“Aquí hay icebergs”: los cuentos de Katya Adaui como modelos para armar

Cultura

Autor:

Eduardo Varas

Actualizada:

2 Ago 2020 - 0:01

Este es un libro de cuentos en el que las historias se cortan por la misma historia: el pasado y los recuerdos que flotan. El resultado es intenso. - Foto: Diego Corrales / PRIMICIAS

“Aquí hay icebergs”: los cuentos de Katya Adaui como modelos para armar

Autor:

Eduardo Varas

Actualizada:

2 Ago 2020 - 0:01

Un libro de 12 relatos que se experimentan bajo la lógica del collage. Una lectura sobrecogedora sobre la infancia, la vida familiar y la cercanía.

No se puede asumir que los cuentos que forman parte de Aquí hay icebergs -título que remite a la teoría del iceberg de Hemingway- sean exigentes. O que generan una experiencia complicada a quien los lee.

En realidad pasa a la inversa.

Porque cuando se leen las historias que integran el libro que la peruana Katya Adaui publicara en 2017, existe una comprensión intensa de lo que puede ser la literatura en el siglo XXI. Un tipo de escritura que transforma la estructura del relato, así como las acciones que cuenta.

Sin que eso impida la comprensión de todo -o de casi todo- y la certeza de que se está leyendo algo que cada vez tiene más fuerza.

Así, como si se tratara de armar un collage con la vida de los personajes y las acciones que se cuentan, Adaui hace literatura que impacta.

Porque se puede contar una historia con sentido desde la yuxtaposición. Como si una idea o una oración no tuviera que seguir necesariamente a otra.

De esa manera, toda tensión familiar, violencia -incluso a niños- y todo recuerdo de un mundo mejor, se dimensionan mejor.

Cuentos como si se levantaran en andamios

 

En este libro no interesa la forma en que se supone funciona la famosa teoría del iceberg: lo que se cuenta es solo la punta de la historia, lo demás, solo sabe el autor o autora.

Adaui juega con esa idea.

Portada del libro

Portada del libro “Aquí hay icebergs”, de Katya Adaui Literatura Random House

Es como si, de un momento a otro, un detalle apareciera para aportar un dato o una cadencia adicional a las historias.

Katya Adaui golpea con relatos que muestran a seres golpeados, emocionalmente golpeados -sobre todo por sus padres-. No hay perfección posible, no existe la imagen de postal de la familia ni la lectura lineal.

Pasado, presente, diálogos y acciones a un mismo nivel.

Los cuentos, entonces, se vuelven torres. Y ella permite en algún momento conocer algún elemento de base o detalle de la construcción que hace que el edificio cambie de imagen. A veces este ejercicio sucede sin que se perciba de inmediato.

El iceberg está ahí, completo.

En cuentos donde aparecen paredes rellenas de frutas destruidas como anuncio de una tormenta que se avecina. Relatos sobre una saga familiar contada al revés, o historias sobre viajes que podrían terminar en tragedia o de mujeres que viven pasiones que no son retribuidas.

O hermanos que ante la posibilidad de no poder estar más tiempo juntos toman una decisión inexplicable.

Katya Adaui ha cuidado cada una de las partes de este libro, para atrapar con la belleza necesaria en momentos clave, con la certeza de que la disrupción no afecta al sentido, sino que es el sentido.

Con cuentos que no dejan impávido a nadie.

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