El rugido del Coloso: Así devoró el estadio Azteca a Ecuador en una noche de ritos y catarsis
Bajo una atmósfera hostil y el rugido de un Azteca colosal, México sepultó el sueño mundialista de Ecuador en una noche donde la mística y el fervor tribal devoraron a la Tricolor.

Los jugadores de la Selección de México celebran el gol de Raúl Jiménez, en el estadio Azteca, en el juego ante Ecuador
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Felipe Larrea desde Ciudad de México / PRIMICIAS
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Un estruendo ensordecedor, furioso y catártico estremeció los cimientos del Estadio Azteca. Corría el minuto 22 cuando Julián Quiñones le ganó la espalda a Alan Franco —como dictó el guión de toda la noche—, se perfiló y soltó un latigazo de zurda. El remate, inalcanzable para Hernán Galíndez, decretó el inicio del fin para Ecuador en la Copa del Mundo.
El Azteca posee una mística implacable donde la tribuna dicta sentencia. En las calles, el mexicano es dócil, hospitalario y sonriente; pero cruzar las puertas del templo lo transforma en una fiera que solo entiende de hostilidad y avasallamiento para someter al rival.
En su partido número 23 de Copa del Mundo —ningún otro altar del fútbol ha albergado tanta historia—, la afición jugó su propio torneo. Esos estallidos sonoros ante cada gol o cada desplante del rival aturden, contaminan la atmósfera y devuelven el fútbol a su estado más primitivo.
Los ritos tribales de la hinchada mexicana del Azteca
Existe una suerte de coreografía colectiva, de rito tribal que el hincha cumple a rajatabla en un estadio lleno hasta la bandera. Lo hacen con devoción religiosa, como si en cada jugada se les escapara la vida. Desde el ole, apenas empezó el partido hasta las 5.000 repeticiones del 'Cielito Lindo' cantadas siempre con la emoción y el sentimiento que la ocasión lo determinaba.
Las gradas se poblaron de un fervor colérico que repudió cualquier vestigio ecuatoriano. No hubo tregua ni clemencia: desde el abucheo al Himno Nacional hasta el desdén por la megafonía que anunciaba la alineación de la Tricolor.
Ese afán de superioridad que cocinaban los medios días atrás se trasladó intacto al coloso de Santa Úrsula. No bastó con la genialidad de Quiñones; el veredicto final lo firmó Raúl Jiménez —quien ahora desfila por las canchas despojado de su apellido, emulando la estirpe del mítico delantero del Madrid—.
Cuando Jiménez capitalizó un error en la salida del habitualmente infalible Willian Pacho, la mole de cemento pareció colapsar. Los vasos de cerveza volaron de forma frenética, bautizando la euforia de la grada, en un espectáculo grotesco y tercermundista.
El Azteca vivió su fiesta pagana. Ya lo había advertido Javier Aguirre en la víspera: "La gente jugará su partido". Y la profecía se cumplió. Ecuador se marcha de la Copa del Mundo, desterrado al compás de un 'Cielito Lindo' que retumbaba en los altoparlantes del estadio más mundialista de la historia.
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