Desde Ecuador al País Vasco, así viven los ecuatorianos que se establecieron en el norte de España
Según el Instituto Nacional de Estadística, hoy hay 2.243 ecuatorianos registrados en las principales ciudades del País Vasco: Bilbao-Bilbo, donde existe un consulado de Ecuador, Donostia-San Sebastián y Vitoria-Gasteiz.

Paulina Viteri es la jefa de cocina del restaurante Garrancho, en Donostia-San Sebastián, en País Vasco, España.
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Soraya Constante
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La cita con la ecuatoriana Andrea Romero es en una nave de un polígono industrial de Vitoria-Gasteiz, el lugar donde los migrantes se reúnen para jugar ecuavoley y resguardarse del frío, que en enero roza los cero grados. Solo una esquina del galpón está templada por dos estufas de gas.
Allí las mujeres rezan la novena del Niño Jesús, cuya misa celebran cada año después del Día de Reyes, mientras en el extremo opuesto los hombres juegan cartas.
Andrea, de 34 años y oriunda de Zaruma, menciona a otras dos ecuatorianas clave en este espacio, Carmen, quien alquila la nave que funciona como punto de encuentro, y Fanny, dueña de la imagen religiosa. Las tres llegaron a este punto del País Vasco, en el norte de España, siguiendo a los hombres de sus familias.

En el caso de Andrea, el viaje comenzó cuando a su padre, carpintero, le ofrecieron trabajo allí. Al principio iba y venía entre Madrid y Vitoria-Gasteiz, hasta que finalmente trasladó a toda la familia.
El País Vasco, cuya capital es precisamente Vitoria-Gasteiz, es una comunidad autónoma con una historia densa, marcada por la industria, la identidad y la violencia política. Hoy se presenta como modelo de innovación y bienestar en Europa, pero hasta 2018 fue escenario de un conflicto armado que atravesó la vida cotidiana y dejó una huella difícil de borrar.
En este territorio, que pasó de ser cuna de la organización terrorista ETA a laboratorio de paz, llegaron también miles de migrantes para construir una vida lejos de casa.
La presencia ecuatoriana creció con rapidez. De poco más de un centenar registrados en 1999 pasó a casi 8.000 en 2006, su pico más alto. Con la crisis hipotecaria la cifra descendió, pero volvió a fortalecerse a partir de la pandemia.
Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, hoy hay 2.243 ecuatorianos registrados en las principales ciudades de la comunidad, Bilbao-Bilbo, donde existe un consulado de Ecuador, Donostia-San Sebastián y Vitoria-Gasteiz. La doble denominación de las ciudades responde a razones históricas y políticas y refleja la convivencia de dos lenguas, el castellano y el euskera.
El euskera es el principal obstáculo

Es con el euskera con lo que más han batallado los migrantes ecuatorianos, sobre todo cuando se trata de acompañar a sus hijos en la escuela. Ninguna de las mujeres que reza la novena en la nave industrial lo habla.
Andrea llegó al País Vasco con nueve años y fue inscrita en un colegio privado donde toda la enseñanza era en euskera. “Yo lloraba y le decía a mi papá, no, yo no me veo en ese colegio porque no entiendo nada”.
Finalmente, la familia se mudó al pueblo de Alegría-Dulantzi, donde Andrea asistió a un centro con mayor diversidad de nacionalidades y enseñanza en castellano.
Las nuevas generaciones que se han formado íntegramente en el País Vasco sí son bilingües. Es el caso de Jhael, el hijo de Andrea, que empezó su escolarización a los dos años. Su profesora de euskera, Aintzane Sánchez, explica que es un alumno muy bueno. “Empezó desde pequeñito entonces no se aprecian diferencias y tiene facilidad para hablar y expresarse en euskera”.
Reconoce que el idioma es un hándicap para el alumno que llega con mayor edad, aunque existen modelos educativos y recursos de apoyo para quienes se incorporan más tarde. En general, los niños pequeños adquieren rápido la base del idioma y las aulas mejoran con su presencia. “Enriquecen muchísimo el aula con sus historias, costumbres, música…”.
La barrera lingüística empujó a Andrea a tomar una decisión drástica al cumplir 18 años. “Yo quería seguir estudiando, pero ya me exigían más el tema euskera y lo veía muy complicado”.
Regresó a Ecuador, vivió de forma independiente para concluir su bachillerato y terminó trabajando en una cooperativa de taxis, donde conoció a su marido, Alex. Sus padres también regresaron durante la crisis económica española y devolvieron su piso para no quedarse con deudas.
A pesar de estar de nuevo en Zaruma, Andrea no lograba sentirse parte de ese lugar. “Yo siempre le había dicho a Alex que me quería ir, hacer mi vida en España porque fui criada prácticamente aquí”.
En 2017, tras el nacimiento de su hijo Jhael y gracias a su nacionalidad española, logró reagrupar a su esposo y regresaron a Vitoria-Gasteiz. Ahora la joven madre trabaja en una gestoría gracias a su formación que ha ido complementando con distintos cursos.
La hostelería acoge a los migrantes

