El ecuatoriano que rescata libros de la basura y los pone al alcance de otros en el Metro de Madrid
Jonathan Castelo hurga donde sea y encuentra libros en Madrid. Luego los regala en un circuito cuya idea es la libre circulación de la palabra y también llegar con textos a zonas rurales de Ecuador. Con ese gesto, con esa visión, busca contagiar a otros de su amor por la lectura. Y recordar que el libro es una herramienta de cambio.

Jonathan Castelo, migrante ecuatoriano que lleva 25 años en España, recoge libros descartados en Madrid y los pone a circular en las zonas del Metro con su proyecto 'Libros Libres Ecuador'.
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Soraya Constante
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Jonathan Castelo empuja un carrito de la compra por los pasillos del Metro de Madrid. Dentro no hay comida ni objetos de primera necesidad, sino novelas, ensayos y cómics rescatados de la basura, libros expulsados de pisos cada vez más pequeños en una ciudad donde ya no sobra el espacio. En 2025, el mercado editorial español vendió 76 millones de ejemplares impresos, una cifra que confirma no solo que se publica mucho, sino que también se descarta mucho. Jonathan recoge ese excedente invisible, lo limpia y lo devuelve a la circulación, como si se negara a aceptar que, en un país que produce tantos libros, alguno de ellos tenga que terminar en un contenedor.
El joven ecuatoriano, que tiene 36 años y lleva 25 en España, viste una camiseta en la que se lee “Libros Libres Ecuador, el conocimiento es poder”. No es solo un lema. Es una declaración de intenciones que intenta empujar también en redes sociales, donde con ayuda de una media hermana que vive en Ecuador documenta y publica su rutina con una mezcla de orgullo.
Cada vez que puede, generalmente los viernes, hace una especie de ronda por las metrotecas instaladas en Madrid. Son pequeños puntos de intercambio de libros repartidos por distintas estaciones. Espacios informales donde cualquiera puede dejar un libro y llevarse otro. Una biblioteca sin carnet ni horarios. Jonathan las utiliza como base de operaciones. Las llena, las revisa y las mantiene vivas.
“Mi objetivo es que el libro llegue a la persona, que llegue lo más lejos posible. Luego, lo que la gente haga ya no está en mis manos”, dice. Le da igual si alguien se lo queda para siempre o si termina vendiéndolo por unas monedas. Incluso eso, insiste, forma parte del movimiento, y el libro sigue viajando.
El gesto de dejar libros también busca contagiar a otros de su amor por la lectura. Recuerda que eso hizo con su madre, fallecida de un cáncer en España. Para convertirla en lectora, utilizó la película francesa, Intocable, cuya historia le emocionó mucho. Él le consiguió un libro que contaba algo más de esa historia. “Ahí es donde yo descubro que, para leer, no te tiene que gustar leer, te tiene que gustar la historia”.
Hoy esa idea es el núcleo de su proyecto, busca títulos pensando en quién los recibirá, a veces poniendo dinero de su bolsillo. Por eso habla de aplicar una lógica similar a la de una de las grandes cadenas de comida rápida que atrae a los niños con un menú y un juguete. “Quiero hacer lo mismo, pero con libros. Cuando sean pequeñitos, hay que darles el mejor libro, para que ellos creen un sentimiento positivo al crecer”.
Los libros como un refugio
Jonathan llegó a España a finales de los noventa. Tenía unos diez años cuando su madre lo trajo a él y a su abuela desde Ecuador. Se instalaron en Tetuán, al norte de Madrid. Lo recuerda como una etapa dura. La migración latinoamericana aún era vista como algo extraño. En el colegio hubo violencia, aislamiento y bullying. Mientras tanto, en casa, su madre encadenaba trabajos. Limpiaba casas, cuidaba ancianos durante el día y trabajaba en una imprenta de periódicos por la noche.
Él encontró refugio en los libros. O más bien en las historias. “No me gustaba leer, pero me gustaban las historias”, explica. Empezó con cómics de Los Simpson que compraba en El Rastro, el mercadillo callejero que se instala cada domingo en Madrid. Tenía veinte o treinta ejemplares. Era su manera de resistir.
