque de queda vacía las calles del centro de Guayaquil, hay quienes no tienen a dónde ir. Acostados sobre cartones, planchas de espuma o directamente sobre el suelo, decenas de personas sin hogar enfrentan las horas de restricción de movilidad entre controles policiales, temor a la violencia y la incertidumbre de pasar la noche a la intemperie.
El toque de queda, vigente del 15 al 30 de marzo de 2026, busca contener la violencia en zonas consideradas críticas. La medida restringe la movilidad de 23:00 a 05:00 en provincias como Guayas, donde, según datos oficiales, el 31% de los homicidios se estaban cometiendo en ese horario.
Pero para quienes viven en la calle, la disposición implica continuar resistiendo en las aceras, enfrentando la dureza del cemento, el temor a la violencia y la incertidumbre de una restricción de movilidad que no contempla a quienes no tienen un techo.
En la calle Vélez, entre Chimborazo y Escobedo, 14 personas se alinean cada noche a lo largo de una acera, frente a portones metálicos cerrados de locales comerciales. Y en tres cuadras, en Escobedo entre Francisco de Icaza y Luque, otra decena se acomoda entre cartones y cobijas. En 9 de Octubre y Rumichaca, al pie de una zona militar, una docena más repite la misma escena.
Testimonio en la acera
María (nombre protegido), de 73 años, lleva tres años durmiendo en una acera del centro. Antes vivía en el Oriente -dice- pero la pandemia de COVID-19 marcó un quiebre en su vida: perdió familiares, estabilidad económica y la posibilidad de sostener un arriendo.
“A mi edad ya no me dan trabajo, el mes de arriendo pasa rapidito y los dueños de casa no te esperan. Necesito dinero para medicina y no me alcanza para arrendar un lugar".
María, habitante de calle de 73 años.
Con problemas de salud y sin ingresos fijos, sobrevive vendiendo artículos pequeños como cepillos de dientes, mascarillas o cotonetes en el centro de Guayaquil.
Cada noche arma su espacio con cartones, una espuma delgada y cobijas en la acera sur de la calle Vélez, entre Chimborazo y Escobedo. Se trata de la única persona que duerme de ese lado de la acera -el dueño de un local que tiene cámaras de videovigilancia le ha autorizado a pernoctar solo a ella en el lugar- mientras en la acera de enfrente duermen decenas de personas.
“Es duro vivir en la calle, pero casi cada noche nos llega comida”, dice en referencia a la ayuda solidaria de ciudadanos, fundaciones y de brigadistas que llegan al lugar. Lo más difícil, sin embargo, es la exposición, dice: “Lo complejo es estar a la intemperie. Puede haber una persona mala, un sicario...”.

Controles nocturnos sin desalojos
Durante las primeras noches del toque de queda, María asegura que ha presenciado controles nocturnos, pero sin incidentes ni detenciones. “La policía y los militares rondan el sector. Vienen, preguntan, revisan si hay armas y se van”, dice.
Adriana, de 41 años, llegó desde Durán hace poco menos de un año tras sobrevivir a un ataque armado. Afirma que resultó baleada en medio de las constantes balaceras que aquejan al vecino cantón en Guayas, por lo que decidió trasladarse a Guayaquil.
Hoy duerme en una acera y dice no tener familia ni red de apoyo. Ella asegura haber impuesto normas básicas de convivencia en esa cuadra, pero persiste el temor que se los puedan llevar detenidos en el toque de queda. “Aquí había sangre, había robo, había droga. Estamos combatiendo todo eso”, afirma.
La restricción de movilidad ha disminuido las riñas en el sector, explican las personas sin hogar del sector. “Muchas personas se están controlando en la ingesta de alcohol y se van a dormir temprano, porque temen que durante la noche salgan con alguna grosería y se los lleven presos”.
Ricardo, de 53 años, vive en la calle desde 2022 y coincide en que el temor inicial era que la medida implicara detenciones. “Pensábamos que a quien encontraran en la calle se lo llevaban preso. Pero no ha pasado. Solo han venido a verificar documentos”. Él describe operativos con agentes de inteligencia policial, vestidos de civil, que llegan en camionetas en la madrugada a realizar los controles.

Limpieza como moneda de cambio
El hombre sostiene una escoba y dice que se encarga de limpiar la cuadra cada mañana a las 06:00, cuando se retiran del sitio, para que los dueños de los negocios les sigan permitiendo pernoctar en el lugar, también en la calle Vélez, frente a las puertas metálicas tipo lanford de locales comerciales.
Esta autogestión busca mantener la armonía en un entorno donde la violencia y las adicciones suelen ser moneda corriente. La ayuda externa es el otro pilar que sostiene a esta población.
“Este es un sitio al que personas cristianas y de fundaciones vienen a dejar comida, ropa. Entonces tenemos que cuidarlo, no podemos perderlo. No nos conviene que por uno nos vayan a desalojar a todos”, dice. Él terminó en la calle tras un episodio de violencia intrafamiliar. Tiene una denuncia en la Fiscalía por los hechos que involucraron a su hermanastro, su padrastro y su madre.
"Nunca pensé que llegaría a vivir en la calle. Al principio me daba vergüenza que me vieran aquí, pero la necesidad es más fuerte".
Ricardo, habitante de calle.
El desafío institucional para atender a los habitantes de calle en Guayaquil es enorme. A lo largo de dos años, entre 2023 y 2025, la Empresa Pública Municipal Desarrollo y Acción Social de Guayaquil (DASE) reportó haber abordado a casi un millar personas en situación de calle en la ciudad, cerca de 400 aceptaron ingresar en algún momento a albergues municipales para recibir asistencia humanitaria.
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