En los sectores de servicios y hostelería, que concentran buena parte del empleo migrante, el euskera no suele ser un requisito excluyente para acceder a un trabajo, aunque en el día a día convenga al menos entenderlo.
La cita con la ecuatoriana Paulina Viteri es en uno de los restaurantes de la cadena Garrancho, en Donostia-San Sebastián, donde supervisa el ritmo del servicio y el trabajo de unas 40 personas de distintas nacionalidades, en un entorno donde la falta de mano de obra pesa más que la corrección lingüística.
Los locales de la cadena reciben a visitantes que recorren la ciudad atraídos por la gastronomía vasca.
Paulina llegó al País Vasco en marzo del año 2000 siguiendo a su entonces esposo. Su inicio estuvo marcado por un duelo migratorio profundo. En Ecuador dejó a su hija de apenas dos años. “Fue el dolor más duro de mi vida porque yo cuidaba niños cuando dejé a mi niña”.
Durante sus primeros meses como empleada doméstica en San Sebastián recuerda que pasaba “siempre llorando, llorando, llorando”, hasta que, con el apoyo de una empleadora, logró regularizar su situación y traer a su hija siete meses después.
Esta mujer, de 47 años y originaria de Latacunga, decidió no quedarse en el trabajo doméstico y apostó por la formación. “Estudié cocina aquí. Hice un grado superior de dirección de cocina, dirección y gestión en restauración”, en la escuela Cebanc, que como muchos centros de formación culinaria, imparte clases en español porque la fama de la cocina vasca atrae a muchos extranjeros.
Su trayectoria fue ascendente. “He ido saltando, empecé como ayudante de cocina, luego como cocinera, después como segundo de cocina y luego como jefa de cocina”. Describe su profesión como una labor de alta exigencia física y mental. “Doce horas, catorce horas, al final es muy sacrificado, es muy duro”. Aun así se muestra agradecida con la sociedad que la acogió.
Su meta ahora es emprender un proyecto propio. “A mí me encantaría fusionar mi comida con la de aquí”, una idea que define como la guinda del pastel de su vida en el País Vasco.
La nostalgia por el país dejado es como una enfermedad que se alivia con distintos remedios. Paulina intenta regresar a Ecuador con regularidad para calmar su añoranza. “Intento viajar casi cada dos años”.
Suele hacerlo en diciembre, una posibilidad que considera uno de los mayores beneficios de su empleo actual. “Siempre viajo en Navidad. Eso es el mayor regalo que me ha dado la empresa. El permitirme viajar cada diciembre”.
El viaje tiene como objetivo volver a ver a su padre, que ya supera los 70 años, reencontrarse con sus hermanos y compartir con ellos la Navidad. Para Paulina, regresar no es solo volver a un lugar, es volver a ocupar un sitio dentro de la familia.
Andrea, en cambio, no ha regresado a Ecuador tanto como quisiera desde que volvió a Vitoria-Gasteiz. Su familia nuclear está con ella y, en esa segunda migración, también la siguieron sus hermanos, que hoy viven en el País Vasco.
Hace poco tuvo la oportunidad de reunirse con su madre, que vino desde Ecuador para asistir a la graduación de su hijo menor, nacido en España y recientemente titulado en la Escuela de Ingeniería de Gasteiz. La añoranza que siente por el país se aquieta en los gestos cotidianos y en los objetos que la conectan con el lugar del que viene.

En su casa conserva imágenes de la Virgen de los Remedios, patrona de Zaruma, y símbolos de la ciudad minera que dio trabajo a su padre y a su esposo antes de migrar a España.
En el refrigerador hay imanes con forma de casco de minero y de lámpara de carburo, la misma que, según le contaba su padre, era la única señal de que el oxígeno se agotaba y había que salir de la montaña.
Entre la nave industrial de Vitoria-Gasteiz donde se juntan los ecuatorianos, la barra de pinchos de Donostia-San Sebastián que Paulina supervisa sin pausa y la casa de Andrea, atravesada por recuerdos de Zaruma, transcurren las vidas de mujeres que sostienen la migración desde el trabajo cotidiano.
Son trayectorias distintas, pero unidas por una misma lógica de esfuerzo y adaptación. En el País Vasco, Andrea y Paulina y otros tantos ecuatorianos han aprendido a moverse entre lenguas, oficios y ausencias, construyendo estabilidad sin borrar el país que dejaron atrás.
Ecuador permanece en los viajes, en los objetos y en la memoria, mientras el futuro se organiza aquí, en este norte donde también han echado raíces.
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