La Diablada de Píllaro: fiesta y tradición que se mantiene vigente en el inicio de cada año
Entre las cinco 'partidas' que participaron en esta tradición hay unos 10.000 diablos, varios son de Píllaro y otros son turistas que se suman al festejo.

Personas disfrazadas participan en la Diablada pillareña de 2026 en Píllaro (Ecuador).
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EFE
Autor:
Redacción Primicias/EFE
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Miles de diablos bailan cada inicio de año en Píllaro, como símbolo -según algunas versiones- de rebeldía indígena y en repudio a la imposición de antaño de la religión católica, una danza colectiva que con el pasar de los años se ha convertido en fiesta, con mefistófeles como protagonista.
Del 1 al 6 de enero, las calles se llenan de diablos que bailan y lanzan sonidos guturales; guarichas (generalmente hombres vestidos de mujer) que bailan; parejas en línea (que representan a la elite) y capariches, un personaje que avanza barriendo la calle con escoba de ortiga para limpiar el camino por donde pasarán las comparsas, conocidas en la Diablada de Píllaro como 'partidas'.
Entidades oficiales señalan que la festividad tiene sus orígenes en relatos populares que narran cómo, en tiempos antiguos, hombres se disfrazaban de diablos para ahuyentar a quienes cortejaban a las mujeres de sus pueblos

¿Rebeldía indígena?
La Diablada pillareña, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de Ecuador, no es solo un desfile: es un acto "de rebeldía de nuestros indígenas en repudio a la religión católica que nos vinieron a imponer los españoles", explicó a EFE Patricio Carrera, cabecilla de la 'partida' de la zona de Marcos Espinel.
Pero otra versión cuenta que hace años, los hacendados dejaban a sus trabajadores que "por año nuevo se regocijen bailando con su familia y liberar así el estrés del trabajo al que eran sometidos", y para ello usaban máscaras de diablo, relató.
Las máscaras, antes simples, hoy son obras de arte hechas de varias capas de papel, que pueden pesar hasta 25 libras (unos 11,3 kilos), llenas de detalles hechos a mano: miradas desafiantes, arrugas, colmillos en varias direcciones y varios cuernos de venado o carnero, entre otros
Bailar con ellas exige resistencia física y un cuerpo preparado para aguantar horas de danza bajo el sol o la lluvia por las estrechas calles de Píllaro, a algo más de dos horas de Quito.
Carrera calcula que entre las cinco 'partidas' que participan en esta tradición hay unos 10.000 diablos, pero no todos son pillareños, pues la Diablada atrae a turistas locales y extranjeros que, para participar, pagan USD 3, dinero con el que financian la banda musical que los acompaña durante la jornada.
Cristian Serpa, de 38 años, viajó cinco horas desde la provincia del Cañar (sur) y, junto a su esposa, rentó por menos de USD 40 los atuendos y las máscaras: ella de capariche (vestido blanco con cintas de llamativos colores) y él de diablo (con pantalón negro, camisa roja brillante y máscara de largos cuernos).
"La diablada es un ejercicio de unión nacional", dijo a EFE antes de unirse al grupo de danzantes para aprender los pasos de baile.

Décadas bailando
En la plaza frente a una iglesia católica, Jorge Andrade cuenta que 20 de sus 38 años ha bailado en la Diablada y, aunque sigue disfrutando como el primer día, muestra su malestar por la presencia de "mucho turista que baila y no sabe de la tradición". También cuestiona que hayan muchos personajes en las comparsas, cuando antes el predominante era el diablo.
"Uno sale del 1 al 6 a liberarse. Es una forma de expresar libertad", dijo antes de recordar otra de las versiones del origen de la fiesta que evoca que la gente antes se disfrazaba de diablo en representación de los capataces, a manera de catarsis.
A sus 81 años -60 de los cuales bailó en la Diablada- Aurelio Guanín, se lamenta de no poder seguir con la tradición por problemas en su columna.
"Ya no avanzo, ya no me da la edad", comenta a EFE antes de relatar que en un día bailaba unas seis horas seguidas por las calles, y que uno de sus hijos bailó solo un día, pero "no resistió. Mucho esfuerzo".
Pero, de pasos cortos y espalda encorvada, Aurelio ayuda a la 'partida' antes de que inicie el recorrido que recuerda que Ecuador no olvida su historia: la convierte en danza, la viste de colores y la celebra como un acto eterno de libertad.
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