Emoción venezolana, pero también críticas a Trump; así se vivió comparecencia de Nicolás Maduro afuera de corte de Nueva York
"Al fin se le puso fin al delincuente"; "sueño con ver a una Venezuela parecida a Puerto Rico" o "no a la guerra por el petróleo venezolano". Manifestantes chocaron en sus posiciones en el día de la audiencia en que Nicolás Maduro se declaró inocente. Una crónica de la jornada con nuestra corresponsal en Nueva York.

Manifestantes venezolanos se apostaron en las afueras de Corte federal de Nueva York, en Manhattan, donde compareció Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. Desde antes de las 07h00, el movimiento frente al tribunal atrajo a manifestantes y cámaras de todo el mundo. Hubo apoyos, rechazos y una fuerte presencia mediática en la acera.
A las afueras de la corte federal de Manhattan, nadie hablaba en voz baja. Las palabras se lanzaban al aire como si alguien pudiera oírlas desde dentro del edificio donde Nicolás Maduro había sido trasladado esta mañana. Hacía frío: el termómetro marcaba 31 grados Fahrenheit, pero el cuerpo sentía 23. En Celsius, eso era pasar de –1 °C a –5 °C. El cielo estaba gris y el viento se colaba entre las vallas metálicas detrás de las cuales se apretaban más de cien personas, convocadas por la noticia del momento a nivel mundial.
A las 07:15, Maduro fue sacado del centro de detención de Brooklyn y trasladado en helicóptero hasta Manhattan. El objetivo era estrictamente judicial: confirmar su identidad ante un juez federal y escuchar la lectura formal de los cargos en su contra. No era una audiencia pública, pero sí un acto procesal clave.
La noticia corrió rápido. En menos de una hora, las veredas frente al edificio se llenaron de cámaras, micrófonos y gente que no se conocía entre sí, pero compartía una misma urgencia: estar allí. “Algunos pagaron hasta 500 dólares por estos puestos”, comentó un camarógrafo señalando la primera fila de trípodes frente a la corte. Una periodista inglesa, consultada, sonrió sin confirmar ni negar: “No es tan simple”.

Dos posiciones encontradas
Las manifestaciones estaban partidas en dos. Primero se apostaron quienes respaldaban a Maduro y rechazaban su detención; después llegaron quienes celebraban el operativo y agradecían a Donald Trump. La mayoría de estos últimos eran venezolanos y hablaban en español. Del otro lado, quienes advertían sobre intereses económicos detrás del proceso levantaban carteles, casi todos en inglés. Uno de ellos decía: No war for Venezuelan oil (No a la guerra por el petróleo venezolano).

Las consignas subían y bajaban. Un hombre envuelto en una bandera venezolana levantaba el pulgar a las cámaras y repetía que por fin “se le ponía fin a un delincuente”. Hablaba de corrupción, de dinero robado, de un país que fue vaciado desde el poder. Para él, ver a Maduro en una corte estadounidense era una forma tardía de justicia.
A pocos metros, Nelson, otro manifestante, decía que “Venezuela ya es libre”. Lo repetía seguido, hasta que su voz se perdía y luego volvía a empezar. “Decidí salir de Venezuela hace 15 años, cuando empezaron a señalarme por participar en protestas”, dijo. Tras recibir amenazas y ver cómo detenían a conocidos suyos, tomó la decisión de irse.
Un estadounidense intervenía desde el otro lado de la valla. Decía que nada de eso devolvería la libertad al país. “Lo que se llevaron fue el petróleo”, insistía. Para él, la historia no era de derechos humanos, sino de recursos.
Mientras tanto, Berta, hablaba de esperanza. Decía que soñaba con que su país pudiera parecerse algún día a Puerto Rico, con una relación estable con Estados Unidos y una economía que dejara de expulsar a su gente. También mencionaba el TPS, el estatus de protección temporal que protegió a cientos de miles de venezolanos y que empezó a cerrarse en noviembre pasado. “Sin eso, muchos no sabemos qué va a pasar”, decía.

Los congregados habían llegado desde distintos puntos del área metropolitana: Long Island, Nueva Jersey, barrios de Nueva York. No había niños ni mascotas. Era una protesta de adultos, de gente que había viajado varias horas en una mañana helada para estar ahí. La policía vigilaba de cerca. Vallas reforzadas, oficiales apostados en cada esquina, atención constante.
Los carteles destacaban mensajes directos y sin matices. Uno pedía a Trump que arrestara no solo a Maduro sino también a Xi Jinping, en un inglés escrito a mano y con errores. Otro advertía contra una “guerra por el petróleo venezolano”. Había banderas de Venezuela, de Estados Unidos y pancartas que mezclaban derechos humanos con geopolítica, como si la calle intentara resumir décadas de conflicto en cartulina blanca.
Entre los periodistas, los idiomas se mezclaban. Una reportera francesa murmuró que “nada bueno puede salir de todo esto”, primero en francés y luego lo repitió para este medio en un incipipente español. Cerca de ella, un productor italiano dictaba nombres propios. Un colega árabe repetía “Maduro” como si probara su sonido. Nicolas Madúro, Nícolas Madoro, Nicolás Maduró. Cada acento lo decía distinto, pero todos apuntaban al mismo edificio.
Las cámaras seguían fijas en la puerta cerrada mientras, en la sala, el exdirigente venezolano confirmaba su identidad ante el juez y escuchaba la lectura formal de los cargos. La comparecencia fue breve y estrictamente procesal: Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, se declararon no culpables ante el juez Alvin K. Hellerstein y quedaron bajo custodia en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn mientras se define el calendario del caso.
En las aceras grises de Manhattan, la discusión continuó entre aplausos y reclamos, aun cuando el caso ya había pasado de la calle al sistema judicial estadounidense.
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