Ecuador y Marruecos se unen no solo en la cancha de fútbol, sino en matrimonios en España; esta es la historia de Mayra y Aziz
La selección de Ecuador juega este viernes 27 de marzo contra Marruecos en Madrid, en un juego de preparación rumbo al Mundial. En España, estos países tienen historias de amor migrante, en los que las culturas ecuatorianas y marroquíes terminaron unidas en matrimonio.

La ecuatoriana Mayra Magallanes y su esposo, Aziz Beisnlaman, ciudadano marroquí, en una Navidad en España, donde están radicados.
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MADRID. Se conocieron en un bus, en el pueblo alemán de Königswinter. Eran los únicos pasajeros. Ella respondió un mensaje en su lengua materna y él, que había aprendido español durante su paso por España, la escuchó y se atrevió a hablarle. Intercambiaron teléfonos. Semanas después, Mayra Magallanes, ecuatoriana, y Aziz Beisnlaman, marroquí, se sentaron frente a frente en su primer café. Así comenzó su historia que terminaría llevándolos de vuelta a España.
Ahora la pareja alquila un piso en Madrid donde vive con la hija pequeña de Mayra, de 13 años. Pronto llegará su hijo mayor, de 23, al que Mayra dejó en Ecuador cuando emigró, y en verano espera la visita de la segunda hija de la ecuatoriana que decidió quedarse en Alemania. Entonces, dice la mujer, “todas las piezas estarán juntas”. Mayra describe su vida como un rompecabezas o un crucigrama mal resuelto durante años. “Como dice la canción, mi vida es como un crucigrama”, repite, citando a la cantante ecuatoriana Juanita Burbano. Las piezas de puzzle, en realidad, son sus tres hijos, que nunca han estado juntos.
Esta madre migrante llegó a España en 2003, cuando tenía 22 años y un hijo de apenas once meses al que dejó en Ecuador. “Mi hijo tenía 11 meses cuando me vine”, recuerda. En Granada comenzó una nueva vida que pronto se torció. Conoció a un hombre y tuvo una segunda hija, pero su vida estuvo marcada por la violencia y los conflictos legales. Ella intentó alejarse varias veces, pero el hombre llegó a poner una denuncia. “Me había denunciado en la Guardia Civil, diciendo que a la niña la tenía secuestrada”, cuenta.
En 2009 intentó volver a Ecuador para empezar de cero con sus dos hijos, pero las amenazas de su expareja la obligaron a regresar. Fue su padre quien la empujó a tomar esa decisión: “Para evitar que te quiten a la niña, ándate”, le dijo y hasta le compró los boletos aéreos.
Pero la violencia no terminó ahí. Años después, en Murcia, donde había ido la pareja, vivió lo que describe sin rodeos como un intento de feminicidio. “Intentó matarme en la bañera”. Esa noche marcó un punto de no retorno. Huyó a Madrid con su hija.
En la capital conoció al hombre que sería el padre de su tercera hija, con quien se trasladó a Alemania en 2013. Sin embargo, la estabilidad duró poco. Once meses después del nacimiento de la niña, él la abandonó. “Voy a traer al amor de mi vida de Ecuador”, le dijo. Mayra se quedó sola en un país nuevo, con dos hijas.
Allí resistió durante once años. Trabajó, crió, reconstruyó, y en un autobús vacío un día conoció a Aziz.
El matrimonio mixto
La pareja se casó por lo civil en España y recibió una bendición de un imán. La suya es una de las miles de historias que explican el crecimiento de los matrimonios mixtos en España. En 2023, casi una de cada cinco bodas —el 19,8%, la última cifra conocida— fue entre un español y una persona de distinto origen. Además, 6.071 uniones —el 3,5% del total— fueron entre dos personas extranjeras, como en el caso de Mayra y Aziz. La estadística crece y la convivencia se construye a veces con fricciones invisibles.

Mayra lo admite sin dramatismo: “A veces digo, uy, qué complicado adaptarse a otras costumbres”. Habla del Ramadán, de la religión, de pequeños gestos que obligan a negociar identidades. Ella no se ha convertido al islam, aunque lo ha considerado. Él reza, ayuna, mantiene sus prácticas
“Él es muy religioso, tiene su horario para rezar, todo bien organizado”, explica Mayra. “Yo una vez intenté hacer el Ramadán, pero caí enferma y lo dejé. Este año no tuve voluntad, la verdad”. Aziz, en cambio, lo cumple “todos los años”, dice ella. Hay más diferencias que aparecen en lo cotidiano. Él no come cerdo ni carne que no sea halal, lo que al principio la llevó incluso a dejar de comer carne por respeto. “Se me hacía feo comer delante de él”, recuerda. Con el tiempo, aprendieron a convivir: “Hacemos comida distinta para que él también pueda compartir con nosotros”.
“Yo me adapto a todo”, dice ella. “Hasta en la comida”. Luego sonríe y acepta que volvió a comer cerdo a su retorno a España.
En ese momento, Aziz aparece en el salón y va a apagar el horno donde se asa un pescado. Habla poco, pero escucha mucho. “Cada persona tiene cosas negativas y positivas, tú coges siempre las cosas buenas”, dice con calma. Cuando se le pregunta por las diferencias religiosas, responde sin rodeos que “el amor no es religión”.
La familia de Mayra no recibió la relación sin reservas. “Mi madre me decía: ‘No hace falta que te cases, sola estás mejor’”, cuenta. También pesaban los estereotipos: “Decían que los marroquíes son machistas, que se casaban con varias mujeres”. Ella respondió desde su propia experiencia: “Después de todo lo que he sufrido, le digo, no todos son iguales”.
La vuelta a España
Hace tres años regresaron a España por un diagnóstico que lo cambió todo. En Alemania le dijeron que tenía cáncer de cuello de útero. Volvió a Madrid para estar cerca de su familia. “Vine aquí, me hice los exámenes y no tengo nada, gracias a Dios”. No era cáncer. Pero el regreso ya estaba hecho.

La vida, sin embargo, no mejoró en todos los frentes. Ambos coinciden en que Alemania era más fácil. Mayra lo dice sin rodeos: “Aquí te presionan y encima te pagan muy mal”. En limpieza llegó a ganar 1.980 euros (USD 2.284) en Alemania; en España, apenas 600 o 700 (USD 692 u 807). Incluso calcula haber cobrado “2,50 euros la hora” en un empleo.
En el salón de su casa, mientras hablan, Ecuador está en cada rincón: la bandera de Guayaquil, una lata de Pilsener que le trajeron desde Ecuador, sombreros de paja, una máscara de Diablo Huma. De Marruecos no hay nada.
La conversación deriva hacia un partido improbable, el clásico de la migración: Ecuador contra Marruecos. Mayra intentó conseguir entradas, pero no tuvo suerte. “Volaron como pan caliente”, dice y añade que quizá lo vean juntos en algún bar.
No hay rivalidad real. Aziz defiende que su selección es buena y ganó la Copa Africana de Naciones 2025, aunque Senegal ha apelado a esa decisión. Mayra confía en que el resultado sea favorable para Ecuador.
Su historia no va de banderas ni de fronteras, sino de reunir piezas. Y ahora, con su hijo a punto de llegar y su familia por fin a punto de coincidir en el mismo lugar, ese rompecabezas con las piezas sueltas durante dos décadas empieza, por primera vez, a completarse.
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