Su vida laboral ha ido por otro lado. Es ingeniero de obras públicas, especializado en hidrología, pero nunca ha llegado a ejercer. “No tengo contactos y ha sido muy difícil, además, he tenido que sacar dinero para pagar las cosas”, resume.

Desde que terminó la carrera en la Universidad Politécnica de Madrid, su trayectoria ha estado marcada más por la urgencia que por la vocación. Tras la muerte de su madre en 2017, la necesidad de ingresos inmediatos se volvió prioritaria. No había margen para esperar una oportunidad en su sector. A esa presión económica se sumó el cuidado de su abuela, que requiere tiempo y presencia constante. Entre sostener la casa y cuidar, su carrera como ingeniero quedó en pausa indefinida.
En ese tiempo ha encadenado trabajos de todo tipo. Repartidor, camarero, albañil, socorrista, portero, limpiador. “He trabajado de todo”, dice, sin énfasis, como quien enumera etapas inevitables.
“Mientras esté vivo, seguiré regalando libros”
Su madre llegó a verlo terminar los estudios, pero no a ejercer la profesión. Hoy sigue trabajando en oficios alejados de su especialidad, como en un laboratorio de materiales de construcción, mientras paga facturas y financia, de su propio bolsillo, el proyecto que le da sentido.
También vendió libros en un punto de vida. Durante un tiempo los recogía para venderlos a 20 céntimos. Era supervivencia. Hoy hace lo mismo, pero ya no busca un lucro.
“Mientras esté vivo, seguiré regalando libros”, dice. No hay financiación externa. No hay estructura formal. Libros Libres Ecuador es una iniciativa pequeña, deliberadamente pequeña. “Yo soy más de proyectos pequeños, que pueda llegar a hacerlos”.
El objetivo, sin embargo, es grande. Quiere llevar libros a Ecuador, a zonas rurales, a comunidades donde el acceso a la cultura es un lujo. Ya lo ha hecho. Ha enviado kilos de libros a lugares donde no hay bibliotecas o donde acceder a ellas implica pagar. “En Ecuador, al final son todo barreras”, cuenta.
Ese esfuerzo tiene destino y nombres concretos. Jonathan ha llevado libros a San Juan de Romerillos, una comunidad rural cercana a Machachi. También llegó hasta Pastaza, en plena Amazonía, donde los libros viajaron en avioneta desde Puyo hasta una comunidad en la selva. En la costa, su proyecto pasó por Manabí, en zonas como San Jacinto y en áreas golpeadas por el terremoto de 2016. Ha trabajado con comunidades tsáchilas en Santo Domingo y, a través de amigos que cargan libros en la maleta, ha logrado que los ejemplares lleguen también a ciudades como Loja y Ambato.
Cree en los libros como herramienta de cambio. No en abstracto, sino en lo concreto. En una frase, en una idea que aparece en una página cualquiera.
“Las ideas cambian a las personas, a lo mejor lees un libro entero, y, a lo mejor, en la página 30, en el renglón 13, está la idea que te cambie la vida”.
Jonathan Castelo, migrante ecuatoriano en España, líder del proyecto Libros Libres Ecuador
Por eso insiste en moverlos. En que no se queden quietos. En que no se acumulen en estanterías que nadie toca.
En su casa, los libros también cumplen la función de acompañar a su abuela, con problemas de visión y memoria. La mujer tiene más de 90 años y vive rodeada de ellos. Jonathan le consigue libros infantiles con letras grandes, historias cortas, ilustraciones que despiertan la curiosidad.
Entre esos libros y ese cuidado cotidiano, la lectura deja de ser un hábito y se convierte en una forma de estar en el mundo. Jonathan sigue empujando su carrito por el metro. No solo transporta libros, sino una idea obstinada, que incluso en medio del ruido, de la prisa y de la precariedad, alguien puede abrir una página y encontrar algo que le sostenga.
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